La voz detrás de la puerta no fue un saludo. Fue un detonador. Thiago había hablado pocas palabras, pero fueron suficientes para abrir una jaula en la memoria. Isabella no escuchó portugués… escuchó ecos: “Te sigo, Isa… no te escondas… eres mía.” El cuerpo reaccionó antes que la mente. Mareos. Respiración amputada. Las manos temblando como si alguien hubiera enchufado electricidad en sus nervios. Se dejó caer al suelo. El piso frío. La madera cerrada. El eco en los oídos. No lloró. Fue peor: se paralizó. --- La noche Dante llegó tarde. El sonido de la llave girando no la alivió; solo hizo que su respiración empeorara. Él abrió la puerta y la encontró sentada a un lado de la cama, abrazándose las piernas como una niña perdida. Algo dentro de su pecho lo golpeó sin aviso.

