Capítulo 3 parte 2

1143 Words
Me mostraron cada perrito del lugar, sus miradas eran tan nobles, casi que suplicando ser llevados a casa. Jugué un rato con ellos y finalmente me decidí por mi pequeño Babou. Babou se ganó mi corazón pues a diferencia de los demás que hacían de todo para llamar la atención; él estaba en una esquina, solo, sin amigos; igual que yo.  Pregunté por su historia y me comentaron que lo habían rescatado de un sitio donde eran usados como carnada para entrenar a otros perros potencialmente peligrosos.  Su historia me conmovió de inmediato y  me acerqué con cuidado para intentar ganar su confianza. No fue fácil pero transcurridos unos minutos se dio cuenta de que no quería hacerle daño, y poco a poco se acercó a mí y posó su cabecita en mis piernas. Babou era hermoso, de tamaño mediano, color mostaza con blanco, grandes orejas que casi llegaban al asfalto, unos ojos que en el momento sólo reflejaban tristeza y sufrimiento   —igual que los míos —, y sus patas eran combinadas al igual que todo su cuerpo; mostaza y blanco. Sin dudas, era un perro especial y estaba dispuesta a llevarlo conmigo y cambiar su vida. Firmé algunos documentos de responsabilidad por la mascota y me comprometí a estar enviando evidencias de su condición estando conmigo, tomé un arnés de neopreno que había comprado antes de pasar el refugio y luego de darle algo de comida para que confiara aún más en mí, logré ponérselo y salir del sitio con él. El camino hasta mi casa se me hizo ameno, no podía esperar a mostrarle a Jane la hermosura que ahora sería parte de nuestra familia, aunque debería esperar hasta la noche que regresara del trabajo. Llegamos a casa y llevé a Babou por cada rincón para que fuera conociendo su nuevo espacio, y poco a poco entró en confianza, hasta que escogió un lugar favorito para sentarse: los muebles de la sala. Obviamente lo dejé allí, estaba tan contenta de tenerlo conmigo que lo dejaría hacer lo que quisiera en su nuevo hogar. Estuvimos juntos toda la tarde y ya en la noche no se separaba de mi lado, sin duda era adorable y hermoso. Pasamos un rato acostado en un mueble en la sala hasta que llegó mi madre, su reacción al ver a Babou era de esperarse; corrió a darle besos y acariciarlo, se enamoró inmediatamente de él, al igual que yo. Para no aburrirlos mucho, les diré que transcurrieron unos cuantos meses en tranquilidad, en los que sólo éramos mi madre, Babou y yo sin problema alguno, Jane trabajando y yo estudiando; ahora llevaba algún tiempo estudiando una nueva sustancia venenosa que incluso prometía ser más letal que el cianuro con el que di fin a la vida de mi padre. Mi interés estaba centrado en ella —no les diré su nombre porque no quiero que lo intenten—, quería conseguirla cuanto antes y claramente, probarla en alguien, sólo esperaba el momento adecuado. Uno de tantos días, anunciaron a una de mis bandas favoritas en un bar de las afueras de la ciudad. Cuando me enteré, supe de inmediato que debía ir cómo fuera, así que de vuelta a casa hablé con Jane mientras cenábamos y me anticipé en decirle que iba a ir al evento, ella lo pensó un poco pero finalmente optó por darme el permiso.  Como si de un presagio se tratara, días antes al concierto fui a una tienda de productos químicos, y esta vez me evité la molestia de preguntar si podía comprarlo para que no me pidieran mi identificación, así que simplemente, como había hecho en una ocasión anterior, me escabullí entre la gente y con mucho sigilo tomé un frasco con el veneno que necesitaba. Después, salí como si nada del sitio simulando no haber encontrado lo que iría a comprar. Caminé rumbo a casa y al llegar fui directo a mi cuarto e hice un escondite seguro para la sustancia, y sólo la sacaría de allí cuando fuera necesario, o cuando estuviera lista para darle uso.  Me tiré en mi cama a escuchar música y encendí un cigarro para acompañar  mi tarde. ¿Saben? en algunas ocasiones cuando me encontraba acostada sin hacer mucho, veía el fantasma de mi padre. A decir verdad, éste es el momento en el que aún no sé si en realidad se me aparecía, o simplemente eran cosas que creaba mi mente por haber hecho lo que le hice —quiero dejar en claro que yo no estaba arrepentida—. Días cercanos al concierto, en la escuela ese el tema central, todos hablaban de ello y muchas personas que conocía y poco me agradaban también irían; de esta manera confirmaba una vez más que debía ir a ese concierto, no sólo por escuchar a mi banda favorita, sino también porque quizás la noche se pondría emocionante y alguien podría terminar muerto… Sólo quizás… En fin, el día del concierto llegó y antes de ir hasta allí, me aseguré de empacar en el bolsillo secreto de mi mochila, la nueva sustancia letal que había conseguido y ansiaba darle uso. Después, salí de mi casa y tomé un autobús que tenía su ruta hasta las afueras de la ciudad, justo donde debía quedarme.   Lo primero que noté al llegar era la larga fila de personas deseosas por entrar a escuchar a la mejor banda del momento. La gente incluso peleaba por un puesto en la fila, pues muchos llevaban horas allí esperando y en cuestión de segundos eran colados por otros que apenas llegaban, así que era entendible su enojo. Por mi parte, esperé tranquilamente en la fila fumando un  par de cigarros pues caía nieve y la tarde era fría y así regulaba un poco la temperatura. Mientras esperaba, logré ver a varias personas de mi escuela esperando el inicio del concierto; todos estaban en sus grandes grupos de amigos y yo como siempre, estaba sola sin ninguna compañía. Sentí como una bebida fría recorría mi espalda y cuando me giré a ver qué ocurría, detrás mío estaba otra chica del colegio que por razones que no conozco, me odiaba y siempre trataba de hacerme la vida imposible y se le había ocurrido la maravillosa idea de lucirse frente a sus amigos, derramando algo encima mío, algo encima de la rara de la escuela. Los demás que venían con ella, empezaron a burlarse de mí y hacerme chiflas. Sin duda era el hazmerreír del lugar. Había esperado con muchas ansias esa noche y no permitiría que nadie la arruinara… Melannie —así se llamaba la mujer que me aventó la bebida encima—, que mal día habías escogido para morir; sólo esperaría a terminar el concierto y cerraría la noche con broche de oro al acabar con tu miserable vida. 
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