Despertador. Las nueve.
Dante manotea el teléfono sin abrir los ojos, lo hace callar con el pulgar, y se queda un segundo boca abajo sin entender nada: la luz que entra por la persiana, el peso tibio contra la espalda, el olor en la almohada que no es el de siempre. Después se acuerda.
El teléfono vuelve a vibrar. Y otra vez. Lo levanta y entrecierra los ojos contra la pantalla.
Rulo: eh loco 11 menos cuarto en la cancha
Colo: dante contesta
Fede: dale que se te va a hacer tarde boludo
Nueve y cuatro. Se sienta de golpe.
—Uy la puta.
Victoria se mueve a su lado, un gruñido bajo la sábana, el pelo tapándole media cara.
—¿Qué hora es?
—Las nueve —ya está parado, buscando la ropa de fútbol—. Tengo partido a las once, ¿no te dije anoche?
—No, ¿qué partido?
—De fútbol. Juego en un torneo con los pibes. Me había olvidado por completo, te juro. Me hiciste olvidar vos —se acerca y le da un beso en la cabeza.
Ella se ríe, y se tapa los ojos con el antebrazo.
—Buen despertar, che.
Dante se pone el buzo al revés, se da cuenta, se lo vuelve a sacar. Encuentra el jogging en el piso, hecho un bollo.
—Perdoname. En serio. No quiero rajarte así, pero si no llego puntual el Colo me mata, y encima jugamos contra unos de Morón que nos vienen jodiendo hace dos meses.
—Dale, dale —se sienta, la sábana cayéndole hasta la cintura, y se pasa las manos por la cara—. No hace falta que me des explicaciones de fútbol de barrio a esta hora.
—Te podés quedar durmiendo si querés. En serio. Mis viejos son re piolas, no te van a decir nada, y capaz mi vieja te hace un desayuno cuando te levantes.
Victoria lo mira un segundo, la cabeza ladeada, como calculando si le está hablando en serio.
—¿Vos estás loco? Ni en pedo me quedo durmiendo en la casa de un chico que recién conocí, con la mamá dando vueltas por ahí.
—Yo te lo decía bien, fuera de joda.
—Ya sé. Por eso mismo —se ríe y se levanta.
Se queda de pie un momento buscando el corpiño entre la ropa amontonada al pie de la cama. Dante, ya con una pierna metida en el jogging, se detiene un segundo de más. A la luz de la mañana, sin el alcohol y el frenesí de la fiesta encima, la mira completa por
primera vez: la espalda recta, el pecho firme, la cintura que se le marca cuando se mueve, las piernas tonificadas, la piel bronceada. Anoche estaba buena. A esta hora, recién despierta, con el pelo revuelto y ningún interés en disimular nada, está mejor todavía.
—¿Qué mirás?
—Nada.
—Mentiroso.
Se pone la tanga, el jean rasgado, y se agacha a buscar la remera de los Redondos en el piso. Dante ya se está atando los cordones de las zapatillas, sentado en el borde de la cama, y de reojo la sigue.
—Che —dice ella, metiéndose la remera por la cabeza, la cabeza asomando del cuello con el pelo todavía más revuelto—, ¿no puedo ir a verte jugar?
Dante levanta la vista, la ceja arqueada.
—Ahora estás loca vos.
—Qué sé yo, digo.
—Nah —se ríe, sacude la cabeza, se ata el otro cordón—. Es re de novia eso. Rapidísimo. Te aburrís en dos minutos, corremos lento creyéndonos profesionales, gritamos boludeces, y el Colo va a hacer un comentario que no te va a caer bien.
—Tenés razón, igual. Perdón. Flashié.
—¿Qué cosa?
—No sé, lo de ir a verte. Me salió.
Se hace un silencio corto, ninguno de los dos apurado por llenarlo. Victoria termina de acomodarse la remera, se pasa las manos por el pelo sin peinarlo del todo, y lo mira.
—Me gustaste mucho, eh —dice Dante, de golpe, sin el chiste esta vez.
Ella sonríe, la misma sonrisa de anoche pero con menos alcohol adentro.
—A mí también —lo espera lista que termine de prepararse.
—Te escribo a la noche.
—No puedo a la noche —dice ella, ya en la puerta de la pieza—. Tengo el cumple de una amiga.
—Bueno. Pero hablamos igual.
—Sí, sí.
Salen a la cocina. La casa ya está despierta, se escucha la radio de Jessica desde el fondo y el ruido de mate. Está sentada sola en la mesa, la bombilla en la boca, el termo bajo el brazo apoyado contra la silla, los ojos puestos en la radio como si de verdad estuviera escuchando algo. Los ve pasar y no se sorprende. Un vistazo rápido a Victoria, otro a Dante, el mate que no deja de cebar.
—Buen día —dice Victoria, la voz todavía ronca.
—Buen día, mi amor —contesta Jessica, sin levantarse, con esa media sonrisa pícara que a Dante no le hace falta mirar para reconocer—. Hay mate si quieren antes de irse.
—Gracias, pero tengo que irme corriendo —interrumpe Dante.
—Otra vez será, entonces. ¡Un gusto!
Dante ya está a mitad de camino hacia el patio, el bolso al hombro, haciéndole un gesto con la cabeza a su madre que ella devuelve sin decir nada más. Cruzan el patio, salen por la puerta de chapa empujándola con el hombro.
Afuera, la calle todavía tiene ese aire lavado de sábado a la mañana, poca gente, un pibe pasando con una bici demasiado grande para él. Caminan juntos media cuadra sin decir mucho, el silencio cómodo de dos personas que no tienen que llenarlo.
En la esquina se separan: ella dobla hacia la estación, él sigue derecho hacia la cancha.
—Bueno —dice Victoria, ya de espaldas medio giro, la mano en alto—. Suerte con los de Morón.
—Los vamos a hacer mierda.
—Esa confianza me gusta.
Se acerca, le da un beso corto, sin ceremonia. Algo en cómo lo hace, liviano, sin pedir nada más de lo que hay, le queda a Dante pegado un segundo después de que ella ya se dio vuelta y camina hacia la estación con las manos en los bolsillos del jean.
Dante se queda mirándola más de lo necesario, su figura estilizada en el pantalón ajustado. Después se acomoda el bolso al hombro y arranca a trotar hacia la cancha, todavía con la boca entreabierta en algo parecido a una sonrisa, sin apuro por borrarla.