Capítulo 13

1868 Words
Un golpe metálico que se filtra por la persiana entreabierta. Alguien martillando algo en la vereda de al lado. Dante no termina todavía de despertarse del todo. Tiene la boca pastosa, el ventilador quieto porque en algún momento de la siesta alguien (su madre, seguro) vino y lo apagó. La luz de las cinco de la tarde entra por la persiana espesa, dorada y cansada. Siente una dureza entre las piernas. Ya estaba duro antes de abrir los ojos, la sábana marcando el bulto, una tensión que no tiene nada de incómoda. El sueño se le queda pegado un segundo más, nítido de una manera que casi asusta: Andrea sentada en el borde del escritorio, esta vez sin la carpeta, sin el trámite burocrático, mirándolo con calma sin decir nada, sin instrucciones. De un momento a otro, la mano de ella bajándole el cierre del pantalón con el mismo gesto con el que firma cualquier otra cosa en su oficina. En el sueño no llegaba a pasar nada más. Se cortaba ahí, en el deseo, en la promesa. Se queda boca arriba, mirando el techo, dejando que la imagen se termine de asentar antes de decidir nada. Una pieza que conoce de memoria, el póster desteñido de la selección, la luz de las cinco, y ningún apuro. Se toca por arriba del bóxer primero, apenas, comprobando lo obvio. Después se mete la mano adentro. No es la descarga para la muestra esta vez. Esto es otra cosa, más lento, sin un reloj corriendo. Se baja el bóxer para liberar el bulto entero, que le creció más y pide espacio. Se envuelve con la mano entera y cierra los ojos otra vez, buscando la imagen del sueño para no perderlo. Andrea con el pelo suelto. La mano de ella en lugar de la suya. El modo en que ni siquiera hace falta que hable, porque todo lo que dice ya está incorporado en Dante como un idioma nuevo que aprendió sin darse cuenta. Se mueve despacio al principio. Piensa en el escote bajo el rayo de sol, en el encaje que apenas asoma, en el perfume seco que le quedó pegado en la memoria, en la manera en que ella caminó hacia el sofá con la cadera marcando un ritmo como si no fuera para nadie pero era exactamente para él. Piensa en su voz baja diciendo acepto, y se ríe solo, un segundo, sin dejar de tocarse. Acelera. El elástico del bóxer le marca la base, la mano ya no tiene paciencia para ir lenta. Piensa en la mandíbula de ella, en la línea del cuello, en cómo sería tener esa boca cerca, encontrar por fin lo que la imaginación no le puede dar. Se le tensan las piernas, arquea apenas la cintura contra el colchón, y termina en silencio, apretando los dientes, un gemido corto que se le queda atragantado en el pecho. Se queda tirado un rato, la respiración bajando de a poco, una mancha tibia en la sábana que va a tener que poner a lavar, el resto encima suyo, entre sus dedos. Se ríe otra vez, esta vez sin motivo claro, o con uno que no quiere nombrar todavía. Se levanta, junta la sábana en un bollo y la tira al canasto. Se mete bajo la ducha con el agua más fría de lo que acostumbra, y ahí, con el chorro cayéndole en la nuca, es la primera vez en estos días que no piensa en nada. Sólo el agua, el jabón, el cuerpo que por fin descansa. Vuelve a la pieza con la toalla en la cintura. El teléfono, sobre la mesa de luz, tiene la pantalla encendida con un nombre conocido. Rulo: eh boludo como te fue con los estudios Rulo: contame Dante se sienta en la cama, todavía mojado, y tipea con el pulgar. Dante: bien, no me dijeron nada pero es un trámite Dante: seguro me llaman el lunes Rulo: hay que festejar eso. hoy. en el pool Dante: no tengo un mango todavía boludo Rulo: y que me importa, a cuenta del sueldo Dante: jaja más vale que si, eh. Nos vemos a la noche Dante sonríe solo, deja el teléfono boca abajo sobre la cama, y se viste con lo primero que encuentra: una remera gastada, un jean. El pelo se lo deja secar así nomás, ya sabe que el mechón va a caer igual esté como esté. Su madre lo espera en la mesa con algo liviano, una tortilla y ensalada, y su padre llega justo cuando se sientan, con el overol todavía puesto, oliendo al taller de la familia. Comen rápido, entre chistes, el padre preguntando por el sueldo con más interés del que su hijo esperaba, Jessica cortando el tema con una mirada que Dante conoce bien: —Gabriel, después, no ahora, hoy es viernes y tiene que celebrar. —Salgo con los pibes —dice, ya de pie—. No sé a qué hora vuelvo. —Andá tranquilo —le dice la madre—. Llevate la campera que refresca. ¡Y acordate que mañana jugás temprano! La última frase la escucha cerrando la puerta. El pool queda a seis cuadras, una mesa larga de fibrofácil pintada de verde desteñido, dos ventiladores de pie girando sin convicción, la tele con el partido de la fecha sin sonido, rock al máximo por el sistema de sonido. Rulo ya está ahí con Fede y el Colo, tres botellas de cerveza litro vacías, los vasos con espuma que se cae por los bordes. —Ahí está el nuevo gerente —dice el Colo, levantando el vaso. —Analista junior, boludo —corrige Dante, sentándose—. Ni cerca. —Es lo mismo. Vas a tener un trabajo de oficina con todos los chiches. Se ríen. Toman. Alguien cuenta un asado del domingo pasado, alguien más una pelea con la novia que ya no es más la novia. Dante escucha más de lo que habla, la cerveza bajando fácil después de dos días secos, algo en el cuerpo aflojándose que no tiene que ver sólo con el alcohol. Cerca de las once, un grupo de chicas se sienta en la mesa de al lado. Alguien conoce a alguien, las mesas se acercan, alguien propone ir a una fiesta en una casa a diez cuadras. Dante no hace nada para llamar la atención y aun así la tiene: se da cuenta, sin vanidad, apenas con la sorpresa de quien nunca lo piensa, de que dos o tres de las chicas lo miran distinto, con más atención, y él no sabe bien qué hizo para merecerlo. Sólo estar ahí, relajado, sin buscar nada. Una de ellas destaca para la vista de Dante. Una sonrisa amplia, el pelo oscuro recogido en un rodete que se le empezó a deshacer, un mechón que le cae en la frente, unos aros chiquitos que le brillan cada vez que gira la cabeza. Una remera negra vieja con el logo de los Redondos estampado y medio descascarado, el escote estirado de tanto uso, unos jeans ajustados rasgados en las rodillas. Caminan los dos grupos unidos las diez cuadras hablando, riendo, comprando algo para tomar en el camino y para aportar a la fiesta. La casa tiene un patio con luces de colores mal colgadas y un parlante conectado al teléfono de alguien, el volumen más alto de lo que el aparato puede sostener sin distorsionar. Dante baila despreocupado y sin vergüenza, un vaso en la mano que se va vaciando solo. La ve a la que le llamó la atención cerca del parlante, bailando también divertida, el mechón de pelo pegado a la sien por el calor, riéndose de algo que dijo otra de las chicas. No se arregla el pelo cuando él se acerca. No finge no haberlo visto llegar. —Vos era el que está festejando el laburo nuevo —dice, sin saludo—. ¿No? —¿Ya soy famoso? —Un poco. Se ríe, y la risa tiene algo genuino, sin cálculo, que a Dante le resulta conocido aunque no sabría decir de dónde. Se llama Victoria. Bailan, primero con algo de espacio, después más pegados, la mano de ella en la nuca de Dante, la de él en la cintura de ella, el ritmo cediendo a algo más lento sin importar lo que marque la música. Se besan ahí, entre la gente, sin que a ninguno de los dos le importe quién los mira. —Me tengo que ir en un rato —dice ella, la boca todavía cerca—. Vivo un poco lejos. —Vení conmigo, entonces, yo vivo cerca. No hace falta aclarar más. Los dos lo saben. Caminan las cuadras de vuelta en el mismo grupo que se va desarmando a medida que llegan a sus casas. Dante y Victoria se quedan solos, riéndose de nada, chocando los hombros, ella con los borceguíes resonando contra el asfalto roto, él pensando que la campera que no se llevó ahora no estaría mal. La casa está a oscuras, sus padres ya están durmiendo. Entran en puntas de pie, aguantando la risa, hasta que la puerta de la pieza se cierra detrás de los dos y ya no hace falta más silencio. La luz que deja encendida es la del velador, la más chica, apenas un aro naranja sobre la mesa de luz. Victoria se saca la remera de los Redondos por la cabeza sin ceremonia, el pelo quedándole despeinado después, y se ríe de sí misma antes de que Dante llegue a decir nada. Él la besa sin dejarle terminar la risa, las manos yéndose solas a la cintura de ella, a la espalda, al broche del corpiño que cede con más facilidad de la que esperaba. Caen juntos en la cama que todavía guarda el olor de la siesta de esa tarde. No hay ceremonia, hay ganas simples, jóvenes, sin cláusulas ni protocolos, sin nadie mirando el reloj. Victoria se ríe una vez más contra su cuello cuando él se enreda sacándose el jean, y esa risa, en vez de cortar el momento, lo vuelve más fácil, más suyo. Se ríen, se besan, se tocan, él entra suavemente en ella y se funden en un solo abrazo. Ella termina con un gemido corto y sincero que le sale sin pensarlo. Dante la sigue un instante después, la cara hundida en su pelo, el corazón todavía acelerado cuando ya terminó todo. Se quedan enredados, la respiración bajando de a poco, la pieza a oscuras salvo el aro naranja del velador. —Quedate a dormir —dice Dante, casi dormido ya, sorprendido de haberlo dicho en voz alta. —Me estás invitando a dormir en tu casa el día que nos conocemos. —Un poco, sí, dijiste que vivís lejos… Ella se ríe bajito, se acomoda contra su pecho, y no contesta con palabras. Se queda. Afuera, el barrio sigue su ruido de siempre: un perro ladrando lejos, un auto pasando con la música muy fuerte por dos segundos y después nada. Dante se duerme antes de pensar en nada más, la mano todavía sobre la cintura de Victoria, sin soñar con otra mujer, sin necesitarlo.
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