Diez en punto. Andrea escucha los golpes en la puerta. Dos golpes secos, ni tímidos ni sobrados. Antes de decir "adelante" ya sabe que es él, porque nadie más en el edificio golpea así, sin la ansiedad de quien pide permiso ni la displicencia de quien no lo necesita.
—Adelante —responde ella con voz firme.
Dante entra con la camisa recién planchada, el cuello un poco alto, como si la prenda todavía no terminara de ser suya. El pelo, ese desorden castaño de la foto, sigue ahí, apenas domado, un mechón que insiste en caer sobre la frente pese al peine. Se detiene a dos pasos de la puerta, mira el despacho entero en un segundo: los ventanales, un sofá, una puerta cerrada que no adivina a dónde va, el escritorio, ella. Algo en sus ojos claros hace un cálculo rápido que no logra disimular del todo.
Andrea siente el fuego antes de poder nombrarlo. Le sube desde el vientre por el esternón, brusco, casi vergonzante en su intensidad, como no le pasaba desde hace tanto que había dejado de esperarlo. No se mueve. No permite que la cara le cambie ni un milímetro.
—Sentate.
Él obedece. La silla frente al escritorio es dura, pensada para entrevistas cortas. Dante se acomoda con un cuerpo que todavía no aprendió a fingir comodidad donde no la hay.
—Gracias por venir puntual.
—Dijo a las diez. Son las diez —una media sonrisa, apenas, que retira enseguida, como si recordara dónde está.
Andrea baja la vista a la carpeta abierta sobre el escritorio, aunque ya se sabe cada línea del CV de memoria. Necesita el gesto, la excusa de mirar papel y no piel. Por dentro, algo insiste: la línea de la mandíbula, el modo en que la camisa le queda un poco floja en los hombros todavía, la promesa de un cuerpo que en un par de años va a ser otra cosa y que ahora, así, sin terminar de asentar, la desarma más de lo que debería.
—Bien. Contame por qué te interesa el puesto.
Dante se toma un segundo, elige.
—Necesito laburar. Eso, primero. Pero también… no sé, leí el aviso tres veces. Algo en cómo estaba escrito no sonaba a los demás avisos que vi.
—¿Qué tenía de distinto?
—No prometía nada. Los otros dicen "ambiente dinámico", “excelente clima laboral”, "posibilidad de crecimiento". El suyo decía lo que el puesto es y ya. Me pareció más honesto.
Ella asiente y no es un gesto actuado. Piensa: hambre, justo lo que buscaba. Al mismo tiempo piensa en otra cosa completamente distinta: en cómo sería tener en el cuello esa boca, esa media sonrisa que se corrige a sí misma. Se odia un segundo por la superposición de pensamientos.
—Manejás Excel avanzado, dice acá.
—Sí. Y un poco de Python, lo aprendí solo, con tutoriales. Nada del otro mundo.
—¿Nada del otro mundo? —Andrea levanta la vista—. La mayoría de la gente que entrevisté ni siquiera sabe qué es un pivot table.
Dante se encoge de hombros, sin falsa modestia ni jactancia, un gesto que a Andrea vuelve a intrigarla más de lo que debería.
—Tampoco es que tuviera mucho más para hacer de noche.
Hay algo en esa frase, lo que no dice, que a Andrea le interesa más que cualquier certificado. Se reclina apenas en su silla, más cómoda y flexible que la del entrevistado. El despacho, a esta hora, todavía tiene el sol entrando bajo desde el este, una franja de luz que cruza el escritorio y le llega a él a la mitad del torso.
Hace calor. O eso se dice Andrea, aunque el aire acondicionado sostiene los mismos veinte grados de siempre. Se lleva una mano al cuello y se afloja el nudo de la corbata, despacio, sin apuro, el gesto con el que descomprimiría cualquier reunión tensa. Dante no dice nada, pero sus ojos siguen el movimiento un segundo antes de volver a los de ella.
—¿Tenés experiencia coordinando gente? —pregunta Andrea, la voz perfectamente pareja, mientras con sus dedos ya está en el primer botón de arriba de la camisa.
—No. Nunca tuve gente a cargo.
—¿Te incomodaría que alguien te diera instrucciones directas? Sin intermediarios.
—Depende de quién.
La respuesta llega rápida, casi antes de pensarla, y después Dante mismo parece sorprendido de haberla dicho así, sin filtro. Andrea se desabrocha el segundo botón. No es cálculo, no del todo: es el cuerpo pidiendo algo de aire, encontrando en la excusa del calor una salida legítima para lo que en realidad quiere mostrar.
—Yo —dice ella, simple.
—Entonces no. No me incomodaría.
Silencio. Afuera, la empresa funcionando como cualquier día. Adentro del despacho, el aire tiene otra densidad, algo que ninguno de los dos nombra pero que los dos registran, ella con la práctica de quince años administrando exactamente este tipo de tensión, él con la torpeza fresca de quien todavía no sabe qué hacer con lo que siente y por eso mismo no lo disimula del todo bien.
Andrea junta las manos sobre la carpeta. El escote, apenas visible, no es una decisión que haya tomado conscientemente y a la vez es exactamente la decisión que siempre toma cuando algo empieza a interesarle de verdad. Dante no baja la mirada, pero tampoco puede evitar registrar el cambio: se le nota en la manera en que traga, casi nada, un movimiento mínimo en la garganta.
—Bueno —dice Andrea, y la palabra cae con el peso de quien cierra una etapa de la conversación para abrir otra—. Te voy a preguntar directamente, sin vueltas. ¿Te interesa el puesto?
Dante la mira. No responde enseguida, y ese segundo de demora, Andrea lo sabe, no es duda: es el tipo de pausa elegida que ella usa en cada negociación, y verla en él, tan crudo, tan sin pulir todavía, le gusta más de lo que está dispuesta a admitirse.
—Sí —dice él, finalmente—. Me interesa.
—Bien.
Andrea cierra la carpeta con un gesto lento, definitivo, y por dentro algo se acomoda en un lugar que hace mucho no encontraba: la certeza tranquila de quien acaba de conseguir lo que fue a buscar, aunque todavía falte mucho para decir en voz alta de qué se trata en realidad.
—Te mando a Recursos Humanos. Preguntá por Marisa, en el segundo piso.
—¿Ya?
—Ya.
Dante se pone de pie. En la puerta se detiene medio segundo, como si fuera a decir algo más, y termina sin decirlo, apenas un gesto de la cabeza. Sale.
Andrea se queda sola, la corbata floja, los botones desabrochados, la mano todavía apoyada sobre la carpeta cerrada. Afuera, el sol sube y la franja de luz ya no le llega al escritorio. Ella no se mueve. Se queda así un rato más, sintiendo el fuego que no sintió en quince años ahí, quieto, esperando.