Capitulo 7

1479 Words
Dante se sienta otra vez en la silla y no es la misma de la entrevista. Esa era más dura y baja, y esta enfrenta al escritorio desde otro ángulo, más a la altura de la de Andrea, y tiene el cuero blando de las cosas caras que nadie usa todos los días. Se hunde un poco más de lo que esperaba y eso lo desacomoda, aunque no lo diga. Andrea no se sienta enfrente. Rodea el escritorio y se apoya en el borde del lado de él, con los brazos cruzados que tensa la tela de la camisa sobre el escote abierto. Dante, viéndola ahora parada cerca suyo, nota el pantalón de vestir n***o, de corte sastre, que ella luce ajustado desde la cadera hasta los tobillos marcándole las piernas de un modo que cuando cambia el peso de una pierna a la otra sugiere todo lo que no muestra. Ella lo mira desde arriba un segundo, el tiempo justo para que la diferencia de altura signifique algo. —Contame qué firmaste. —Un acuerdo de confidencialidad. Marisa dijo que es estándar. —¿Lo leíste? —Por arriba. —Te va a llegar una copia por mail. Leelo bien esta noche. En tu casa, tranquilo, no acá apurado. Dante asiente, pero algo en la cara le pide más. —¿Es grave si lo rompo? Digo, si hablo de esto con alguien. —Es lo más grave que podés hacer en este edificio. Lo dice sin subir la voz, con la misma cadencia con la que explicaría un balance. Es peor así. Un grito se olvida. Una frase dicha en ese tono se queda. —Te van a echar el mismo día, sin sumario, con causa y sin aviso, y vas a firmar un segundo papel donde reconocés que no vas a decir una palabra de por qué o constituiría un delito y acarrearía responsabilidad civil y penal. Después de eso, ni yo ni nadie de acá te va a ayudar con nada. Ninguna recomendación, ninguna carta, nada. —Entendido —dice Dante, y por primera vez desde que entró no suena a chiste. Es alguien que acaba de registrar el peso real de la firma que hizo con una lapicera prestada. Andrea lo deja ahí un momento, dejando que el silencio haga el resto del trabajo. Después se despega del escritorio y camina hasta el sofá sin apuro. Dante se gira sobre la silla y la sigue con la mirada. El pantalón le marca todo el largo desde la cintura y toda la pierna a cada paso, y se sienta cruzando una sobre la otra, como si el tema estuviera cerrado y ya pensara en otra cosa. —Bien. Ahora la parte que no está en ese papel. Dante se endereza un poco en la silla. —Esta empresa tiene una política interna. No oficial, no escrita, salvo en un solo documento que nadie de afuera de esto va a ver nunca —un gesto lento con la mano que Dante sigue sin querer—. Se llama, puertas adentro, Protocolo de Bienestar Ejecutivo. En criollo: cualquier gerente con personal a cargo puede elegir a alguien de su equipo directo como par designado. —¿Par designado para qué? Andrea lo mira, y en esa mirada hay algo que no estaba en la entrevista ni en la llamada: la certeza tranquila de quien ya sabe exactamente cómo va a caer cada palabra antes de decirla. —Para tener sexo conmigo. En esta oficina. Cuando yo lo decida. Dante parpadea. Abre la boca, la cierra. Busca algo en la cara de Andrea que le diga que es una broma, una prueba, una manera rara de medir cómo reacciona bajo presión. No encuentra nada de eso. Encuentra calma. Encuentra a alguien esperando. —Perdón, ¿qué? —Me escuchaste bien. —No, escuché, pero —se frena, se ríe, una risa corta, incrédula, que no sabe todavía si es nerviosa o genuina—. Pensé que esto era una entrevista de trabajo. —Es las dos cosas. —¿Esto es legal? —Es exactamente tan legal como cualquier otra cosa que pasa puertas adentro y que nadie escribe —Andrea no se mueve del sofá, pero algo en su postura se afloja, apenas, como si la pregunta le gustara—. Nadie te obliga. Podés decir que no ahora mismo y mañana empezás igual como analista junior, con el sueldo que dice el convenio, sin que esto vuelva a mencionarse jamás. Nadie en Recursos Humanos se va a enterar de que existió esta conversación. —¿Y si digo que sí? —Si decís que sí, sos mi par designado. Mientras dure, nadie más en la compañía puede tocarte, sea quien sea. Yo tampoco puedo tener a ningún otro empleado mío mientras vos lo seas. Es exclusivo, dentro de estas cuatro paredes. Afuera, tu vida es tuya, no me pertenece nada de lo que hagas cuando salís por esa puerta. Dante se pasa una mano por el pelo, el mismo gesto desprolijo de la foto del CV, y se ríe otra vez, esta vez con más cuerpo, más real, la risa de alguien a quien la vida le acaba de mostrar una carta que no sabía que estaba en el mazo. —Me estás ofreciendo coger —se frena en seco—. Perdón. Me estás diciendo tener sexo con vos como si fuera una cláusula del contrato. —Es literalmente una cláusula. Está en un documento con siete artículos. —Dios —se ríe de nuevo, sacude la cabeza, mira el techo un segundo como buscando ahí alguna explicación que no va a encontrar—. Esto no me lo esperaba. —¿Qué esperabas? —No sé. Un test de Excel, de Python, tareas de prueba para ir empezando. Andrea sonríe, la primera sonrisa completa que Dante le ve, esa grieta que según ella misma la incomoda cuando aparece, y en este momento no parece incomodarla en absoluto. —También hay todo eso, después. —Genial. Todo en el mismo día. Hay algo en cómo lo dice, la liviandad con la que convierte lo enorme en una anécdota de oficina, que a Andrea la sorprende más que cualquier otra cosa que haya dicho hasta ahora. No hay escándalo en su cara. No hay un respeto forzado ni miedo de quien acaba de entender que tiene enfrente a alguien con poder real sobre su futuro. Hay, sobre todo, curiosidad. La misma clase de curiosidad con la que miraba el despacho al entrar por primera vez, como si el mundo le siguiera mostrando habitaciones nuevas y él no tuviera ningún apuro en juzgar lo que hay dentro antes de recorrerlas. —¿Por qué yo? —pregunta, y por primera vez la pregunta no tiene gracia adentro—. En serio. Tenés que haber tenido cien candidatos mejores. Gente con posgrado, con apellido, yo qué sé. Chabones más agraciados, musculosos. Andrea tarda en responder. —Porque no venís formado en los vicios de acá —es casi la misma frase que le dijo a Eduardo tres días antes, aunque Dante no tiene forma de saberlo—. Porque cuando te preguntan algo, decís lo que pensás y no lo que creés que quiero escuchar. Eso, en este edificio, no lo tiene nadie hace mucho. —¿Y si digo que sí y resulta que soy pésimo? —No vas a ser pésimo. —¿Cómo sabés? —Porque hace quince años que hago este trabajo y algunas cosas las leo sin necesidad de comprobarlas antes. Dante la mira. En sus ojos claros hay algo para lo que no tiene nombre: no es sólo deseo, aunque también está, crudo y sin disimular. Es la conciencia recién estrenada de que acaba de entrar a un juego con reglas que nadie le enseñó en ningún lado, y que en vez de asustarlo, lo despierta, lo desafía, lo estimula. —Necesito pensarlo un poco —dice, aunque la voz no suena a alguien que necesita pensar nada. —Tomate el tiempo que quieras. —¿Cuánto tiempo tengo? Andrea se pone de pie. El pantalón se le tensa un instante con el movimiento. Camina hasta él taconeando, el sonido retumba en la oficina y en la cabeza de Dante. Se detiene muy cerca de él, a una distancia que no es la de una entrevistadora con su candidato. —Hasta que salgas por esa puerta. Dante la mira un segundo largo. Desde la cintura, a la altura de sus propios ojos sentado en la silla, sube hasta la mirada de ella, pasa por el escote donde un rayo de sol lo destaca más. Después sonríe, esa media curva que en el CV parecía accidental y que ahora, de cerca, parece exactamente lo contrario. —Está bien —dice—. Acepto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD