El departamento de Andrea ocupa el piso diez de un edificio sobre Libertador, con el río como un lienzo n***o detrás de los ventanales. Adentro hay silencio, un silencio que tiene textura: madera clara, lino crudo, una manta gris sobre el respaldo del sillón que nadie usa nunca salvo ella. Las paredes están casi vacías, dos cuadros abstractos elegidos por color, no por lo que representan. Todo en su lugar. Todo un poco frío, como si el orden fuera un método de contención.
Se sirve una copa de vino que sabe no va a terminar. Se descalza en el pasillo, deja los zapatos donde caen, gestos que jamás se permitiría en la oficina. El pelo, suelto por fin, le cae sobre los hombros en ondas que la peluquería trabaja y que ella deshace todas las noches con los dedos, como quien deshace un nudo que se hizo a propósito. Se saca la ropa de a una prenda: el blazer, la camisa, el corpiño, el pantalón de sastre. Se pone una remera de algodón suelta con un dibujo genérico, y se sienta sin nada más con las piernas cruzadas sobre el sillón de lino, la laptop apoyada en las rodillas, la luz azul de la pantalla. La única luz encendida en todo el living.
Así, sola, sin nadie que la mire, hay algo en Andrea que se afloja y que no tiene testigos. Es la variante de sí misma que sólo existe entre estas paredes: la que se muerde el labio inferior sin darse cuenta cuando algo le interesa, la que cruza distinto las piernas cuando nadie corrige su postura.
Busca el i********: de Dante.
No hace mucho que subió la foto de perfil, la misma del CV, mal encuadrada, sin intención. El resto es escaso, como corresponde a alguien que todavía no aprendió a curar una versión de sí mismo para el mundo. Publicaciones espaciadas, ninguna pensada para gustar. Una foto en una terraza con amigos, remera lisa, cerveza en la mano, la risa auténtica y no ensayada para la cámara. Otra de un partido de fútbol de torneo amateur, la camiseta transpirada, el pelo pegado a la frente. En una tercera aparece solo, de perfil, mirando algo fuera de cuadro, y esa es la que Andrea mira más tiempo del que necesita para evaluar nada.
Busca más Dante Aguilé. Encuentra una cuenta vieja de f*******:, abandonada, la última publicación de cuando tenía dieciocho años. Fotos de un cumpleaños familiar en un patio con una parra y una medianera de ladrillos de cemento al fondo, una madre de sonrisa cansada, un asado, primos. Nada pensado para impresionar. Es justamente esa ausencia de estrategia lo que a Andrea la detiene, párrafo tras párrafo, imagen tras imagen: quince años leyendo perfiles de gente que aprendió a venderse antes de aprender a ser algo, y de golpe, esto. Un chico que no sabe todavía que se lo puede mirar.
Vuelve a la foto del partido de fútbol y la amplía. Se queda ahí más tiempo del razonable. Después se avergüenza, brevemente, de haberle hecho zoom y observado los detalles, y sigue mirando de todos modos mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Cierra todas las pestañas y abre un sitio de noticias. Después de pasar títulos sin leer ninguno, vuelve a las fotos de Dante. Se dice que ya vio suficiente, cierra las pestañas otra vez, y las vuelve a abrir a los tres minutos con la excusa endeble de que necesita confirmar un dato. No hay ningún dato que confirmar. Lo sabe. Sigue mirando.
Termina la copa de vino sin haberla disfrutado, con la mente en otro lado, en una entrevista de Recursos Humanos que todavía no existe, en una firma que todavía no se hizo. Se recuesta en el sillón, la laptop ahora a un costado, la mirada perdida en el reflejo del río en la ventana. Piensa en las otras solicitudes que descartó esa tarde con gesto mecánico. Piensa que si vuelve a abrir la bandeja de entrada mañana y ve algo distinto a esa foto desprolija, algo en ella se va a negar a aceptarlo, aunque no sepa todavía decir qué es exactamente lo que está negando.
No quiere ver otra solicitud.
La frase le aparece completa, sin que la busque, con la contundencia de las cosas que uno piensa una sola vez y no puede dejar de pensar. Se queda con eso un momento largo, incómoda, tratando de decidir si la inquietud que siente es profesional o es otra cosa para la que todavía no tiene nombre y que prefiere no ponerle nombre esta noche.
Apaga la laptop. El living queda a oscuras iluminado por las luces de la costanera, lejanas, indiferentes. Se queda un rato así, sin moverse, con la copa vacía en la mano y el pelo suelto cayéndole sobre un hombro, la mujer que nadie en la oficina conoce, a solas en su propio silencio.
A la mañana siguiente llega temprano, antes que sus asistentes, antes que el café de la máquina del piso doce termine de calentarse. No abre el resto de las solicitudes. No hace falta. No quiere hacerlo.
Marca el número que figura al pie del CV, dos timbres apenas, sin darse tiempo a dudar del gesto.
—¿Dante Aguilé?