Marisa no levanta la vista cuando Dante vuelve a su escritorio.
—¿Y ahora qué?
—Andrea me dijo que te pidiera una orden. Para los estudios.
—Ah, sí.
Hurga en un cajón y saca un sobre ya armado, como si lo hubiera tenido listo desde hacía días. Adentro hay una orden con membrete y una hoja aparte con el nombre de un laboratorio.
—Este es el laboratorio externo —le marca con el dedo el nombre en el papel.
—¿Por qué externo?
—Por las condiciones —dice Marisa, y la palabra queda flotando junto con la planta de plástico.
Dante espera la segunda parte de la frase. No llega.
—Hoy pasás a retirar las indicaciones. Mañana vas en ayunas, a primera hora. Que no te lo hagan repetir, porque la empresa no paga dos veces.
—Ok.
—Y Dante.
Él se da vuelta en la puerta.
—Bienvenido.
Lo dice con la sonrisa de trámite. Es la misma que usó para el acuerdo de confidencialidad. Él la registra, y todavía no sabe si le quita o le agrega algo.
El laboratorio ocupa un primer piso sobre Avenida de Mayo, arriba de una casa de fotocopias. Hay una escalera angosta, una recepción con vidrio, tres sillas de plástico atornilladas al piso. Huele a desinfectante y a pasillo cerrado.
La chica del mostrador lee la orden y arquea las cejas. Un gesto mínimo. Después teclea rápido.
—¿Es todo esto?
—No sé. Es lo que me dieron.
—Es completo —dice ella y vuelve a la pantalla.
Imprime dos hojas. Le marca con un fibrón verde lo que importa: ayuno de doce horas, primera orina de la mañana, nada de alcohol las cuarenta y ocho horas previas. Y una línea aparte, sin fibrón, que Dante lee dos veces.
Abstinencia s****l: 72 horas previas a la toma de muestra.
Levanta la vista. La chica ya está atendiendo a otro. Dobla las hojas en cuatro y se las guarda en el bolsillo del pantalón, y baja la escalera más rápido de lo que subió.
Desde el microcentro, el viaje es largo. Camina hasta Once con el saco colgando del brazo. El tren sale casi vacío a esa hora, y se sienta del lado de la ventanilla.
Pasa Flores. Floresta. Los edificios van bajando de a poco, como si alguien les fuera sacando pisos. Aparecen las medianeras pintadas con publicidad de negocios de la zona, los talleres con las persianas a media altura, una canchita con arcos oxidados y ningún pibe. Se baja en una estación con el andén desparejo y cruza las vías por el paso a nivel, esperando que termine de pasar un camión de reparto.
La calle de su casa es de asfalto bacheado. Veredas rotas por las raíces de los paraísos, que nadie le pidió a la municipalidad pero a nadie se le ocurre cortar. Un vecino lava el auto con un balde. Otro escucha cumbia con la puerta abierta. Un perro lo huele al pasar y decide que no vale la pena.
La casa está a mitad de cuadra. Fachada de revoque sin pintar desde hace dos inviernos, reja negra con los barrotes soldados a mano por el abuelo, una puerta de chapa que hay que empujar fuerte con el hombro cuando llueve. Adentro, un pasillo angosto lleva al patio: la parra, la medianera de ladrillos de cemento, la parrilla hecha con medio tanque. Todo lo que Andrea vio en las fotos de cumpleaños de aquella cuenta vieja de f*******:.
Todo se sostiene sin que se note cuánto cuesta sostenerlo.
—¿Sos vos?
La voz viene de la cocina. Dante deja el saco sobre una silla.
—No, soy un ladrón. Vengo por la tele.
—Llevate el ventilador también, que ya no sirve.
La cocina tiene azulejos blancos con flores desteñidas, una cocina a gas con las perillas comidas por el uso y una pava que nunca sale de la hornalla. En la ventana, una planta y una cortina de encaje. En la heladera, una estampita de la Virgen sostenida por imanes de pizzería, junto a una foto del último cumpleaños.
Jessica está de espaldas, con un repasador de rayas rojas sobre el hombro y el pelo rubio recogido con un broche n***o, los mechones escapándose. Tiene cincuenta y dos años y todavía hay gente que le da cuarenta y pico. Se da vuelta y le sonríe. Los ojos son los de él, verde grisáceo, con las mismas ganas de reírse antes de que termine la frase. Pecas en los brazos, arrugas finas en las comisuras, argollas doradas chicas que se pone cada día aunque no salga a ningún lado. Las manos, en cambio, cuentan otra historia: años de trabajo en oficinas.
—Vení, sentate. Hice un guisito.
— No tengo hambre.
—No importa. Sentate igual.
Ella le sirve un plato que no pidió, se sirve otro para ella y se acomoda enfrente, en el borde de la silla, con la jarra de agua entre los dos. Lo mira comer.
—¿Y? ¿Cómo te fue con la entrevista?
—Bien. Creo que bien.
—¿Crees?
—Me tomaron. Ya me contrataron, digamos. Falta un trámite.
—¿Qué trámite?
—Los estudios médicos.
Se le escapa antes de pensarlo. Jessica no cambia la cara, pero suelta la cuchara.
—A ver.
—¿Qué cosa?
—La orden, Dante.
Él busca en el bolsillo del pantalón, saca las dos hojas dobladas en cuatro y se las extiende sin ganas. Ella agarra los anteojos que cuelgan del cordón, se los pone y estira el papel a la distancia justa.
—Sangre. Orina. Electro. Radiografía de tórax —va murmurando—. Audiometría. Vista. Ah, bueno. Psicológico.
—Eso es lo normal.
—Es lo normal —confirma—. Yo hice esos en la primera oficina. Y después en el otro laburo, y en el otro.
Pasa la hoja.
—HIV. VDRL. Hepatitis B, hepatitis C. Uy —se baja los anteojos por la nariz y lo mira por encima del marco—. Espermograma.
Dante se concentra en el guiso.
—Perfil hormonal —sigue ella, con más lentitud—. Ecografía testicular.
—Mamá.
—No, si estoy leyendo.
—Ya vi.
—Para analista junior.
—Es una empresa grande. Piden de todo.
—¿Todo esto?
—No sé, mamá. Yo qué sé.
Jessica apoya el mentón en la mano, con el papel todavía en la otra. Lo mira por encima de los anteojos.
—Treinta años me hicieron estudios para todo lo que se pueda hacer en un trabajo —dice—. Nunca me pidieron mirarme el útero.
—Ma.
—Es un dato.
Dante levanta la vista. Hay algo en la cara de su madre que él conoce bien y prefiere no mirar: la sonrisa que se le forma sola cuando descubre algo que el otro no quiere contarle. No es reproche. Es lo contrario, y por eso pesa más.
La explicación está ahí, en el plato, en la cocina, en la boca del estómago. Vuelven las frases de Andrea, una por una, prolijas: Los que hacen falta para el puesto. Exclusivo. Dentro de estas cuatro paredes. Nadie se acuesta con nadie sin que antes alguien controle que nadie se lleve nada. Lo entiende con una claridad extraña, casi administrativa. Es la letra chica de una cláusula que no leyó. Tiene lógica, y mientras tanto le sube un calor por el cuello que no tiene nada que ver con el guiso.
Y no se lo va a decir. No a ella, no en esta cocina, con el ventilador que hace ruido en el rincón.
—Debe ser una política de la empresa —dice—. Multinacional. Se cubren de todo.
—Debe ser.
Jessica dobla las hojas por donde estaban dobladas. Las deja junto al salero, con cuidado, como si fueran más frágiles de lo que parecen.
—Mañana en ayunas —lee al final, en voz baja—. 48 horas sin alcohol. ¿No tomaste en estos días, no? Tres días sin...
Se interrumpe.
Lo mira. Él no la mira.
—¿No estuviste con nadie estos días?
—Mamá.
—Bueno —dice ella, y se levanta con los platos—. Después me contás si querés.
—No hay nada para contar.
—Ya sé.
Se pone a lavar la olla. Le da la espalda, y Dante ve cómo sus hombros se sacuden apenas, una vez, con lo que en cualquier otra mujer sería risa y en ella es una decisión de no preguntar.
La ve secar la olla con un movimiento lento, y siente algo que no sabe nombrar. La gratitud de que ella no insista. Y una pizca de vergüenza, tibia y nueva, de saber que hay una puerta cerrada en esa casa donde nunca las hubo.
—Ma.
—Mm.
—Gracias por el guiso.
—De nada, mi amor.
Esa noche, tirado en la cama de siempre, con el póster desteñido de la selección en la pared y el ventilador girando lento, Dante abre el mail en el teléfono. E acuerdo de confidencialidad, adjunto en PDF, enviado a las siete y cuarto.
Leelo bien esta noche. En tu casa, tranquilo.
Lo abre.
Lee la primera cláusula. La segunda. Se detiene en el párrafo que habla de "vínculos de naturaleza personal" y lo relee con otros ojos.
Afuera, en la cocina, su madre apaga la luz. Escucha sus pasos por el pasillo. Se frenan un segundo frente a su puerta.
Y siguen.