—¿Dante Aguilé?
—Sí, soy yo —la voz del otro lado suena despierta a medias, con la cautela de quien no reconoce el número y ya está calculando de qué se trata—. ¿Quién habla?
—Hola, Dante, un gusto saludarte. Te llamo por la búsqueda de Analista Junior. Mi nombre es Andrea Martínez, soy la Gerente General de Operaciones.
—Ah. Sí. Mandé la solicitud ayer a la tarde —una risa breve, nerviosa, que se corta sola, como si él mismo se diera cuenta de que sonó demasiado informal para el tono del otro lado—. Pensaba que primero me iban a llamar de una consultora o de Recursos Humanos.
—Normalmente lo hacen —Andrea no explica más. Deja que la frase quede ahí, con el peso justo para que él entienda que esto no es lo normal sin que ella tenga que decirlo.
Un silencio. Después, la voz de Dante vuelve, un poco más despacio, ya con algo de cautela.
—Okey.
Andrea sonríe, sola en su oficina, del lado de la línea que él no puede ver.
—Quiero que vengas a una entrevista. Mañana a las diez. Conmigo, directamente.
—Sí, claro. Cuando quiera. Pero.. ¿no hay tests? Esas cosas…
—Puede haberlos después. Primero quiero conocerte yo.
Otro silencio, distinto al anterior. Éste tiene curiosidad adentro.
—¿Y el puesto es...?
—Analista Junior. Ya lo sabés, lo dice el aviso.
—Sí, pero —se corta, elige mejor las palabras—. No sé. ¿Hay algo más? No me parece lo común que te llame la gerenta general un día después de mandar el CV.
Andrea deja pasar dos segundos antes de responder, los suficientes para que del otro lado se note que la pausa fue elegida y no dudada.
—No. No es lo común.
No agrega nada más. Es una respuesta que no responde nada y responde todo, y Andrea la deja flotando a propósito, la misma arquitectura de silencio con la que maneja cualquier negociación en la oficina.
—Está bien —la voz de Dante encuentra un registro nuevo, algo entre la gracia y el desafío, el tono de alguien que decide no preguntar más aunque tenga preguntas—. Ahí estaré.
—Te escribo por mail con la dirección y el horario. Respondeme al mail con tu confirmación antes de las nueve.
—¿Un mail? Podemos arreglar así nomás, ¿no? Ya dije que voy.
—Prefiero el mail —ella lo dice sin aspereza, con la misma cadencia con la que se ordena cualquier otra cosa que no admite discusión—. Para que quede asentado.
—Ah. Está bien. Como quiera.
Hay algo en el "como quiera" que a Andrea la detiene un segundo de más. No es sumisión. Es otra cosa más parecida a alguien que cede terreno sin sentir que perdió nada. Ella conoce esa distinción de memoria: la gente que cede porque no tiene margen, y la gente que cede porque no le importa gastar el margen que tiene. Dante suena a lo segundo, y eso, en quince años de leer gente por teléfono y en persona, no lo escuchó demasiadas veces.
—Una cosa más —dice ella, antes de que él pueda cortar—. Vení con ropa formal. No hace falta traje. Camisa y pantalón de vestir alcanza.
—¿Tengo que impresionar a alguien en particular?
La pregunta llega con una media sonrisa adentro, se le nota en la voz aunque ella no pueda verle la cara. Por un segundo Andrea no contesta, y en ese segundo de silencio hay más de lo que debería haber.
—A mí —dice, finalmente, con el mismo tono profesional con el que dijo todo lo anterior, aunque la palabra pese distinto de lo que pesaba el resto de la frase.
—Bueno. Ahí estaré, entonces. Mañana a las 10, con camisa y pantalón de vestir.
—Nos vemos mañana, Dante.
—Hasta mañana.
Corta ella primero. Se queda con el teléfono en la mano, la pantalla todavía iluminada, y no lo suelta enseguida. Repasa la conversación de memoria. La manera en que la voz de él subía un poco al final de cada frase que no terminaba de ser pregunta. La risa cortada a la mitad, como si todavía no supiera cuánto de sí mismo le convenía mostrar. El "como quiera" que no fue derrota sino concesión.
Es una voz más grave de lo que hubiera imaginado a partir de la foto desprolija, con un fondo de calle que la vida corporativa todavía no le limó, y algo en el ritmo (rápido, después lento, después rápido otra vez, como quien piensa en voz alta y se corrige sobre la marcha) que a Andrea le resulta, contra todo pronóstico, más elocuente que cualquier CV bien redactado que descartó esa semana.
Dante Aguilé.
Se lo repite una vez, mentalmente, como quien prueba el peso de un nombre nuevo que todavía no sabe bien dónde va a ir a parar.
Dante. Aguilé.
Deja el teléfono en el escritorio, va hasta la máquina de café del piso que ya terminó de calentar, y mientras la espera se descubre pensando en la voz otra vez, en cómo va a sonar dentro de una oficina, con el cuerpo puesto detrás. Mañana a las diez va a tener la respuesta. Hasta entonces, sólo tiene esto: un nombre, una foto desprolija, y una voz que le dejó una pregunta pendiente sin que la haya hecho en voz alta.