Capítulo 1

1240 Words
El despacho de Eduardo huele a cuero viejo y café frío. Andrea entra intempestivamente y no se sienta. Se queda de pie frente al escritorio, las manos cruzadas adelante, como si presentara un balance trimestral y no lo que en realidad viene a pedir. —Necesito un asistente nuevo. Eduardo no levanta la vista de los papeles. —Ya tenés dos. —Necesito uno joven. Que piense distinto. Que no venga formado en los vicios de acá adentro. Ahora sí. La mira. Ella no tiene corbata, los botones superiores de la camisa están desabrochados, y los brazos cruzados le levantan el escote un poco más de lo normal. Él se saca los anteojos de lectura, los pliega despacio, un gesto que en él equivale a prestar completa atención. Es un hombre que nunca hace dos cosas al mismo tiempo si puede evitarlo, ni siquiera escuchar y seguir leyendo. —¿Y el verdadero motivo? Andrea no finge que no entiende la pregunta. —Ya sabés cuál es el verdadero motivo. Silencio. Eduardo apoya los anteojos sobre la carpeta, se reclina en el sillón. El cuero cruje bajo su peso como si este también estuviera pensando. —Hace cuánto que no lo renovás. No es una pregunta. Es un dato que tenía guardado, esperando el momento de usarlo, con esa costumbre suya de acumular información sobre ella como quien guarda fichas para una partida futura. —Tres años. —Es mucho tiempo para vos. —Es mucho tiempo para cualquiera. Él apenas sonríe, un gesto paternal que usa incluso cuando negocia algo que no tiene relación con lo filial. Se pone de pie. Rodea el escritorio despacio, sin apuro, como si el edificio entero respirara al ritmo que él le marca. —Dejame pensarlo. —Eduardo. —Dije que lo voy a pensar, Andrea. Pero ya está cerca. Ya tiene una mano en la cintura de ella, la otra levantándole el mentón. Andrea no se aparta. Hace quince años que no se aparta. Hay algo casi coreográfico en el modo en que sus cuerpos todavía saben encontrarse sin pensar, un mapa trazado tanto tiempo atrás que ninguno necesita consultarlo. —¿Puedo tomar esto como un sí? —pregunta ella, la voz baja, controlada, aunque el pulso se le adelantó. —Podés tomarlo como quieras —la respuesta de un hombre acostumbrado a que el poder se ejerza también en los silencios, en las frases que no cierran del todo. No hay ceremonia. Es la eficiencia de dos cuerpos que se conocen demasiado bien, que no necesitan preguntarse nada porque está todo dicho hace una década y media, y las respuestas no cambiaron desde entonces. Eduardo le termina de desabrochar la camisa con la cadencia con la que hace todo su trabajo, como si el tiempo le perteneciera y no tuviera sentido apurar lo que de todos modos va a suceder. La gira y la apoya contra el escritorio. Los papeles que estaba revisando caen al piso y no le da importancia. Las manos de él son seguras, expertas, saben exactamente dónde ir, pero es la seguridad de una rutina y no la urgencia de un descubrimiento. Andrea siente el borde de madera fría contra la piel, el contraste con el calor de la boca de Eduardo bajándole por el cuello, por la clavícula, deteniéndose justo donde sabe que la desarma. Él la conoce de memoria, cada punto, cada pausa, cada ritmo, y ese conocimiento que en otro momento fue intimidad, ahora es apenas repetición ejecutada con precisión de reloj. Le sube una mano por el muslo con la seguridad con la que firma un contrato, y ella arquea la espalda contra el escritorio, el gesto tan automático como sincero. Él levanta su pollera para encontrar su ropa interior, quitándosela sin apuro y dejándola caer al piso, disfrutando del control tanto como el cuerpo que tiene a su disposición. Cuando finalmente se acomoda entre sus piernas, el gemido de Andrea es real, no actuado ni fingido para acelerar algo. Apenas el reflejo involuntario de quince años de costumbre bien aprendida. Se mueven con un ritmo que conocen de sobra, un vaivén que en otro tiempo tuvo urgencia y ahora tiene, sobre todo, eficacia. La besa en el cuello, en ese punto exacto que sabe que la hace suspirar. Y ella suspira, porque el cuerpo responde aunque la cabeza ya esté en otro lado. Andrea cierra los ojos pensando en otra cosa. En la reunión de las cuatro. En el mail que no contestó. En algo que no sea el peso cotidiano de Eduardo dentro de ella, el movimiento que conoce de memoria, la manera en que él dice su nombre cuando está por terminar, como si fuera un cierre de contrato más. Hay una parte de ella, pequeña pero terca, que todavía espera que esta vez sea distinto. Que el cuerpo se le adelante a la costumbre. Pero no. El placer llega hasta el punto conocido y se estanca, como una autopista que se corta de golpe en un desvío que nunca termina de construirse. Él termina. Ella no. No es la primera vez. Hace tiempo dejó de llegar hasta el final con él, y esa es precisamente una de las razones (que no dijo ni va a decir) por la que necesita algo nuevo entrando a su vida. No sólo un asistente. Alguien que le recuerde que su cuerpo todavía puede sorprenderla. Eduardo se acomoda la camisa, se ajusta el nudo de la corbata en el reflejo del ventanal, y recién ahí, con la respiración todavía irregular, le responde directamente: —Contratá a quien quieras. Andrea se abrocha la camisa despacio, sin mirarlo. Los dedos encuentran cada botón con precisión mecánica, la misma con que maneja cada cosa en su vida cuando algo por dentro empieza a desordenarse. —Gracias. —Joven, nuevo, distinto, como te gusta. —Como me gusta. Hay algo casi cómico, si se detuviera a pensarlo, en la manera con la que cierran el tema, como si acabaran de aprobar un presupuesto y no acabaran de tener sexo sobre los informes. En el ascensor, sola, Andrea se mira en el espejo. Se acomoda el pelo. Se retoca el labial rojo con dos movimientos secos, profesionales. La mujer que le devuelve la mirada tiene el maquillaje perfecto y algo que no está en la cara sino detrás. Piensa, por primera vez en mucho tiempo, en una palabra que no suele dejarse pensar: cansancio. No es que Eduardo le desagrade. Al contrario, y ahí está el problema. Lo quiere, a su manera funcional y agradecida, la manera en que se quiere a alguien que te sostuvo la mano cuando nadie más lo hizo. Pero el deseo que hubo alguna vez, hace rato que dejó de acompañar al cariño. Y ella, que construyó una carrera entera detectando ineficiencias, no puede seguir fingiendo que no ve la que tiene enfrente cada vez que él dice su nombre en ese momento preciso. El ascensor llega al piso de su oficina. Las puertas se abren. Andrea endereza la espalda, dos centímetros más alta de lo que estaba un segundo antes, y sale caminando como si nada, porque eso es lo que sabe hacer mejor que todos en este edificio: convertir el desgaste en postura, la fisura en paso firme. Nadie que la vea cruzar el pasillo hacia su oficina va a notar nada distinto. Después de todo, es su especialidad más antigua.
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