Uriel Había perdido el control por completo. Había cruzado la línea sin pensarlo dos veces, pero me costaba arrepentirme ni un instante. Incluso ahora, el cuerpecito firme de Amanda me apretaba, perfecto en todos los sentidos. Era una chica hermosa, pero estaba absolutamente deslumbrante cuando se corrió por mí. Me sentí completamente fascinado por todo en ella. Poseía una belleza única, sus ojos verdes como esmeraldas que guardaban secretos aún por descubrir. Su cabello oscuro caía como una cascada de medianoche por su espalda, un marcado contraste con el lienzo de porcelana de su piel. Cada uno de sus movimientos despertaba en mí un deseo primario que se negaba a ser apaciguado solo por la fuerza de voluntad. No fue solo su belleza física lo que me cautivó, sino todo su ser. Su voz,

