Me alegre mucho al verlo, saber que me esperaba me llenó de amor. —¿Nicolás? —llamé con temor. —¡Jenna!... Pero… —Te dije que pasaras la noche —calló mis palabras con un apasionado beso llenó ansias, de deseo. —Después dices no ser una diablilla —habló besándome, noté su felicidad—. Déjame curarte, quiero cerrarte las heridas —miró la entrada—. ¿Dónde está tu caballo? —Vine caminando. —¡Eres una verdadera desconsiderada!, no tienes ni idea de los seres malignos rondando el bosque en las noches. —¡Ah! ¿Sí? —Hice una mueca—. Los vampiros, el hombre lobo, las brujas, los duendes… —Su mirada fue recriminatoria. —Ya me escuchaste. —Su respuesta fue seca. —No creo en eso, de hecho, no existen. En lo único en lo que estoy creyendo es el agua de la eterna juventud, porque me está curando

