Metí el pastel al horno. Volví a revivir aquel lindo detalle, el primero de muchos insignificantes, provenientes del señor Edmund. Me había quedado quieta en las escaleras, no era capaz de pasar por la cocina. Con mucha cautela llegué a la sala, sentada en el mueble con los pies recogidos. No quería abusar con eso de dormir en la segunda planta como lo sugirió. Eso no estaba bien. Pero la sola idea de tener la posibilidad una vez más de sentir ese animal por alguna parte del cuerpo era aterrador. Al cabo de una hora y media sentí el carruaje. —¿Señora Jenna? —Lo escuché llamarme. —¡Estoy en la sala! Contesté, no pudo dejar de reír al verme, sí se ve lindo cuando sonríe de esa manera. —Le traje guardaespaldas. Arrugué la frente, tenía las manos en su espalda, fue tan varonil, tie

