Tardé muchos meses en adaptarme a ese nuevo estilo de vida, a comprender la sensación agonizante en la garganta. Sentía morirme, de tanto dolor quedaba inconsciente, una y otra vez. No salí de la casa hasta no se pasó el ardor, pero la sensación de desespero jamás disminuía, esa aturdía. Todo era diferente, la vista era increíble, el ruido de los animales, del viento, el sonido de las hojas al caer, escuchaba todo. Pero el hambre era desquiciante, por eso tomé una gallina del corral para prepararme una sopa. La finca jamás fue abandonada, al contrario, siempre venía a cuidarla, Tom también tenía entre sus funciones el mantenerla habitable—. Fue pensarlo y en cuestión de segundos ya tenía la gallina muerta en mis manos, en otras circunstancias me habría encantado la velocidad experimenta

