Capítulo 20: Control

1035 Words
El departamento estaba en silencio, un silencio incómodo, pesado, que parecía extenderse por cada rincón como si algo se hubiese roto y nadie quisiera decirlo en voz alta. El pent-house se sentía frío, a pesar de la calefacción. La habitación, antes nuestro santuario, ahora era un campo de batalla silencioso. Mateo estaba ahí, a unos metros de mí, revisando unos documentos con esa expresión fría que se había vuelto cada vez más frecuente desde la muerte de Daphne. Apoyé la copa sobre la mesa de vidrio con cuidado, observando el reflejo del líquido antes de apartar la mirada hacia él. Antes no era así. Antes me miraba. Antes me tocaba. Ahora apenas si me toleraba. Y eso… eso no era algo que estuviera dispuesta a aceptar. Me levanté con calma, tomando la botella entre mis manos mientras caminaba hacia él, dejando que mis pasos fueran suaves, casi imperceptibles, como si no quisiera interrumpirlo, cuando en realidad cada movimiento estaba medido. —Deberías descansar un poco —murmuré, dejando la copa cerca de él, inclinándome lo suficiente para que mi presencia no pudiera ignorarse—. Has estado trabajando demasiado. Mateo ni siquiera levantó la mirada de inmediato. Ese pequeño gesto, esa mínima indiferencia, hizo que algo dentro de mí se tensara. Pero no lo mostré. Nunca lo hago. —Estoy bien —respondió finalmente, su voz plana, distante. Sonreí levemente, como si aquello no me afectara, como si no me importara que cada vez hubiera más distancia entre nosotros. Como si no estuviera perdiendo terreno. —Aun así, deberías tomar algo —insistí, deslizando la copa un poco más cerca—. Te hará bien relajarte. No esperé respuesta. No la necesitaba. Mis dedos se cerraron con suavidad alrededor del frasco en mi bolsillo, un movimiento pequeño, oculto, calculado, y por un instante dudé… no por moral, nunca ha sido eso, sino por la posibilidad de que algo saliera mal. Pero la duda no duró. Nunca lo hace. Dejé caer unas gotas en su bebida con naturalidad, como si no significara nada, como si no estuviera cruzando una línea que ya no tenía retorno. Cuando volví a mirarlo, mi expresión no había cambiado. Seguía siendo la misma. Suave. Paciente. Perfecta. —Vamos, Mateo —dije con una leve sonrisa—. Solo un trago. Esta vez sí levantó la mirada. Y por un instante, solo uno, sentí que algo no estaba bien. Pero ya era demasiado tarde para detenerme. Porque si había algo que no estaba dispuesta a hacer… era retroceder. ——— Más tarde, el aroma a fresas con crema flotaba en el aire, un perfume dulce que se adhería a las paredes, a la ropa, a la piel… un aroma que Luis adoraba y que yo usaba a mi favor, como tantas otras cosas. Luis estaba recostado en el sofá, con su teléfono en la mano, distraído, cómodo, como si nada en el mundo pudiera perturbar esa calma artificial que siempre lo rodeaba. Yo vivía sola en ese pent-house; Mateo y yo aún no estábamos casados y yo no tenía intención de convivir antes de eso. Era una excusa conveniente, por supuesto, una forma de mantener mi espacio, mi control… y, sobre todo, la libertad de traerlo a él sin que Mateo sospechara nada. Me acerqué con lentitud, observándolo unos segundos antes de hablar, midiendo el momento, el tono, la forma exacta en la que debía decirlo. —Luis —murmuré finalmente, dejando que mi voz se tiñera de una urgencia suave, controlada—. Necesito que hagas algo por mí. Algo importante. Él levantó la vista, una ceja arqueada, esa media sonrisa despreocupada que siempre usaba cuando creía tener la situación bajo control. —Dime, Cris. Sabes que por ti… —Es sobre ese niño —lo interrumpí, sin darle tiempo a terminar—. El hijo de Mateo. La sonrisa desapareció. No por completo, pero lo suficiente. Su expresión cambió, tornándose más seria, más cautelosa, y su mirada se fijó en la mía con un interés distinto. —¿El hijo de Mateo? —repitió, esta vez sin rastro de ligereza—. ¿Qué pasa con él? Sonreí apenas, acercándome un poco más, lo suficiente para invadir su espacio sin que pareciera una amenaza. —Es un problema —dije con suavidad—. Un problema que se interpone en mi camino. Mis dedos se deslizaron distraídamente por el respaldo del sofá, como si aquella conversación no tuviera mayor peso, como si no estuviera definiendo algo importante. —Y tú sabes —continué, bajando ligeramente la voz— que yo no dejo que nada ni nadie se interponga en mi camino. Luis no respondió de inmediato. Podía verlo pensando, evaluando, intentando adelantarse a lo que venía. Pero ya era tarde para eso. Me incliné un poco más, lo suficiente para que no pudiera ignorar mis palabras. —Necesito que te deshagas de él. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Pesado. Cargado de todo lo que no hacía falta decir. —¿Deshacerme de él? —repitió finalmente, su voz más baja, más tensa—. Cris… ¿estás segura? Lo miré fijamente, sin dudar, sin vacilar. —Es necesario. No había espacio para interpretaciones. —Es un estorbo —añadí, con la misma calma—. Un obstáculo entre Mateo y yo. Su mirada se desvió por un segundo, buscando algo, cualquier cosa que le diera una salida, pero ambos sabíamos que no la había. Luis dependía de mí. Siempre lo había hecho. —¿Cómo? —preguntó finalmente, su voz más apagada, más resignada. Me enderecé con tranquilidad, como si esa parte no me correspondiera. —Eso es tu problema. Mi tono fue más frío esta vez. Más definitivo. —Tú te encargas de los detalles —continué—. Solo asegúrate de que desaparezca… y de que no vuelva a ser un problema. Tomé el vaso que había dejado sobre la mesa, dando un pequeño sorbo sin apartar la mirada de él. No necesitaba ver más. Sabía que lo haría. Siempre lo hacía. Y yo… yo tenía otras cosas de las que encargarme. Mateo aún no estaba completamente bajo control. Pero lo estaría. Pronto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD