Capítulo 29: Abrumado

806 Words
El hospital no había cambiado. Las mismas luces. El mismo sonido constante de monitores. El mismo olor estéril que lo cubría todo. Pero para Mateo… nada era igual. No lo pensó demasiado. O al menos, eso quiso creer. La decisión no llegó como impulso, sino como algo que ya estaba ahí, esperando. —Necesito hacer una prueba —dijo. El médico levantó la mirada. —¿A qué se refiere? Mateo sostuvo su mirada unos segundos antes de responder. —A Daphne. No añadió nada más. No hacía falta. El silencio fue breve, profesional. —¿Tiene autorización para el uso de los restos? —preguntó el médico. —Sí. No dudó. No titubeó. —Quiero un análisis de ADN. El médico asintió, aunque su expresión se tensó ligeramente. —Tardará algunas horas. —No importa. Mateo asintió una vez. Como si el tiempo ya no tuviera ningún peso. La espera fue distinta. No había urgencia. No había ansiedad visible. Solo una quietud incómoda. Como si todo ya estuviera decidido… incluso antes de saberlo. Cuando los resultados llegaron, no hubo rodeos. —El resultado es concluyente. Mateo no reaccionó. —No existe vínculo biológico. Silencio. Las palabras no se sintieron como un golpe. No de inmediato. Fueron más… limpias. Frías. Como algo que simplemente encajaba. Mateo bajó la mirada. No preguntó. No negó. Porque en algún punto… ya lo sabía. —Hay algo más —añadió el médico—. Analizamos también la sangre del feto. Mateo no levantó la mirada. —Es grupo AB positivo. Un segundo de silencio. —La paciente es A negativo —continuó—. Su organismo está reaccionando al factor Rh positivo del feto. Es lo que está provocando las complicaciones. Mateo cerró los ojos un instante. —Esto suele ocurrir cuando ha habido una exposición previa —añadió—. Es probable que el embarazo anterior haya generado esa sensibilización. Daphne. El nombre apareció, inevitable. Pero esta vez no vino acompañado de nada. Ni recuerdo. Ni imagen. Solo… una idea. Una línea que ahora tenía sentido. Demasiado sentido. —Señor Mateo. La voz no era médica. Era firme. Más directa. Cuando levantó la mirada, vio a dos oficiales. —Se ha levantado una acusación formal contra la señora Cristina —dijo uno de ellos—. Secuestro. La palabra no tuvo impacto inmediato. Como si ya no quedara espacio. —Por su estado actual, no puede ser trasladada —añadió—. Pero en cuanto sea posible, será llevada a un centro especializado bajo custodia. Mateo asintió. Automático. —Necesitaremos su colaboración. Otra vez, asintió. Sin realmente procesarlo. Porque su mente seguía en otra parte. Adán no estaba en el hospital. No podía. O tal vez no quería. El lugar le resultaba demasiado… cerrado. Como si todo lo que estaba pasando se concentrara ahí dentro, sin dejarle espacio para respirar. Se quedó en casa. Sentado. Sin moverse. El dinero ya no era el problema inmediato. Había hecho el segundo abono. Había cumplido. Se lo repitió varias veces. Como si eso tuviera que significar algo. Pero no cambiaba nada. El mensaje seguía ahí. Claro. Frío. Inamovible. “Nosotros no tocamos niños.” Adán cerró los ojos. Fuerte. Como si pudiera borrar esa frase. Pero no se iba. Volvía. Siempre volvía. Si no eran ellos… entonces ¿quién? La pregunta no tenía respuesta. Y eso era lo peor. Porque sin una respuesta… no había dirección. No había a quién culpar. No había a dónde ir. Se levantó de golpe. Caminó. Se detuvo. Volvió. Su mente no se quedaba quieta. Buscaba. Revisaba. Una y otra vez. Algo. Cualquier cosa. —Tiene que haber algo… —murmuró. Pero no lo encontraba. El silencio de la casa se volvió insoportable. Demasiado grande. Demasiado vacío. Y en medio de todo eso… Oliver. No como recuerdo. Sino como ausencia. Un espacio que no debería estar ahí. Adán se detuvo. Las manos apenas temblando. Porque por más que pensara… no podía hacer nada. Nada. Y esa impotencia… era peor que cualquier deuda. Mateo seguía en el hospital. En el mismo lugar. Con el resultado aún en la mano. Sin mirarlo. No hacía falta. Porque ya estaba dentro de él. Daphne. El nombre volvió. Pero esta vez no dolió como antes. Dolió distinto. Más profundo. Más silencioso. Porque no era solo la verdad. Era todo lo que esa verdad arrastraba. Todo lo que había sido… sin serlo realmente. Mateo apretó el papel sin darse cuenta. Arrugándolo. Como si pudiera deformar lo que decía. Pero no funcionaba así. Nunca lo había hecho. Y en medio de todo eso… Oliver seguía desaparecido. Sin pistas. Sin respuestas. Como si el mundo se estuviera rompiendo en varios puntos al mismo tiempo. Y por primera vez… Mateo no supo qué dolía más. La verdad. O todo lo que había construido sobre una mentira.
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