El teléfono vibró en mi mano cuando ya había dejado de esperar una respuesta. No porque la necesidad hubiera desaparecido, sino porque el cuerpo no puede sostener la misma intensidad por tanto tiempo sin empezar a ceder, sin caer en ese estado extraño donde todo se siente lejano y al mismo tiempo insoportablemente presente.
Estaba sentado en una de las sillas del pasillo, con la mirada fija en el suelo, sin realmente ver nada, cuando la pantalla se iluminó de nuevo. Por un instante no reaccioné. Como si temiera lo que pudiera encontrar. Pero aun así lo abrí.
—No fuimos nosotros.
La frase volvió a aparecer, tan directa como la anterior, tan fría como la primera vez, pero esta vez no venía sola.
Una dirección.
—Revisa ahí.
Eso era todo.
Levanté la mirada de inmediato, sintiendo cómo algo dentro de mí volvía a activarse, una chispa, una dirección, algo a lo que aferrarme después de tanto vacío.
—Esteban… —murmuré, poniéndome de pie casi sin darme cuenta—. Tenemos algo.
Él se giró hacia mí al instante, leyendo en mi expresión lo suficiente como para no hacer preguntas innecesarias. Le mostré la pantalla. Su rostro se tensó apenas.
—¿Estás seguro?
Negué con la cabeza. —No.
Pero no importaba. No cuando era lo único que teníamos.
Antes de que pudiera moverme, antes de que pudiera siquiera pensar en salir corriendo hacia esa dirección sin medir las consecuencias, una voz me detuvo.
—Dame eso.
Mateo.
Su presencia seguía siendo difícil de ignorar, incluso ahora, incluso en medio de todo lo que estaba pasando, porque había algo en él que no había cambiado, algo firme, controlado, que contrastaba demasiado con el caos que yo llevaba encima. Le entregué el teléfono sin discutir, sin cuestionar, porque en ese momento no tenía energía para nada más.
Sus ojos recorrieron la pantalla rápidamente, analizando, procesando, y por un segundo su expresión se endureció de una forma que no supe interpretar del todo.
—No vamos a ir solos —dijo finalmente, devolviéndome el teléfono—. Esto no es un juego.
Apreté los labios. —No me importa.
—A mí sí —respondió, su voz firme, sin elevarse, pero con una autoridad que me obligó a mirarlo—. Si algo le pasa…
Se detuvo. No terminó la frase. No hacía falta. Desvió la mirada un segundo, sacando su propio teléfono con una rapidez que dejaba claro que ya había tomado una decisión. No preguntó. No dudó. Actuó.
No escuché toda la conversación, pero no lo necesitaba. Bastaron un par de palabras, el tono de su voz, la forma en que mencionó la dirección, la urgencia contenida en cada frase, para entender que esto ya no estaba solo en nuestras manos.
La policía.
Una parte de mí quiso oponerse. Quiso correr. Quiso llegar primero. Pero otra parte, una más fría, más consciente, entendía que esta vez no podía hacerlo solo, que esto había superado cualquier cosa que pudiera controlar por mi cuenta.
Y aun así… cada segundo de espera se sentía como una condena.
El trayecto hasta la dirección fue un vacío. No recuerdo el camino con claridad, no recuerdo las calles ni los semáforos, solo esa sensación constante de urgencia, de necesidad, de que cada segundo que pasaba era uno que no podía recuperar.
Cuando finalmente llegamos, el lugar no era lo que esperaba. Era demasiado… normal. Una casa más. Silenciosa. Cerrada.
Pero había movimiento.
Luces.
Sombras.
Y entonces llegaron. Las patrullas. Las órdenes. Las voces elevándose en el aire. Todo ocurrió demasiado rápido, como si el mundo hubiera decidido avanzar de golpe después de haberse detenido por tanto tiempo.
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
Mi corazón se detuvo.
El silencio que siguió fue breve. Y luego… ruido.
Un golpe.
Otro.
La puerta cediendo.
No sé en qué momento dejé de respirar. Todo se volvió confuso, fragmentado, mientras intentaba ver, mientras intentaba entender qué estaba pasando dentro, mientras mi cuerpo luchaba por avanzar y alguien me lo impedía.
Y entonces… los sacaron.
Primero a él. Lo reconocí sin saber cómo, sin haberlo visto antes, pero había algo en su rostro, en su expresión, en la forma en que evitaba mirar a los demás, que encajaba demasiado bien con todo lo que había pasado.
Y luego… ella.
Cristina.
El nombre apareció en mi mente antes de que pudiera detenerlo, antes de que pudiera siquiera procesar lo que significaba verla ahí, en ese lugar.
Pero algo no estaba bien.
Su cuerpo no se movía con normalidad. Su postura era inestable. Y había… sangre.
Demasiada.
—¡Necesitamos una ambulancia! —gritó alguien, rompiendo el ruido general.
El mundo pareció detenerse un segundo. Cristina se dobló sobre sí misma, una mano aferrándose a su abdomen, su respiración irregular, su rostro perdiendo color a una velocidad alarmante.
No entendía lo que estaba pasando. No del todo. Pero sabía que era grave. Muy grave.
Las voces se mezclaron, órdenes, pasos apresurados, manos sosteniéndola antes de que colapsara por completo, mientras la escena cambiaba de nuevo, mientras todo volvía a moverse demasiado rápido.
Y en medio de todo eso… solo había una pregunta.
—¿Dónde está mi hijo?
No me di cuenta de que había hablado en voz alta hasta que el silencio a mi alrededor cambió, hasta que varias miradas se dirigieron hacia mí, hasta que alguien intentó responder algo que no alcancé a escuchar.
Porque todo lo demás dejó de importar.
Cristina.
Luis.
La policía.
Nada de eso tenía sentido si Oliver no estaba ahí.
Y en ese momento, con el eco de las sirenas mezclándose con el caos, con la sensación de que todo se estaba desmoronando de nuevo justo cuando parecía encajar… entendí algo.
Esto aún no había terminado.
Ni siquiera cerca.