Capítulo Tercero A las dos, puntual, me presenté en la oficina. Kyle estaba saliendo con un plato todavía intacto entre las manos, con el aire de quien quiere mandar al diablo todo y a todos y trasladarse a otra parte del mundo. —Está de pésimo humor, y no quiere comer nada —balbuceó. El pensamiento de haber sido yo la causante involuntaria de su estado de ánimo hirió en lo profundo mi ser, cada fibra, cada célula. Nunca he hecho mal a nadie, siempre caminando casi en punta de pies para no molestar, atenta a cada palabra para no herir. Crucé el umbral, con una mano apoyada en la hoja de la puerta dejada abierta por Kyle. Cuando entré, sus ojos se alzaron. —Ah, es usted. Entre, señorita Bruno. Dese prisa, por favor. No perdí tiempo en obedecer. Hizo deslizar sobre el escritorio varias

