Capítulo Quinto Parecía que era un espíritu, casi espectral en mi camisa de noche, revoloteando en el viento invisible. Sebastián Mc Laine me tendía la mano, amable. —¿Quieres bailar conmigo, Melisande Bruno? Estaba parado, inmóvil, a los pies de mi cama. Ninguna silla de ruedas. Su figura era parpadeante, pálida, de la misma consistencia de los sueños. Cubrí la distancia que nos separaba, veloz como un cometa. Él me sonrió encantadoramente, como quien no duda de la felicidad del otro, porque es reflejo de la suya. —Señor Mc Laine, usted puede caminar... —Mi voz era ingenua, evocaba a la de una niña. Él recambió mi sonrisa, con sus ojos tristes y oscuros. —Al menos en los sueños, sí. ¿No quieres llamarme Sebastián, Melisande? ¿Al menos en el sueño? Me sentí embarazada, reticente a a

