El despertar no fue una liberación, sino una caída en un abismo de sensaciones nuevas y aterradoras.
Para Lys, el tiempo se había convertido en una masa elástica y deforme. Lo último que recordaba era el impacto de unos ojos dorados que parecían quemar su alma y un aroma a bosque, tormenta y poder que la había dejado sin defensas. Después, el vacío. Un vacío que ahora se llenaba con el goteo rítmico de agua sobre piedra y el frío intenso que subía desde el suelo de una celda.
Cuando abrió los ojos, el mundo no era el mismo. La oscuridad, que antes habría sido una pared impenetrable para sus ojos humanos, ahora se revelaba en una gama infinita de grises y texturas. Podía ver las fisuras en el techo de piedra, el musgo que crecía en las esquinas y, lo más inquietante, podía ver los barrotes. No eran barrotes de hierro común; brillaban con un matiz opaco y lunar que hacía que el aire a su alrededor vibrara con una energía hostil. Plata.
Lys intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Su cuerpo se sentía como si hubiera sido arrollado por un tren, pero al mismo tiempo, vibraba con una electricidad contenida. Se llevó la mano a la mejilla, donde su padre adoptivo la había golpeado horas —o días— atrás. Para su sorpresa, no sintió la piel hinchada ni el rastro de la sangre costrosa. La piel estaba lisa, tibia, casi curada.
—¿Cómo es posible? —susurró, y su propia voz le pareció extrañamente profunda, resonando en las paredes de piedra.
El calabozo estaba situado en lo que parecía ser el sótano de una construcción antigua, quizás un castillo o una fortaleza oculta en las entrañas de la montaña. El aire era pesado y cargado de un olor que la hacía encogerse: el olor de otros. Olores de miedo antiguo, de sangre seca y de algo salvaje que acechaba en los pasillos exteriores.
De repente, sus orejas captaron un sonido que ningún humano debería haber escuchado a esa distancia. Un latido. Dos. Pasos pesados que hacían vibrar la piedra mucho antes de que se hicieran audibles. Cada paso era una declaración de propiedad.
Lys se arrastró hacia el rincón más alejado de la celda, envolviéndose en sus propios brazos. El uniforme de camarera estaba rasgado, recordándole la vida miserable que había dejado atrás, pero ese terror era diferente. En la ciudad, temía la crueldad pequeña y mezquina de los hombres; aquí, temía algo ancestral.
La figura apareció entre las sombras del pasillo. Alaric no necesitaba antorchas para verla. Se detuvo frente a los barrotes de plata, su imponente estatura llenando el espacio y haciendo que la celda pareciera aún más pequeña. No vestía la ropa de cuero de la noche anterior; ahora llevaba una camisa negra de seda desabrochada en el cuello, revelando una piel bronceada y marcada por runas que parecían latir bajo la luz mortecina.
Su rostro, de una belleza letal y simétrica, estaba sumido en una serenidad depredadora. Sus ojos ya no eran completamente dorados, pero conservaban ese anillo de ámbar que delataba a la bestia.
—Has dormido mucho, pequeña intrusa —dijo Alaric. Su voz ya no era un gruñido, sino un barítono aterciopelado que recorrió la columna de Lys como una caricia prohibida—. Empezaba a pensar que tu mitad humana era más débil de lo que mi olfato sugería.
Lys se pegó más a la pared, su respiración agitada.
—¿Qué soy? ¿Qué es este lugar? —logró articular, aunque su garganta se sentía seca.
Alaric soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Se acercó a los barrotes, pero no los tocó. El ligero siseo de la plata parecía advertirle incluso a él.
—Estás en la Fortaleza de los Olvidados. Mi hogar. Mi reino. Y respecto a lo que eres... —Hizo una pausa, inclinando la cabeza como si estuviera saboreando el aire que ella exhalaba—. Eres un rompecabezas que no debería existir. Tienes el olor de la fragilidad humana, pero debajo de eso... hay un fuego que me resulta familiar. Demasiado familiar.
Él dio un paso lateral, rodeando la jaula como un lobo que evalúa a su presa.
—Tu cuerpo está sanando a una velocidad que mataría a cualquier mortal. Tu pulso es demasiado rápido, tu sangre demasiado caliente. Eres una de los nuestros, aunque huelas a ciudad y a miedo barato.
—¡Yo no soy como tú! —gritó Lys, y al hacerlo, un destello de ese calor interno volvió a quemarla. Sus uñas se clavaron en sus palmas y sintió que sus dientes presionaban sus encías con una fuerza dolorosa.
Alaric se detuvo y sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos.
—Mírate. La rabia te sienta bien. Hace que tu sangre cante. Pero no te equivoques, Lys. Estás en esta celda no porque seas una invitada, sino porque eres una anomalía. Y en mi manada, las anomalías se eliminan... o se domestican.
Él metió una mano entre los barrotes, evitando cuidadosamente el contacto con el metal plateado. Sus dedos eran largos, fuertes, con cicatrices en los nudillos.
—Dime, ¿quiénes eran esos humanos que te golpeaban? ¿Por qué permitiste que seres tan insignificantes pusieran sus manos sobre una heredera de la luna?
—Eran mis padres... —susurró ella, aunque la palabra ahora le sabía a ceniza.
—Ellos no eran nada tuyo —sentenció Alaric con una frialdad absoluta—. Te criaron como a un perro apaleado para ocultar lo que llevas dentro. Pero aquí, en el bosque, no hay máscaras. Aquí, tu verdadera naturaleza saldrá a la luz, quieras o no.
Lys sintió una mezcla de humillación y una extraña gratitud. Alaric hablaba de ella como si tuviera valor, aunque fuera el valor de un objeto de estudio o de una presa valiosa. Era la primera vez que alguien miraba más allá de la camarera invisible.
—¿Por qué me tienes aquí encerrada? Si dices que soy como tú...
—Porque no sé de dónde vienes —la interrumpió él, y su voz recuperó ese tono de acero—. Llevas el rastro de otra manada en tu ADN. Una manada que no debería estar tan cerca de mis tierras. Hasta que sepa quién te puso en ese nido de humanos y por qué has regresado ahora, esta celda es tu único mundo.
Alaric se acercó tanto que Lys pudo oler el sándalo y el hierro que emanaban de él. La presencia del Alfa era abrumadora; era como estar frente a un incendio forestal. Ella quería huir, pero sus pies no se movían. Su propia loba interna, esa parte de ella que aún no conocía, parecía estar reconociendo al macho frente a ella, respondiendo a su autoridad de una manera que la aterrorizaba.
—Te daré una opción, Lys —continuó Alaric, bajando la voz hasta convertirla en un secreto peligroso—. Puedes quedarte aquí y dejar que la plata consuma tu fuerza hasta que seas una cáscara vacía. O puedes aceptar lo que eres. Puedes dejarme entrar en tu mente y mostrarme tus recuerdos. Si me eres útil, te sacaré de aquí. Si me perteneces... te daré un propósito que jamás soñaste en esa ciudad de cemento.
Lys lo miró a los ojos. En la profundidad del ámbar de Alaric, vio una obsesión que iba más allá de la curiosidad política. Vio un hambre de posesión que la hizo estremecer. Él no solo quería respuestas; quería doblegarla, quería ser el dueño de ese fuego que ella apenas empezaba a sentir.
—No soy propiedad de nadie —dijo ella con un hilo de voz, tratando de recuperar una dignidad que le habían robado durante años.
Alaric soltó un gruñido bajo, un sonido que hizo que el vello de los brazos de Lys se erizara. Se acercó aún más, su rostro a centímetros de los barrotes.
—Eso es lo que tú crees. Pero en este bosque, solo hay dos tipos de criaturas: los que mandan y los que obedecen. Y tú, pequeña loba, tienes una marca en tu alma que dice que fuiste hecha para ser reclamada por un Alfa.
Él se retiró lentamente, dándole la espalda.
—Piensa en ello. El hambre empezará pronto. No el hambre de comida, sino el hambre de la transformación. Cuando sientas que tus huesos quieren romperse para cambiar de forma, cuando el dolor sea insoportable, grita mi nombre. Solo yo puedo enseñarte a sobrevivir a lo que llevas dentro.
Alaric desapareció en las sombras del pasillo, dejando tras de sí un silencio sepulcral, solo roto por el goteo del agua y el latido desbocado del corazón de Lys.
Ella se hundió de nuevo en el suelo frío. Sabía que Alaric tenía razón en algo: el calor en su interior estaba creciendo. Sentía una presión en sus costillas y una picazón bajo la piel que la hacía querer arrancársela. Pero más allá del dolor físico, lo que más la asustaba era que, por primera vez en su vida, alguien la había mirado y había visto algo poderoso.
Aunque ese alguien fuera un monstruo que la mantenía encadenada. Aunque ese alguien fuera Alaric, el hombre que la miraba como si fuera su tesoro más oscuro y su perdición más segura.
Lys cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, la luna roja volvió a brillar, recordándole que su vida como humana había terminado en el momento en que cruzó la frontera. Ahora, la verdadera cacería estaba por comenzar.