Capítulo 5

1332 Words
No pensé que el desalojo de comerciantes informales alrededor del mercado sería tan violento. Imaginaba que sería rutina, que únicamente habrían empujones, insultos, y nada más. Pero fue una batalla campal. Los efectivos del serenazgo y los informales se enfrascaron en una verdadera lucha, en medio de las calles, entre pedradas, botellazos, muchos golpes y palazos. Al principio, el comandante que dirigió el operativo, me ubicó taponeando una calle adyacente. Cerré las esquinas, bajé los conos de la patrullera, dispuse la cinta para que no pase nadie y me quedé parada informando a transeúntes y autos que la calle estaba momentáneamente cerrada y buscaran otras rutas. Hasta allí todo bien. Pero fue que estalló el combate. Al principio fueron gritos, luego reventaron vidrios y todo se hizo un desbarajuste. -¡Benavides!, me gritó un teniente, ¡Póngase casco y agarre un escudo!- Obedecí de inmediato y cuando estaba lista, me dio una vara y me dijo que fuera ayudar a los serenos. -Pero...-, intenté excusarme, sin embargo me empujó fuerte y de repente, ya estaba en medio de los palazos, pedradas y botellazos. ¡Pum! golpeó mi escudo un ladrillazo. -¡Cúbrase sub oficial!-, me gritó otro de los colegas, agazapado, soportando una lluvia de piedras. Me arrimé detrás unas carretillas tumbadas y cubrí mi rostro con el protector facial. Entonces, el teniente dijo hacer una fila para dispersar a los informales. Me alineé con dos compañeros enormes como edificios. -No se despegue de mi hombro-, me dijo un oficial, grandote, con unos brazos de acero. Así avanzamos, a paso firme, en medio de las pedradas y botellazos. Dos veces trastabillé. Otro ladrillazo volvió a impactar en mi escudo y después tropecé con un piedrón que habían puesto los informales. Casi me voy de narices al suelo, pero el oficial logró contenerme. Las escaramuzas se hicieron más violentas y tuve que dar también, de palazos, a varios hombres que intentaron tumbarnos. -¡Váyanse a sus casas!-, renegaba, pero los sujetos estaban furiosos y lanzaban maldiciones, escupitajos y estrellaban sus manazos en mi escudo. Luego de casi dos horas de reyertas, empujones, pedradas, con la ayuda de los serenos que repartían palazos a diestra y siniestra, logramos recuperar el control de las calles y dispersar a los informales. Los serenos, entonces, procedieron a poner barandas de fierro. -Bien, chica, muy bien-, me dijo el policía enorme. Yo resoplaba aún mi cansancio por la batalla. Sudaba. -Yo todavía me voy a quedar resguardando la zona, agregó sonriente, creo que ustedes se marchan- En efecto, el teniente nos hacía gestos para volver a la comisaría. Me saqué el casco y dejé el escudo. Recién lo vi bien al oficial. Altote, recio, muy guapo, de mirada altiva y un mentón prominente. No dejaba de sonreírme. -Gracias por tu ayuda-, le dije, secándome el sudor. -Sub oficial Molinari. Espero volverla a ver- -Sub oficial superior Fernanda Benavides-, sonreí, inclinándome coqueta. -¡¡Oh!! La heroína-, se sorprendió. -Je, algo así-, seguí riendo coqueta. Ya en la comisaría, lavándome las manos, miré mi rostro en el espejo. -Hombres-, murmuré divertida y me saqué la lengua. ***** Empecé a recorrer las calles de mi distrito en busca de Monteza. Se me había vuelto una obsesión. Es la verdad. Repicaba mi corazón a cada momento, me temblaban las piernas y sentía chapotear la sangre en mis venas pensando en él. Mis sesos repetían sus nombres, como campanadas, y se me doblaban las rodillas. No es que estaba enamorada, tampoco, pero sentía demasiada excitación por él, imagino como la novia de Robin Hood. Creo que es el gusto por lo prohibido. Siempre ha sido así a través de la historia. Por eso el síndrome de Estocolmo, creo yo. No es por justificarme, porque lo que les cuento demuestra, entonces, debilidad, sumisión y no soy tan así sino decidida, valiente, terca. Pero había un no sé qué en ese sujeto que me trastornaba, fundía mis sentidos y me sentía tonta, queriendo encontrarlo. Quería volverle a ver los ojos, disfrutar de su sonrisa irónica y desafiante. Lo soñaba además. A cada momento. Lo veía señorial, cautivante, como un príncipe azul emergiendo galante y adorable en mis sueños. Yo me revolcaba en la cama, estrujaba mi almohada, sobaba mis rodillas ansiosa y gemía como loca pensando en sus besos, sus caricias, su voz dulce y romántica, tomándome en sus brazos y haciéndome suya. Una noche soñé que era tomada en rehén por él, en un asalto a una casa. Me apuntaba con un arma y me puso de cara a la pared con mis manos en la cabeza y empezó a olerme el cuello, las orejas, el pelo y yo gemía de placer. Suspiraba y cerraba los ojos extasiada, pletórica de sensualidad. Luego me aplastaba a la pared, más y más, y sentía su cuerpo fuerte, macizo, de acero y disfrutaba de su virilidad que se hacía evidente, embistiéndome, como un toro lo que me hacía excitarme más y más. Desperté sudando, eufórica, exhalando pasión, gimiendo y con mechones de pelos en mis dedos. Cuando estaba de guardia lo hacía en la patrullera o si estaba de franco, iba al mercado o a las tiendas, mirando a todos lados, tratando de verlo en algún lado. Pensaba verlo entre las sombras, escuchaba su voz en el silencio y hasta descubría figuras donde solo existían vacíos. Mi obstinación se había vuelto un tormento. Preguntaba a mis colegas si sabían algo de un tal Monteza. -Nada Sub oficial superior-, respondían. Yo estrujaba mi boca y me sentía defraudada, molesta, impotente. Tal fue mi obstinación y terquedad que me atreví a ir por los barrios prohibidos, donde se venden drogas. Mi curiosidad no tenía límites. Me ponía ropa poca llamativa, hacía un moño con mi pelo, blusas o camisetas desteñidas, zapatillas sucias, no me maquillaba y preguntaba siempre por él. -Estoy buscando a Monteza-, decía sonriente a los muchachos recostados en los postes y las esquinas, fumando hierba, hablando de sus fechorías, distendidos. -¿Quién es?-, preguntaban indiferentes a mis angustias, estrujando sus bocas, sin saber de qué hablaba. -Es un chico que roba celulares-, decía sonriente, tratándome de mostrarme campechana, locuaz, una de ellos. -Todos roban celulares por acá-, solían decirme. Esas correrías tuvieron, de otro lado, su lado positivo. Descubrí a micro comercializadores de droga. Me ofrecían alucinógenos a bajo precio. Me hacía la disforzada y eso me permitió descubrir sus escondrijos. El capitán Melgarejo organizaba redadas y se detuvieron a muchos, decomisando bastante droga, pero él estaba furioso conmigo. -¿Qué hacía por esos barrios sola, Sub oficial superior?-, me llamó la atención, en la formación de los lunes, delante de todos. Me puse roja como camarón hervido. -Buscaba una tía, señor-, dije fuerte, en posición de firmes, avergonzada, entumecida y el corazón rebotando en mi pecho. -Logramos muchas detenciones, le dimos un fuerte golpe al mercado n***o de drogas, sin embargo usted arriesgó su vida, Sub oficial superior, es usted una irresponsable-, me reprendió. -La próxima vez que busque a su tía, avíseme para mandarle una escolta-, renegó entonces. Se volvió donde la teniente Mori y le dijo que me pusiera una A, de muy sobre saliente, en mi expediente. Todos los compañeros me aplaudieron y Melgarejo recién sonrió. Pero tenía razón. Mi amiga Bertha me dijo que había hecho una locura buscando un fantasma. -Ese tipo de sujetos desaparecen, no son sedentarios, son nómadas, es difícil encontrarlos-, me dijo. Mordí mis labios y traté de borrarlo de mi mente. Sin embargo, a los pocos días, llegó una noticia a la comisaría. -Hubo batida en Comas y agarraron a un sujeto de nuestra zona, capitán-, le informaba Manolo a Melgarejo. Mi corazón tamborileó de prisa. Y otra vez sentí la angustia anudando mi garganta. Crucé los dedos y apreté los dientes. Sentí rayos y truenos reventando en mi cabeza. -¿Quién es?-, preguntó el capitán. -El "Cucaracha"-, respondió Duarte. Sentí un baldazo de agua helada duchándome toda.
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