Melgarejo me dijo que acompañara a una unidad del serenazgo del distrito para una intervención que harían en un callejón que sería clausurado. Se había convertido en un refugio de drogadictos y gente de mal vivir y había provocado los reclamos de los vecinos. -Nada complicado-, me dijo el capitán serio y resoluto. Me puse mi gorra, ajusté mi cartuchera, llevé mi casco, por si acaso, y un escudo. Afuera me esperaba la camioneta, con media docena de efectivos del serenazgo, a bordo. Me ubiqué al lado del piloto. Me miró con curiosidad. -¿Una chica?-, barulló. -Una chica de armas tomar-, sonreí. El desalojo y clausura del callejón fue muy complicado, sin embargo. Había casi una docena de vagabundos y también drogadictos, además de un par de sujetos de mala pinta que espantaba hasta los

