Maúrtua me esperaba sonriente, en su despacho. Su edecán me llevó hasta allí y luego se retiró haciendo mil reverencias. El mandatario se puso de pie, abrió los brazos, ensanchó su risa y corrió a abrazarme. Me dio un beso en la mejilla. -¡Estás hermosa!-, me dijo, viéndome con el uniforme, la gorra y la falda larga y las botas. Tenía mi cartuchera, los galones, el cordón y me colgué algunas medallas que gané cuando era Sub oficial. Tenía, además, puestos mis guantes blancos. -Serás la atracción de la ceremonia-, insistió él. -Estoy ahora en homicidios-, le volví a recordar al mandatario, tratando de hacerle entender que tenía otras obligaciones y que ya no podía presentarme como su seguridad. -No hay problema. Ya hablé con sus superiores. Tengo carta blanca para solicitarla cuantas ve

