Revisando las imágenes de una detención en el callejón de los malditos, lo volví a ver. ¡Era él, Monteza! Mi corazón se volvió frenético rebotando eufórico en mi pecho. Desorbité mis ojos por la emoción. Estaba en el grupo de curiosos que observaba la intervención de los efectivos policiales de un sospechoso de homicidio. Alto, guapo, la mirada distendida, la sonrisa que me volvía loca y su rostro juvenil y masculino que me despeinaba. Mordí mi lengua. -¿Hubo más detenciones en el callejón de los malditos?-, le pregunté a la sub oficial Pérez. -No, mi teniente, solo el sospechoso del crimen del panadero-, me respondió. Me entusiasmé. Lo confieso, no quería que Monteza esté inmerso en hechos delictivos. Me gustaba mucho, demasiado, lo pensaba en un ser mitológico, incluso, y por ello des

