El primer día del juicio no sentí miedo. Sentí exposición. Es distinto. El miedo es algo que vibra por dentro. La exposición es como si te quitaran la piel y te dejaran en medio de una habitación blanca, iluminada por focos demasiado fuertes. La sala no era tan grande como la imaginé. O tal vez sí lo era, pero mi memoria tiende a deformar los espacios donde algo irreversible ocurre. Recuerdo el murmullo previo. Recuerdo el olor a madera barnizada. Recuerdo el sonido seco de mis propias pisadas cuando me hicieron caminar hasta mi lugar. No miré a Jared. O más bien, no miré el lugar donde debería haber estado Jared. Porque ya no estaba. Su ausencia ocupaba más espacio que cualquier cuerpo. Mi abogado —Daniel— caminaba a mi lado. Su presencia era tranquila, firme. No parecía nervioso

