Pasaron las horas, no se cuantas. La fiebre me hacía sentir que vivía entre la neblina. Me dieron los medicamentos. El cuerpo me dolía entero. La tos empeoraba. Y Jared se quedó a mi lado, cambiando las toallas, sosteniéndome cuando me mareaba, asegurándose de que tomara agua. Y aunque me sentía agradecida… algo en su mirada se volvía cada vez más oscuro.Más posesivo. Más… mío. —No voy a dejar que nadie se acerque a ti —dijo de pronto, como si lo hubiera estado pensando durante horas—. Ni Charlotte. Ni Dalton. Ni nadie. Cerré los ojos. —Está bien —respondí, débil. Él acarició mi mejilla. —Eres mía, Elisa. Y voy a proteger lo que es mío. Tragué saliva. —Jared… —Descansa —susurró—. Yo vigilo. Y así, entre fiebre y somnolencia, me quedé dormida otra vez, sintiendo su mano sobre la m

