Huellas que regresan
Valeria
El día amaneció tibio, de esos que te abrazan los hombros al salir de la cama.
Había una energía especial en el aire, como si la casa misma supiera lo que estaba por suceder.
La casona de huéspedes finalmente abría sus puertas.
Después de meses de trabajo, arreglos, paredes pintadas con manos temblorosas y amor acumulado… estaba lista.
Y yo también.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no solo sentía que pertenecía a algo, sino que ese “algo” me pertenecía a mí.
El letrero colgado en la entrada se movía levemente con la brisa. “La Brisa del Valle – Casa de Huéspedes”.
Camila sonreía mientras terminábamos de alinear los cojines en la sala común.
—¿Lista? —me preguntó.
—Más que nunca.
Como si fuera parte del libreto, el timbre sonó.
Una campanita suave que me aceleró el corazón.
Respiré hondo y caminé hacia la entrada, con una sonrisa que desapareció; apenas abrí la puerta.
Cuando abrí por completo la puerta, sentí como si el pasado me hubiese golpeado en el pecho.
Allí estaban, Caleb Y junto a él, Héctor, mi gemelo.
Mis dos hermanos.
Mis dos ausencias más profundas.
Mis dos heridas.
—Hola, Vale —dijo Caleb, con la misma voz que me arrulló de niña cuando tenía pesadillas.
—Hola, hermanita —añadió Héctor, que apenas sostenía la mirada.
No pude hablar. No al principio. Hasta que me salió la voz.
—¿Qué están haciendo aquí? ¿Cómo… cómo supieron dónde encontrarme?
Se miraron entre ellos. Fue Héctor quien respondió.
—Contratamos a un investigador privado.
Me apoyé contra el marco de la puerta, como si necesitara afirmarme ante el vértigo.
—¿Qué?
—Después de días sin saber nada de ti —añadió Caleb con voz baja—, decidimos buscarte. Necesitábamos verte.
—Saber que estabas bien —dijo Héctor—. Aunque no lo merezcamos.
—No. No lo merecen —respondí, sin suavizar mi tono—. No después de ignorarme. No después de cerrar la puerta, cuando más los necesitaba.
Un silencio espeso se instaló entre nosotros.
El tipo de silencio que solo la familia puede cargar.
—Lo sé —dijo Héctor finalmente—. No hay excusa. Solo arrepentimiento.
—¿Y pensaron que aparecer así, con maletas y una reserva, lo resolvería todo?
—No —respondió Caleb—. Pero sabíamos que no nos abrirías la puerta si llamábamos como hermanos. Así que nos reservamos como huéspedes. Solo queríamos ver… si podías perdonarnos. Con el tiempo.
Quise gritarles, llorar, cerrarles la puerta en la cara, pero también abrazarlos.
Todo al mismo tiempo.
Pero no hice nada de eso, solamente los miré.
Y detrás de mí la rabia crecía, de mi dolor volvía a hacerse presente, como si la herida aún estuviera fresca… pero en un solo segundo vi lo que alguna vez fuimos.
Tres niños corriendo por el jardín de la casa de los abuelos, compartiendo travesuras.
Riendo sin saber que un día, el mundo se les vendría abajo y yo los hubiera dejado atrás.
—Esta casa no es para redimirse —les dije—. Es para recomenzar.
—Entonces… ¿Podemos quedarnos? —preguntó Caleb, con los ojos brillosos por las lágrimas retenidas y algo en mí se removió, aunque dejé todo de lado.
—Una semana. No más finalmente les advertí.
—Gracias, Vale —murmuró Héctor, al igual que Caleb.
Y sin decir nada más, entraron.
Esa noche no dormí, todo en mi cuerpo se encendió, en un huracán de pensamiento.
Sentada frente a la chimenea de mi habitación, acariciando mi vientre ya abultado, me sentí frágil como cuando Salí de Estados Unidos, pero también poderosa.
—No sé si puedo perdonarlos —les susurré a mis bebés—. Pero sí puedo decidir cómo quiero seguir adelante. Y ya no quiero cargar con más odio, ni resentimiento.
Tal vez el reencuentro no vino con respuestas, pero trajo consigo algo más valioso: la oportunidad.
Y eso, en este mundo, ya es mucho.
La puerta que se abre.
Valeria
No hay nada más conmovedor que ver materializado un sueño que alguna vez creí imposible.
La casona estaba lista y dispuesta.
Después de meses de pintura, lijado, lágrimas, risas, comidas improvisadas sobre cartón, y noches sin dormir… estaba lista.
Había algo sagrado en los detalles, ya que todos fueron realizados con el alma.
Cada habitación tenía un pedazo de mí, cada ventana respiraba por sí sola con vida propia, lista para reparar.
Las cortinas blancas danzaban con el viento y los muebles parecían haber estado siempre allí, como esperando que alguien los despertara de un largo letargo.
Yo caminaba descalza sobre los pisos recién lustrados, sintiendo la madera crujir suave bajo mis pasos, acariciando mi vientre de casi 6 meses.
Tenía el corazón en la garganta, pero de alegría y ansiedad.
Mis bebés, aun en mi vientre, se movían con lentitud… como si también ellos quisieran absorber la quietud antes de que el mundo cambiara otra vez.
Camila estaba en el jardín con sus gemelos, rodeada de margaritas y sol.
Yo la observaba desde la ventana y me pregunté, una vez más, qué suerte había tenido al encontrarla, de encontrar una hermana de vida.
A veces pienso que la vida te lanza al abismo, pero en la caída conoces a quién será tu red.
Y ella fue eso para mí.
Mi red.
Mi hogar.
Y ahora ellos estaban bajo mi mismo techo, buscando un perdón.
—¿Qué clase de prueba es esta diosito?
Camila fue quien se encargó de mis hermanos a quienes guio.
Caleb y Héctor se quedaron. En una de las habitaciones dobles del ala este.
Cuando ya estuvieron instalados, yo seguía en la habitación de juegos con los pequeños Thomas y Ariel, quienes dormían su siesta de media mañana.
A la hora de la cena, ambos bajaron como niños regañados.
Los miraba un poco y más cuando ellos no me veían, y no intercambiamos más de diez palabras.
Pero cuando pasaba Héctor por el lado de Camila y sus bebés, se detenía, les sonreía, y vi en su rostro algo parecido a la paz.
Y supe, entonces, que esta casa de huéspedes estaba cumpliendo su propósito.
Un huésped a la vez.
Y aunque el pasado aún pesaba en mis hombros, ya no me doblaba.
Porque ahora tenía raíces nuevas, y dos corazones latiendo dentro de mí.
Y el porvenir… era un gran horizonte abierto.