— Pequeñaja, ¿no íbamos a ensayar? — Mateo abre la puerta de mi habitación, con una sonrisa estúpida en la cara, ¿cómo puede mirarme después de todo lo que ha dicho?
— No, vete. — Le gruño sobre mi cama, hecha un ovillo y aguantando las lágrimas.
— ¿Estás bien? — Intenta acercarse, pero mi grito lo frena de golpe, sorprendiéndole.
— ¿Estás sordo? ¡He dicho que te vayas!
— ¡Alejandra! — Exclama él, cerrando la puerta sorprendido, creo que nunca me ha visto de esta manera — ¿Quieres calmarte y explicarme lo que te pasa?
— No, Mateo. Esto de jugar con lo que siento ha terminado — Trago saliva, mirándole a los ojos mientras soy consciente de que estoy llorando de nuevo — No soportas que te quiera, por lo que me alejo de ti, entonces vienes y me dices que no soportas que te odie, soltándome cosas preciosas y haciéndome ilusiones de algo que nunca ocurrirá.
— Pero Ale... — Se sienta en mi cama, y vuelve su manía de ponerse ambas manos en el pelo y así revolverlo.
— Mateo, vete, por favor. Ahora soy yo la que quiero que te largues de mi vida.
— Me dijiste que me esperarías. — Aprieta los labios en una línea recta.
— ¿Y eso es lo que querías, que te esperara? — Grito, ahora mucho más furiosa — No lo haré, lo dije porque te quiero, porque pensé que si era necesario, te esperaría toda la vida. Pero ahora he conocido al verdadero Mateo, un Mateo al que detesto, con el que no perdería ni un minuto de mi tiempo.
Se levanta, ahora sí reconozco su expresión, ya que refleja la mía; dolor, sufrimiento, decepción, tristeza. Es la primera vez que la cara desencajada de Mateo me dice tantas cosas, y ninguna buena.
Cuando consigo que se vaya, me levanto furiosa, rebusco en mis canciones de guitarra y veo la que hice para él, la que quería cantarle algún día para decirle que estaría esperándole, saco la canción llamada cada día y con un grito rasgo el papel y lo tiro a la papelera.
Nunca pensé que alguien podría hacerme tanto daño, ni mucho menos que esa persona fuera Mateo.
Ahora mismo no puedo pensar con claridad, odio lo que ha hecho mamá, odio a Mateo, los odio a ambos por haber actuado a mis espaldas.
Mateo ha elegido a mis padres, ha elegido que ellos no sufran y yo sí lo haga, y es justo lo que estaba pasando.
No merece nada de mí, me había quedado claro que nunca podría pasar nada entre nosotros.
Ahora debo centrarme en mí, en concreto en la actuación de piano que tengo que interpretar dentro de una semana ante cientos de personas. Debía olvidar todo lo que había pasado o no sería capaz de tocar dos notas seguidas.
Voy hacia la sala con la canción que Mateo me había recomendado, ojalá pudiera cambiarla, pero ahora era demasiado tarde, ya no me daba tiempo a preparar otra.
Suena preciosa, realmente bonita, el problema es que cada tecla que pulso, duele un poco más, es como si con la melodía volvieran las palabras que Mateo había dicho.
— ¡Qué ilusa he sido! — Exclamo dándome con la palma de la mano en la frente, para así darme cuenta de que tengo que olvidar toda esta historia con Mateo.
No bajo a cenar, hay dos personas a las que ahora mismo no puedo mirar a la cara y sonreírles como si nada hubiera pasado; mamá y Mateo.
Por sorpresa, papá es quien sube a hablar conmigo cuando supongo que han terminado de cenar.
— Ale, cielo, ¿estás bien? Te he echado de menos abajo.
— Si, papá... — Miento, tragando saliva para que las lágrimas se queden quietas en mi interior y no vuelvan a salir. —...quería seguir ensayando.
— Esos ojos llorosos me dicen lo contrario — Se sienta a mi lado, dándome un pequeño abrazo — ¿Le contarás a tu padre lo que pasa?
— Son... son muchas cosas. Se me han juntado y he explotado, eso es todo.
— ¿No tendrá que ver con algún chico? — Sonríe — Soy consciente de que, aunque no quiera, estás creciendo y lo seguirás haciendo.
— Eres el único que parece darse cuenta.
— Todos nos damos cuenta, Ale. Pero no queremos que nuestra niña crezca, somos como todos los padres protegiendo a los hijos.
— Ya, y lo entiendo — Me encojo de hombros — Pero vosotros también tenéis que entender que ya puedo tomar mis propias decisiones — Pongo una mano en mi pecho — Cada día estoy más convencida de lo que quiero.
— ¿Y qué es lo que quieres? — Pregunta papá mirándome a los ojos con ternura.
— A... — Suspiro, no puedo decírselo justo a él — un chico. Pero es muy complicado.
— En el amor siempre hay algo complicado, ¿sabes? Cuando mamá y yo quisimos estar juntos, tus abuelos se opusieron mucho. — Habla entornando los ojos, como si el tema para él todavía fuese desagradable.
— ¿Y qué hicisteis? — Abro los ojos como platos, y yo que pensaba que papá y mamá siempre habían sido la pareja perfecta.
— Luchamos, Alejandra. Porque nos queríamos, ambos sabíamos que pasaríamos el resto de nuestras vidas con el otro… estábamos tan convencidos de ello que nada se podía oponer — Explica ahora con una sonrisa.
— Y... papá, ¿cómo sabes cuándo quieres tanto a otra persona como para estar con ella siempre?
— Es fácil, cariño. — Cierra los ojos un segundo antes de continuar — Cuando ves a esa persona, el corazón se te acelera. Quieres tenerla cerca todo el rato, provocar el más mínimo contacto con ella, quieres saber todo acerca de su vida.
— Entiendo — Asiento, ahora más relajada — Y, ¿también se te agrandan los ojos, se te iluminan si ves a esa persona? ¿Te sale una sonrisa estúpida en los labios y sientes una descarga cuando te roza?
— ¿Todo eso sientes? — Alza las cejas, extrañado.
— Y mucho más, papá. — Le sonrío, apretándole la mano. — Siento un revuelo dentro de mí, no mariposas, es como si todos los animales del bosque se hubieran puesto de acuerdo para meterse en mi estómago y decime que ésa es la persona correcta.
— ¡Cielo santo! — Exclama con gestos exagerados — Mi pequeña Alejandra está enamorada, ¿quién iba a decirlo? Solo espero que no te lastimen... — Frunce ahora el ceño.
— Me temo que eso ya ha pasado. — Me encojo de hombros — Como te he dicho, es demasiado complicado... nunca pasará nada entre nosotros. Hay gente de por medio que puede sufrir.
— Tienes que mirar por ti, cariño. Por lo que siente tu corazón...— Papá se interrumpe cuando la puerta de la sala se abre y aparece Mateo.
— Perdón...— Dice al ver a mi padre ahí — No quería interrumpir.
— No pasa nada, Mateo. — Se levanta papá, alisándose el traje — Estaba charlando un poco con Alejandra, hacía mucho que no teníamos una de estas conversaciones.
— Papá — Río — Creo que nunca hemos tenido una conversación así.
— Y dudo que volvamos a tenerla, aunque confío en ti, no me gusta nada que mi niña esté enamorada... — Veo cómo Mateo se tensa.
— ¡Vamos papá! — Me tiro a sus brazos para darle un abrazo — Gracias por hablar conmigo.
— Lo que sea por mi pequeña — Besa mi cabeza, y mira a su mejor amigo — Ahora os dejo, querréis ensayar tranquilos.
Papá se va, cerrando la puerta a sus espaldas y dejándonos a solas. Yo fulmino a Mateo con la mirada.
— ¿Qué haces aquí? — Me levanto, poniéndome frente a él para encararlo — Ya he tenido suficiente contigo, ya sé que nunca habrá nada entre nosotros, ya te has encargado tú de dejárselo claro a mi madre.
— ¿Has oído la conversación? — Pregunta cogiéndome el brazo para que no me aleje.
— Ojalá no la hubiera escuchado — Me suelto de su agarre.
— Lo siento, Ale. — Ahora me coge con firmeza de los dos codos, acercándome a él. — Perdóname.
— No, Mat. No soy el juguete de nadie. — Lo miro a los ojos con dureza, para que vea que estoy hablando completamente en serio. — Esto, lo que sea que hubiera entre los dos, se acabó. Para siempre. Voy a olvidarte aunque me cueste, te lo prometo.