DANIEL El deseo me tenía cegado de pasión. Estaba sediento de su cuerpo. Ardiendo de las ganas por entrar en ella, por llenarla toda de mí, por no dejar ni un centímetro de su piel sin tocar, sin marcar con mis caricias. Estaba entrando a un laberinto sin salida llamado Shadia Michelsen. La conduje hacia el borde del sofá con ansias, era un imperativo tenerla en cuatro, solo para mí. Ella me obedecía cegada también por el deseo, por esa locura a la que nos arrastra lentamente las ganas de poseer y ser poseído. Estábamos tan fuera de sí, que ninguno de los dos se dio cuenta que no traía preservativo. Entré en ella y fue… cálido, muy caliente, demasiada humedad. Mi pene estaba abrazado por ese fuego que emanaba su v****a. Ella se sostuvo con ambos brazos al borde del sofá mientras l

