Al cruzar el umbral del apartamento, el ambiente se volvió denso, casi eléctrico. La mirada de desaprobación de la tía Ashley fue inmediata, afilada como un cuchillo recién afilado. Aisha, instintivamente, enterró el rostro en el cuello de Edrick, buscando un refugio que no sabía si era real o ilusorio. Él, con aire solemne y protector, la sostenía en brazos como si fuera de cristal. —¿Qué está pasando aquí, suegro? —se oyó desde el salón la voz de Conce, burlona y despreocupada como siempre. —¡Silencio, Conce! —ordenó Ashley con su habitual autoridad, esa que lograba doblegar hasta el espíritu más rebelde. El chico se calló al instante. No hubo réplica. Nadie osaba cuestionar a la tía Ashley cuando usaba ese tono. Ni siquiera sus propios hermanos. Era una mujer de carácter férreo, de p

