Unas semanas después… —Dejen las cajas marcadas con naranja cerca del ventanal, por favor —pidió Aisha con amabilidad a uno de los hombres de la mudanza. A sus veintiséis años, por fin había tomado la decisión de comprar su propio espacio. A pesar de la incertidumbre que aún sentía sobre cuánto tiempo permanecería en ese país, su orgullo herido le impedía aceptar que podía ser algo temporal. Necesitaba sentir que tenía el control de su vida, aunque fuera una ilusión. —¡Este lugar es hermoso, Aisha! Me encanta —exclamó Amanda, su prima, recorriendo con entusiasmo el departamento—. Pero te voy a extrañar muchísimo. —Podrías venir a vivir conmigo. Sabes que hay espacio para las dos —sugirió Aisha, sirviendo dos copas de champán. —¿Y dejar solos a mis padres? Ni pensarlo. Pero te prometo

