Se dejó caer en un sillón frente a la chimenea, sin hacer preguntas. El cansancio era abrumador, y la voz de la mujer desconocida que le exigía algo —algo que ni siquiera sabía si tenía— apenas lograba atravesar el hielo que calaba hasta los huesos. Lo único que deseaba era un poco de calor. Observó cómo las llamas danzaban en la oscuridad, tratando de aferrarse a un pensamiento claro. Minutos después, el sonido de los tacones de Hortensia retumbó en el pasillo como una sentencia. Cuando apareció, su figura envuelta en arrogancia, una sombra de incredulidad cruzó el rostro de la cautiva. —Como te lo dije una vez en ruso, hoy te lo repito en español —anunció con una sonrisa torcida—. Te dije que estaríamos juntas en la misma habitación, y no gritarías como aquel día en tu oficina. He cump

