Isabel García
El día había sido una molienda absoluta. La preparación para el caso de Brenda Contreras se estaba transformando en una carrera de obstáculos donde el tiempo era mi peor enemigo. Pero, más allá de las leyes y los expedientes, había un pensamiento intrusivo que me perturbaba los sentidos: el recuerdo del tipo de la biblioteca.
Era absurdo. No podía dejar de evocar aquel rostro atractivo pero cargado de una arrogancia que me daba urticaria. Su actitud altanera, esa forma de mirarme de arriba abajo como si fuera un error en su mundo perfecto y ese tono condescendiente... me habían dejado un sabor amargo. Me caía mal, lo juraba por mi título de abogada, pero su imagen se había quedado tatuada en mi retina. Había un magnetismo en su misterio que, muy a mi pesar, me obligaba a querer descifrarlo.
Decidí que necesitaba una noche para mí, una tregua para desconectar el cerebro y encender la piel. Me enfundé en un vestido n***o, sencillo en apariencia pero letal en el diseño; de esos que abrazan cada curva y parecen susurrar promesas al caminar. Un toque de labial rojo encendido, una gota de perfume en las pulsaciones del cuello, y estaba lista. Mi destino: un bar lounge, un rincón de luz tenue y bachata o merengue suave moderno donde el vino fluye tan suave como las intenciones.
Al entrar, el aroma a madera y cuero me envolvió. Me dirigí a la barra con el paso seguro de quien sabe lo que vale y pedí una copa de vino tinto, con cuerpo, como la noche que esperaba tener. Me instalé en una esquina estratégica, observando el juego de sombras del lugar.
Mientras disfrutaba de mi vino, lo vi entrar. Mi corazón dio un vuelco violento, golpeando mis costillas con una fuerza que me dejó sin aliento.
Era él. El hombre de la biblioteca.
Verlo fuera de aquel entorno rígido era una experiencia religiosa. Llevaba la camisa ligeramente desabrochada en el cuello, emanando una mezcla peligrosa de confianza y un aura de depredador en reposo. Me descubrí estudiándolo con un descaro que no era propio de mí: la línea afilada de su mandíbula, su porte impecable y esos ojos que, incluso en la penumbra, parecían analizar la estructura atómica de todo lo que tocaban.
Él se acercó a la barra y pidió lo que al parecer era un whisky. Al principio, pareció no verme, o tal vez mi recuerdo se había diluido en su memoria de hombre ocupado. Mi curiosidad se volvió incandescente; quería mantener la distancia, pero mi cuerpo parecía tener voluntad propia. Justo cuando pensaba en cómo retirarme con dignidad, él giró la cabeza.
Nuestras miradas se cruzaron en el aire.
¡Genial, Isabel! Atrapada con las manos en la masa.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Vi el destello de reconocimiento cruzando sus pupilas. Frunció el ceño, procesando mi imagen, y de repente su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa y algo mucho más oscuro... ¿Deseo? ¿Interés?
Cuando empezó a caminar hacia mí, sentí que el aire del bar se volvía denso. Mi instinto me decía "huye", pero mis pies estaban clavados al suelo por una electricidad invisible.
—¿Nos conocemos? —preguntó. Su voz ronca vibró en mi pecho, desafiándome a recordarlo.
Le sostuve la mirada, dejando que una sonrisa irónica bailara en mis labios. No le iba a poner las cosas fáciles.
—Podría ser. Aunque la última vez que nos vimos, creo que usted estaba siendo un poco... grosero, si mal no recuerdo —solté, porque si algo soy, es clara como el agua.
Él levantó una ceja, y una chispa de diversión iluminó su rostro.
—Ah, la biblioteca. Tiene razón, fui un idiota —admitió, acortando la distancia entre nosotros—. ¿Me permitiría redimirme esta noche?
Había algo en su tono, una mezcla de arrepentimiento genuino y audacia pura, que me desarmó las defensas. La voz de María resonó en mi cabeza: "Lánzate, Isabel, disfruta". Decidí que, por una noche, la abogada implacable se quedaría en casa.
—Eso depende —respondí, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo—. ¿Qué tiene en mente para esa redención?
Él sonrió de una forma pecaminosa, una curva lenta en sus labios que prometía exactamente el tipo de problemas de los que no quieres escapar. Me sostuvo la mirada, y juro que por un segundo sentí un tirón eléctrico en la boca del estómago.
—Podríamos empezar con una bebida. Yo invito —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose una caricia ronca.
Acepté con un leve movimiento de cabeza, manteniendo esa máscara de seguridad que tanto me gustaba usar. Nos sentamos juntos en la barra, tan cerca que nuestras rodillas se rozaban ocasionalmente, enviando descargas directas a mis terminaciones nerviosas. Pedimos las copas, pero el vino pasó a un segundo plano. La conversación se volvió un baile fluido, un duelo de ingenio donde las palabras eran solo la excusa para seguir observándonos.
Hablamos de música, de anécdotas vacías, de gustos banales... pero el verdadero lenguaje era el de nuestros cuerpos. Yo era plenamente consciente del poder que tenía en ese momento. Me inclinaba hacia él de forma estratégica, dejando que el aroma de mi perfume (ese con notas de vainilla y sándalo que María decía que era "peligroso") invadiera su espacio personal. Jugué distraídamente con un mechón de mi cabello, dejando que mis dedos rozaran mi cuello, sabiendo que sus ojos seguían cada movimiento con una intensidad depredadora.
Y funcionaba. Vaya si funcionaba.
Podía ver cómo su mirada se desviaba hacia mis labios con una frecuencia eléctrica, como si estuviera calculando cuánto tiempo más podría aguantar sin acortar la distancia. Su mano, apoyada en la barra cerca de la mía, parecía quemar la madera. Estaba tan atrapado como yo en esta red invisible de deseo.
—Es diferente a lo que imaginaba —dijo de pronto, rompiendo el ritmo de la charla trivial. Me miró con una fijeza que me hizo arder la piel bajo el vestido n***o.
—¿Ah, sí? —Inquirí, sosteniéndole el reto. Crucé las piernas, dejando que la seda del vestido se deslizara un poco más sobre mi muslo—. ¿Y cómo me imaginaba, señor desconocido? ¿Acaso pensaba que solo era una mujer ruidosa con auriculares?
Nicolás soltó una risa seca, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó hacia delante, eliminando casi todo el espacio personal que nos quedaba. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un fuego que me atraía como una polilla a la llama. El olor de su whisky mezclado con una fragancia masculina y amaderada me mareó de una forma deliciosa.
—No tan intrigante —susurró, y su aliento rozó mi mejilla, erizándome el vello del cuello—. Ni tan... letal.
Solté una risa suave, sintiéndome extrañamente victoriosa, aunque mi pulso martilleaba con fuerza en mis oídos.
—Bueno, usted tampoco es exactamente lo que esperaba de un hombre que manda a callar a mujeres en bibliotecas públicas. Resulta que tiene modales... cuando quiere.
Soltó una risa seca negando varias veces con la cabeza. Y por un momento, nos quedamos en silencio, atrapados en una burbuja de alta tensión donde el ruido del bar, la música y las risas de los demás se volvieron un zumbido lejano y borroso. No sabía quién era él, ni él sabía quién era yo. Éramos dos extraños jugando con fuego en una noche que se sentía prohibida. Pero la duda me quemaba por dentro. ¿Y si mañana esto es solo un recuerdo? ¿Y si este hombre es solo un espejismo de una noche agotadora?
No quería quedarme con la duda. Quería marcar el territorio.
Me incliné hacia su oído, invadiendo su espacio de forma definitiva. Mis labios rozaron apenas el lóbulo de su oreja, un contacto tan leve que podría haber sido un accidente, pero ambos sabíamos que no lo era. Pude escuchar cómo su respiración se entrecortaba por un segundo.
—Creo que es hora de que me diga su nombre —le susurré, dejando que el calor de mi voz se fundiera con su piel.
Aquel hombre soltó un suspiro contenido, un sonido que delataba cuánto estaba disfrutando de este juego de poder. Giró la cara lentamente, centímetro a centímetro, hasta que nuestras bocas quedaron a una distancia agónica, apenas separadas por un suspiro. Sus ojos estaban oscuros, cargados de una promesa que me hizo temblar.
—Nicolás —respondió, y su mano se movió, rozando apenas mi cintura, un contacto que se sintió como una marca de fuego—. ¿Y el suyo?
—Isabel —le devolví el nombre, saboreando cada sílaba, mientras mi mirada bajaba inevitablemente a sus labios.
—Isabel... —repitió él, como si estuviera probando el vino más caro y prohibido del mundo—. Es un placer conocerla... de verdad.
La tensión creció hasta volverse casi insoportable, un hilo a punto de romperse. Sentí que estábamos al borde de un precipicio, y que cualquier movimiento en falso nos haría caer. Pero en ese momento, con su calor envolviéndome y su mirada devorándome, no me importó el juicio, ni Brenda Contreras, ni las reglas que suelo seguir. Solo importaba el aquí y el ahora; esta conexión inesperada, eléctrica y salvaje que amenazaba con hacernos arder a los dos antes de que terminara la noche.