Nicolás Ortiz
Si de dar espectáculos se trata, Alfonso Villarreal se lleva la medalla de oro. Al muy idiota no se le ocurrió mejor idea que dar una entrevista televisiva sin mi consentimiento. Su objetivo era infantil: que Brenda lo viera, ponerla nerviosa y marcar territorio.
Lo que no entiende es que, en un proceso judicial, el que ríe último no es el que sale en la tele, sino el que tiene las pruebas en el maletín.
—¿Qué te pareció lo que dije? —preguntó Villarreal en el auto, mirándome con esa necesidad de aprobación que tienen los hombres con el ego inflado.
—Una estupidez —solté sin anestesia, mientras mantenía la vista en el tráfico.
Villarreal se quedó mudo por un segundo, como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Perdón? —masculló, y noté cómo se le empezaba a hinchar la vena del cuello.
—Dije que me pareció una estupidez.
Villarreal se acomodó en el asiento, claramente ofendido. Su ego era tan frágil como ruidoso.
—No entiendo por qué reaccionas así. Esa entrevista nos favorece —respondió, cruzándose de brazos—. La opinión pública es importante.
—La opinión pública no dicta sentencias —repliqué—. Los jueces sí. Y a ellos no les gustan los circos mediáticos.
Guardó silencio por unos segundos. Lo suficiente para que supiera que había tocado una fibra sensible.
—Confíe en mí —añadí—. Si quieres ganar, déjame hacer mi trabajo. Sin cámaras. Sin espectáculos.
No respondió de inmediato. Sabía que no le gustaba que lo contradijeran, pero también sabía que yo tenía razón.
Villarreal apretó la mandíbula, claramente herido en su orgullo. No dijo nada durante el resto del trayecto. Mejor así. Con clientes como él, el silencio era más productivo que cualquier conversación.
Al llegar al bufete, caminó delante de mí con pasos largos, como si el edificio le perteneciera. Subimos directo a una de las salas de reuniones. Sobre la mesa ya estaban los documentos que necesitaba firmar: autorizaciones finales, lineamientos de estrategia y un par de cláusulas que dejaban claro que, a partir de ese punto, cualquier aparición pública debía pasar por mí.
—Firma aquí. Y aquí —le ordené—. Y recuerda: a partir de ahora, si quieres abrir la boca, primero me pides permiso a mí. Si no, búscate a otro abogado que esté dispuesto a perder contigo.
Firmó con trazos bruscos y se fue sin despedirse. Solté un suspiro largo cuando la puerta se cerró. Todo estaba bajo mi control. El juicio era en menos de cuarenta y ocho horas y yo ya tenía las fotos de Elian. El caso estaba cerrado.
O eso intentaba decirme.
Regresé a mi oficina, me aflojé el nudo de la corbata y abrí un expediente, pero las letras parecían bailar frente a mis ojos. Por más que intentaba concentrarme, el recuerdo de la noche anterior me golpeaba sin piedad. Aquella mujer del bar... Isabel. Todavía podía sentir el calor de su piel y ese desafío constante en su mirada. Era una distracción que no me podía permitir, y aun así, era lo único en lo que pensaba.
Su risa baja en el bar. La forma en que me sostuvo la mirada sin bajar la cabeza. El contraste entre su aparente calma y la tensión que se sentía cuando estaba cerca.
No sabía quién era. No sabía qué hacía. Y, aun así, había algo en ella que me había dejado inquieto.
El teléfono vibró. Era un contacto del sector, alguien que siempre sabe dónde están las mejores copas y la gente más interesante.
—Ortiz —respondí, con mi habitual tono neutro.
—Nicolás, esta noche habrá movimiento en ese bar del centro —dijo, con un tono cargado de insinuación—. Gente interesante. Pensé que te gustaría saberlo.
Miré el reloj. Eran pasadas las ocho. Podría irme a casa, dormir y estar fresco para el juicio... o podría ir a sacarme esa espina de una vez por todas.
—Gracias por el aviso —respondí antes de colgar.
Miré el reloj. Eran pasadas las ocho. Podría irme a casa, dormir y estar fresco para el juicio... o podría ir a sacarme esa espina de una vez por todas.
Horas después, me encontraba frente al espejo de mi apartamento ajustándome un reloj de acero y una camisa negra. Me repetí que no iba por ella. Me mentí diciendo que solo necesitaba un trago para bajar la tensión del caso Villarreal.
Eso fue lo que me repetí.
Pero en cuanto puse un pie en el bar, mi radar la localizó antes de que mis ojos terminaran de recorrer el lugar.
El vestido rojo.
Fue como un puñetazo en el estómago. Estaba sentada en la barra, envuelta en una seda roja que se aferraba a sus curvas con una devoción casi pecaminosa. El escote resaltaba su busto de una forma que me hizo tragar saliva, y su cintura pequeña parecía diseñada para que mis manos encajaran ahí perfectamente. Tenía el cabello oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros y esos labios... maldita sea, esos labios rojos eran una declaración de guerra.
Me quedé unos segundos parado, observándola desde la penumbra. Parecía segura, poderosa, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando. Me acerqué lentamente, sintiendo cómo la adrenalina me recorría las venas.
Cuando estuve a un par de metros, ella giró el rostro.
Nuestras miradas chocaron y sentí una descarga eléctrica que me sacudió hasta los talones. Sus ojos tenían un brillo diferente hoy; no era solo curiosidad, era algo más profundo.
Y en ese instante supe que nada de lo que había planeado para esta noche iba a salir como esperaba.
—Vaya... parece que el destino insiste en que nos crucemos —dije, situándome a su lado, sintiendo cómo su perfume me nublaba el juicio.
Ella me recorrió con la vista, de arriba abajo, sin ningún pudor, y una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—O tal vez el destino solo tiene buen gusto para los bares —respondió con esa voz que me ponía a mil.
Me senté a su lado, ignorando por completo que tenía el caso más importante de mi carrera en cuarenta y ocho horas. En ese momento, no me importaba Villarreal, ni el bufete, ni mi padre. Solo me importaba esa mujer, ese vestido rojo y la necesidad irracional de saber qué se escondía detrás de esa fachada perfecta.
¡Maldita mujer! ¡Malditos labios rojos! ¡Maldito vestido rojo! Hoy no tendrá ninguna intención de escapar.