Nicolás Ortiz
La noche se había vuelto inesperadamente estimulante. Después de una jornada agotadora, no tenía planes de salir, pero una corazonada me arrastró a este bar. Y entonces, la vi. Era ella, la misma mujer de la biblioteca, pero ahora, bajo la luz tenue y el aroma a whisky, Isabel era una mujer distinta. Ya no era la de los auriculares; era una visión de elegancia letal que parecía ser plenamente consciente del caos que estaba provocando en mis sentidos.
No era como las mujeres con las que solía tratar. Isabel no esperaba a ser seducida; ella marcaba el ritmo. Había algo en su manera de sostener la mirada, en la forma en que se inclinaba hacia mí dejando que su perfume de vainilla y sándalo se instalara en mis pulmones, que me decía que estaba ante una experta en el juego del control. Cada palabra que intercambiábamos era un movimiento maestro, pero ella siempre parecía ir un paso por delante.
La música del bar bajó de intensidad, volviéndose más densa, y la tensión entre nosotros se volvió casi sólida. Ella se acercó un poco más, rompiendo cualquier rastro de mi espacio personal. Su rodilla rozó la mía bajo la barra, una caricia eléctrica que me obligó a tensar la mandíbula. Aunque mantenia su actitud reservada y su presencia controlada eran un contraste interesante con la vivacidad que solía buscar en otras personas.
—Vuelvo y lo repito... ¿Por qué es diferente? —susurré, bajando la voz hasta convertirla en un secreto. La miré fijamente, fascinado por la seguridad que emanaba de cada uno de sus gestos.
Isabel levantó una ceja y dejó escapar una sonrisa de medio lado, una que desprendía una confianza arrolladora.
—¿Diferente? Tal vez es solo que no estoy acostumbrada a seguir el guion de nadie, Nicolás —respondió ella, y su voz sonó como seda sobre cristal.
—Hay algo en usted que es... magnético —continué, atrapado en el brillo de sus ojos—. No es solo su apariencia. Es la forma en que maneja la situación. Me intriga cómo alguien puede tener tanto control y, a la vez, no.
Y su apariencia, el día de la biblioteca no pude visualizar bien, pero hoy, está más hermosa que ese día. Ese vestido resalta su explendida figura voluptuosa, sus caderas, sus pechos. Ella era el vivo ejemplo de un reloj de arena.
Isabel no retrocedió. Al contrario, se humedeció los labios con una lentitud deliberada que me hizo arder la piel. Sus ojos se oscurecieron, devorándome con una intensidad que no esperaba. No parecía nerviosa; parecía hambrienta de un desafío, pero sin lanzarse. Solo provocando, provocandome a cazarla.
—¿Intrigante? —preguntó, y se inclinó tanto que su aliento rozó mi boca—. Usted también es un enigma. Un hombre que manda a callar a la gente en bibliotecas pero que sabe cómo invitar a una copa con mucha clase.
Me incliné hacia ella, sintiendo cómo el aire se volvía puro fuego. Mi mano encontró su brazo, un contacto fugaz pero cargado de una urgencia salvaje. Pero no fui yo quien dio el primer paso definitivo.
Isabel me sostuvo la mirada con una audacia que me dejó sin aliento. Se acercó a mi oído, igual que lo había hecho minutos antes, y pude sentir el roce de sus labios contra mi piel.
—Y usted, Nicolás... ¿qué busca realmente aquí? —me desafió, y supe que estaba esperando que yo diera el paso, o que lo daría ella misma.
—Busco dejar de pensar en el mundo... y empezar a pensar en usted —sentencié.
Ya no hubo más palabras. En el momento en que nuestras miradas se encontraron, la tensión estalló. No me dio tiempo a pensar, algo se rompió dentro de mí, como si toda la tensión que había estado acumulándose ya no pudiera sostenerse. Mi mano bajó por su cintura, firme, reclamando mi lugar, mientras la suya se enredó en mi nuca, tirando de mí con una exigencia que me volvió loco.
El primer contacto fue un choque voraz.
Sus labios eran suaves pero firmes, moviéndose contra los míos con una mezcla de desafío y rendición. No fue un beso delicado; fue una batalla. Empecé probando su boca con lentitud, pero ella me devolvió el beso con una intensidad que me obligó a profundizarlo. Su lengua buscó la mía con una urgencia que no aceptaba un "no" por respuesta. Era un beso que quemaba, que consumía todo a su paso.
No pude evitar morder su labio inferior, jalándolo apenas para escuchar ese jadeo que tanto deseaba. Pero Isabel no se quedó atrás. Con una audacia que me hizo gruñir de placer, atrapó mi labio superior con sus dientes, reclamando su parte del botín antes de soltarme con una caricia lenta de su lengua. Sabía exactamente lo que estaba haciendo; deliberado que me dejó tenso. Joder, sabía exactamente lo que hacía.
Mis manos se movieron por instinto, una enredándose en su cabello para inclinar su cabeza y tomar el control absoluto, mientras ella pegaba su cuerpo al mío, borrando cualquier espacio. Quería saborearla, explorar cada rincón de esa boca que sabía a vino y a victoria. El sabor de Isabel era un vicio instantáneo. Mi lengua se deslizó más profundo, acariciando la suya con un ritmo que variaba entre lento y devastador.
Cada vez que sus dedos se clavaban en mis hombros, exigiendo más, mi cuerpo reaccionaba con una urgencia que apenas podía contener. Mi boca dejó la suya por un segundo, apenas para recorrer la comisura de sus labios y bajar por su mandíbula, pero ella me jaló de vuelta, buscando mi boca de nuevo, como si no pudiera tener suficiente.
El sabor de su boca era un vicio. Había un toque dulce, tal vez del vino, mezclado con algo más que no podía identificar, pero que ya me había enganchado.
Quería seguir besandola, descubriendo entre sus labios, seguir escuchando levemente sus suspiros, pero de pronto ella se aparto, jadeando, con los labios hinchados y su respiración descontrolada. La tensión entre nosotros era palpable, y podía ver en sus ojos que sentía lo mismo que yo.
—Creo que esto es solo el principio —dije, con la voz rota por la excitación.
Isabel se acomodó un mechón de cabello, sosteniéndome la mirada con esa chispa de desafío que me había cautivado desde el primer segundo.
—No se acostumbre, Nicolás —respondió ella con un guiño cargado de picardía—. Me gusta dejar a la gente con ganas de más.
Se puso de pie, dejándome allí, con la sangre hirviendo como un idiota viendo contonear sus caderas y el nombre de "Isabel" grabado a fuego en mi mente.
Sabía que volvería a verla.
Sabía que debía buscarla.
Y la proxima vez, no me quedaré con las ganas…