Capítulo 14: Jaque Mate

2862 Words
Nicolás Ortiz Desperté con el sol filtrándose por las persianas de mi ático y una sensación de victoria que me recorría la sangre como un tónico. Estaba solo en la cama, pero el aroma de Isabel (esa mezcla de jazmín y el rastro amargo del whisky) seguía impregnado en las sábanas de seda. Sonreí para mis adentros mientras me estiraba. Se había ido temprano, tal como esperaba de una mujer con su carácter. Sin explicaciones, solo recuerdos, había dicho. Y vaya si había dejado recuerdos. Mi cuerpo todavía guardaba el eco de sus curvas, la suavidad de su piel y la forma en que gritó mi nombre cuando el placer nos sobrepasó. Me levanté y caminé hacia la ducha, sintiéndome invencible. Hoy era el día. El juicio de Villarreal vs. Contreras. Tenía las fotos, tenía los mensajes, tenía la confesión implícita de Elian. Tenía el mundo a mis pies y tuve a la mujer más fascinante que había conocido en años. Me vestí con un traje gris marengo de tres piezas, hecho a medida. Me ajusté la corbata de seda con un nudo perfecto y me miré al espejo. La imagen del éxito me devolvió la mirada. —Hoy es un gran día, Ortiz —me dije a mí mismo, recogiendo mi maletín y mi laptop de la mesa del despacho. (...) El juzgado de familia era un hervidero de gente, periodistas y abogados con cara de pocos amigos. Villarreal me esperaba en la entrada, tan arrogante como de costumbre. —¿Todo listo, Nicolás? —preguntó, ajustándose las gafas de sol. —Más que listo, Alfonso. En una hora, estarás firmando tu libertad y ella se irá. Entramos en la sala con el paso firme de quienes saben que el terreno les pertenece. Me senté en la mesa de la parte demandante, organicé mis notas y esperé. Mi padre estaba en la primera fila de la audiencia, observando con orgullo. No podía fallar. Entonces, la puerta se abrió. Brenda Contreras entró escoltada por su equipo legal. Y ahí, caminando con una seguridad que me hizo fruncir el ceño, estaba ella. Llevaba un traje de sastre azul marino, el cabello recogido en un moño perfecto y unas gafas de montura fina que le daban un aire de intelectualidad letal. No era el vestido rojo. No era la mujer pícara del bar. Era una profesional que se veía impecable. Mi corazón dio un vuelco violento. Un presentimiento helado me recorrió la columna. —¿Nicolás? ¿Pasa algo? —susurró Villarreal, notando mi rigidez. Mis ojos estaban clavados en los de ella. Isabel se sentó en la mesa de la defensa, justo frente a mí. Me miró por encima de sus gafas, y por un segundo, vi un destello de algo que no supe identificar: ¿lástima? ¿arrepentimiento? No, era determinación. —Buenos días, colega —me dijo con una voz clara y profesional, como si nunca hubiéramos compartido más que un apretón de manos. —¿Colega? —repetí, y mi propia voz me sonó extraña, lejana—. ¿Eres la abogada de Brenda? —Isabel García, para servirle, abogado Ortiz —respondió, abriendo su propia carpeta. El aire se volvió irrespirable. La mujer con la que había tenido sexo hacía unas horas, la que me había hecho beber whisky de su propio cuerpo, era la misma que estaba allí para quitarme la victoria. Mi subconsciente, ese que siempre me advertía de los peligros, empezó a gritar. «Te ha engañado. Te ha tendido una trampa». —Todos de pie, preside la jueza Martha Santamaría —anunció el oficial de sala. Me puse de pie mecánicamente. Y dio inicio al juicio. Isabel presentó sus alegatos iniciales con una elocuencia que me habría impresionado si no tuviera el estómago revuelto. Hablaba de la persecución misógina de Villarreal, de la falta de pruebas reales, de la integridad de su cliente. Sonreí con amargura. "Pobre ingenua", pensé, tratando de recuperar mi seguridad. "Cree que con palabras bonitas va a ganar. No sabe que tengo la bomba atómica en mi computadora". Llegó mi turno. —Su señoría —empecé, poniéndome de pie y proyectando mi voz de mando—. La defensa habla de falta de integridad, pero la realidad es otra. Traigo conmigo pruebas irrefutables de que la señora Contreras violó la cláusula de fidelidad de su acuerdo matrimonial. Pruebas gráficas, mensajes y registros que no dejan lugar a dudas. La sala se quedó en silencio. Villarreal sonreía. Mi padre asentía. Abrí mi laptop. Mis dedos, siempre seguros, temblaron un poco al introducir la contraseña. Accedí a la carpeta del caso. «Villarreal_Contreras_Pruebas_Finales». Hice doble clic. Esta carpeta está vacía. Fruncí el ceño. Quizás las había movido. Busqué en la carpeta raíz. Nada. Busqué en archivos temporales. Nada. Busqué en la papelera de reciclaje. Vacía. Sentí una gota de sudor frío bajando por mi sien. —¿Abogado Ortiz? Estamos esperando —dijo la jueza, golpeando ligeramente su mazo. —Un segundo, Su Señoría. Tengo un pequeño problema técnico —respondí, con la voz un poco más aguda de lo normal. Busqué en mi disco duro externo. Vacío. Busqué en la nube. Archivo no encontrado o eliminado. De repente, todo cobró sentido. El bar. El whisky. El encuentro casual. La forma en que se quedó a dormir. El momento en que desperté y ella ya no estaba. Miré hacia la mesa de la defensa. Isabel me observaba. No había burla en su rostro, solo una calma gélida. Me habían asaltado. Me habían desarmado en mi propia cama. Y lo peor de todo... es que yo mismo le había abierto la puerta. El silencio en la sala de audiencias empezó a pitar en mis oídos como una alarma de incendio. Mi dedo índice golpeaba la tecla Enter una y otra vez, con una desesperación que rayaba en lo patético. Nada. No había nada. Donde anoche descansaban quince archivos que valían millones de dólares, ahora solo había un vacío digital absoluto. Ni una miniatura, ni un rastro de caché. Nada. —¿Abogado Ortiz? —la voz de la jueza Santamaría sonó como un latigazo—. No tengo todo el día. ¿Va a presentar la prueba o prefiere que pasemos al interrogatorio de la defensa? —Su Señoría... —mi voz sonó ronca, desconocida para mí mismo. Me aclaré la garganta, intentando desesperadamente que no se notara que mi mundo se estaba derrumbando—. Parece que hay un... inconveniente técnico con el servidor de mi bufete. Solicito un receso de diez minutos para restablecer la conexión. Isabel se puso de pie con una elegancia que me dio náuseas. —Su Señoría, con todo respeto —dijo ella, y su voz era pura seda venenosa—, el abogado Ortiz ha tenido semanas para preparar este caso. Detener el proceso por una supuesta falla técnica de un bufete de la talla de Acoley & Legal me parece, cuanto menos, una táctica dilatoria. Mi cliente merece celeridad. La jueza asintió, dándole la razón. Sentí la mirada de mi padre clavada en mi nuca. Podía sentir su decepción quemándome la piel sin necesidad de girarme. —Solicitud denegada, abogado. Si no tiene las pruebas aquí y ahora, proceda con su alegato basado en lo que tenga —sentenció la jueza. Miré a Villarreal. Su cara había pasado de la suficiencia al terror puro. —¿Qué diablos haces, Nicolás? —me siseó por lo bajo, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Saca las fotos! ¡Sácalas ya! —No están, Alfonso —susurré, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula—. Han desaparecido. —¿¡Qué!? —el grito de Villarreal fue lo suficientemente alto como para que la jueza lo reprendiera con la mirada. Me puse de pie, pero mis piernas se sentían como de plomo. Tuve que improvisar. Usé toda mi retórica, hablé de los registros de llamadas que sí tenía en papel, de los testimonios... pero sin las fotos, eran solo palabras de un esposo despechado. Isabel me rebatió cada punto con una precisión quirúrgica, desmontando mis argumentos como quien desarma un juguete. Cada vez que ella hablaba, yo solo podía verla en mi cama. La veía arqueando la espalda, escuchaba sus gemidos, sentía el calor de su piel... y luego la veía aquí, con su traje de sastre perfecto, destruyéndome frente a todo el sistema judicial del país. La humillación era total. Me sentía desnudo en medio de la sala. Ella no solo me había robado las pruebas; me había robado la dignidad. Me había usado como un juguete, se había reído de mi "ego de tiburón" mientras me hacía beber whisky de su cuerpo. —¿Alguna prueba más que aportar, abogado Ortiz? —preguntó la jueza al final de la sesión. —No, Su Señoría —respondí. Mi voz era apenas un hilo. —Bien. El tribunal se retira a deliberar. Se reanudará la sesión en dos horas para el veredicto. En cuanto la jueza salió, la sala estalló en murmullos. Villarreal se levantó y me tomó por la solapa del traje, ignorando a los guardias. —¡Me has hundido, Ortiz! ¡Te pagué una fortuna para que me defendieras, no para que hicieras el ridículo! —me gritó en la cara antes de salir furioso de la sala. Me quedé allí, solo, frente a mi laptop vacía. Mi padre pasó por mi lado sin decir una sola palabra, pero su mirada de desprecio fue peor que cualquier grito de Villarreal. Estaba acabado. Mi reputación... todo por una noche de placer. Cerré la computadora de un golpe seco y busqué a Isabel con la mirada. Estaba guardando sus cosas tranquilamente, hablando con Brenda, quien la abrazaba con lágrimas de alegría. Esperé a que se despidiera de su cliente. Esperé a que se quedara sola en el pasillo exterior del juzgado. Caminé hacia ella con una furia sorda, sintiendo que la sangre me hervía en las sienes. La intercepté antes de que llegara a los ascensores. La acorralé contra la pared, no con el deseo de anoche, sino con una rabia que me nublaba la vista. —¿Te sientes orgullosa? —le pregunté, con la voz temblando de odio—. ¿Fue divertido? ¿Dormir conmigo para borrar los archivos? ¿Cuánto te pagaron por ser una ladrona además de una...? Me callé antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme, pero mi mirada lo decía todo. Ella no se asustó. No retrocedió ni un centímetro. Me miró directamente a los ojos, con esa misma calma que me había enamorado y que ahora me provocaba ganas de estrellar algo contra la pared. —Se llama estrategia, abogado Ortiz —respondió ella con una frialdad que me heló el alma—. Usted mismo lo dijo anoche: en este juego, solo gana el que está dispuesto a todo. Yo solo hice mi trabajo. —Tu trabajo no es meterte en mi cama para robarme, García. Eso tiene otro nombre. —Su error fue pensar que yo era solo un cuerpo bonito, Ortiz. Te confiaste. Bajaste la guardia porque tu ego es más grande que tu inteligencia —se acercó a mi oído, emulando lo que yo había hecho en el bar, pero esta vez sus palabras eran puñales—. El whisky en mi cuerpo estaba excelente, por cierto. Pero tus contraseñas son demasiado predecibles. Se separó de mí, se ajustó el bolso al hombro y me dedicó una última mirada de lástima. —Nos vemos en el veredicto, colega. Ah, y un consejo: la próxima vez que quieras ganar, asegúrate de no dejar la llave de tu reino en manos de tu enemiga. Se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor, con el paso firme y el ritmo de sus tacones marcando el compás de mi derrota. Me quedé allí, en medio del pasillo, sintiéndome el hombre más idiota del planeta. La odiaba. La odiaba con cada fibra de mi ser. Pero, maldita sea, también me di cuenta de que, por primera vez en mi vida, había encontrado a alguien que jugaba tan sucio como yo. Y me había ganado. (...) Las dos horas de deliberación fueron el purgatorio más largo de mi existencia. Me quedé sentado en un banco del pasillo, ignorando las llamadas de mi bufete y los mensajes incendiarios de Villarreal. Mi mente era un proyector reproduciendo en bucle cada segundo de la noche anterior. Cada caricia de Isabel ahora se sentía como el roce de una serpiente; cada gemido, una burla ensayada. Cuando el oficial anunció que la jueza estaba lista, entré a la sala sintiéndome como un hombre que camina hacia la guillotina. Isabel ya estaba allí. Estaba hablando en voz baja con una mujer , al parecer su asistente, quien me lanzó una mirada de soslayo que mezclaba la victoria con una pizca de lástima. Me senté en mi lugar, rígido, con la espalda tan tensa que amenazaba con romperse. —Todos de pie —ordenó el oficial. La jueza Santamaría entró y se sentó con una solemnidad que dictaba el fin de mi carrera tal como la conocía. Abrió el sobre y ajustó sus gafas. —Tras revisar los alegatos y la falta de pruebas contundentes que sustenten la acusación de adulterio con impacto financiero —empezó la jueza, y cada palabra era un clavo en mi ataúd—, este tribunal falla a favor de la demandada, la señora Brenda Contreras. Un suspiro colectivo recorrió la sala. Brenda ahogó un sollozo de alivio. —Se desestiman las pretensiones del señor Villarreal sobre la anulación del acuerdo prenupcial. El divorcio procederá bajo los términos originales, incluyendo la compensación económica y la división de bienes estipulada. Se levanta la sesión. El mazo golpeó el estrado. Bang. El sonido del fin. Villarreal ni siquiera me miró. Salió de la sala hecho una furia, empujando a un periodista que intentaba obtener una declaración. Yo me quedé estático, con la mirada fija en el estrado vacío. Había perdido. No solo un caso, sino la confianza de mis clientes y, lo más doloroso, mi propio orgullo. Recogí mi maletín con movimientos lentos, casi robóticos. Al levantar la vista, Isabel estaba frente a mí. Su equipo ya se había marchado; estaba sola, con esa presencia magnética que ahora me resultaba repulsiva y fascinante a partes iguales. —Felicidades, García —dije, y mi voz salió cargada de un sarcasmo amargo—. Has dado el golpe del siglo. Supongo que mañana serás la socia principal de tu bufete. —No lo hice por un posible ascenso, abogado Ortiz —respondió ella, y por primera vez, su voz no tenía ese tono de batalla. Parecía extrañamente cansada—. Lo hice porque era lo justo. Tu cliente es un monstruo que quería dejar a una mujer en la calle por despecho. —No me vengas con lecciones de moral —le espeté, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio—. Usaste tu cuerpo, usaste mi confianza... me robaste en mi propia casa. Eso no es justicia, es juego sucio de la peor clase. Isabel sostuvo mi mirada. No bajó la cabeza, no se disculpó. —Aprendí del mejor, ¿no? —replicó ella, recordándome indirectamente mi propia fama de tiburón implacable—. Me dijiste en el bar que el incendio era interesante. Bueno, aquí tienes las cenizas. Se dio la vuelta para irse, pero esta vez fui yo quien la detuvo, sujetándola suavemente del antebrazo. El contacto envió una descarga eléctrica que me recordó, con una crueldad infinita, lo mucho que me había gustado tocarla. —Esto no se queda así, García —le susurré al oído, con una promesa oscura en la voz—. Has ganado esta batalla, pero me has convertido en un enemigo que no te conviene tener. No vuelvas a cruzarte en mi camino. Ella se soltó de mi agarre con un movimiento seco, pero se quedó un segundo en silencio, dándome la espalda. —Ya nos hemos cruzado demasiado, Nicolás —dijo sin girarse—. Y aunque no lo creas... por un momento pensé en dejar todo esto atrás. Escuché sus tacones alejarse por el pasillo de mármol. El sonido fue desapareciendo hasta que solo quedó el silencio sepulcral de la sala vacía. Salí del juzgado bajo una lluvia de flashes de fotógrafos que buscaban la cara del gran Nicolás Ortiz derrotado. Subí a mi coche y golpeé el volante con toda mi fuerza, soltando un grito de pura rabia que se ahogó en el cuero del habitáculo. La odiaba. Quería destruirla. Quería verla suplicar por su carrera tanto como ella me había hecho suplicar por su cuerpo. Pero mientras conducía a ciegas por las calles de la ciudad, una verdad amarga se instaló en mi pecho: el problema no era que me hubiera robado los archivos. El problema era que, a pesar de todo, seguía deseando volver a ese bar solo para ver si ella volvía a aparecer. Me había ganado en el juzgado y, lo que era peor, me había ganado el pensamiento. Maldita seas, Isabel García.
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