Capítulo 11: Es él

1302 Words
Isabel García Me encontraba en la oficina, sepultada bajo una montaña de documentos del caso Contreras, cuando María entró rapidamente. No traía café ni expedientes; traía el teléfono en la mano y una cara de haber visto a un muerto. —Isabel, tienes que ver esto. Ahora mismo —soltó, plantando la pantalla frente an mis ojos. Era una entrevista en vivo. Alfonso Villarreal, con su acostumbrada cara de pocos amigos y ese aire de "soy el dueño del mundo", respondía a un reportero. Pero no fue él quien me detuvo el corazón. Fue el hombre que estaba a su lado, sosteniendo un maletín de cuero con una elegancia que yo conocía demasiado bien. [—Estamos en un momento importante —decía Villarreal a la cámara—. Mi abogado, Nicolás Ortiz, es el mejor del país. Tenemos pruebas que van a dejar a mi exmujer en la calle. Estamos listos para ganar—]. La cámara hizo un primer plano de Nicolás. Esa mandíbula cuadrada, esos ojos intensos que me habían analizado bajo la luz tenue del bar, esa seguridad que me había hecho temblar hacía apenas unas horas. El mundo se me detuvo. El aire se me quedó atascado en la garganta y sentí un frío helado recorrer mi espalda. —No puede ser... —susurré, sintiendo que el suelo se movía. No podía ser. Nicolás Ortiz, el hombre al que besé con desesperación en un bar, era el abogado de mi enemigo. María me miró con preocupación. —¡Es él! —exclamé, mi voz temblando. —¿Estás bien? —preguntó, tocándome el brazo. —No, no estoy bien —dije, la incredulidad teñía mi voz—. Él... él es el mismo hombre con el que... —¿Con él qué... qué? ¡Habla bien mujer! —exclamó exasperada —. ¡Espera! Menciono Nicolás... —¡María, por favor! —le grité, aunque mi voz temblaba—. Nicolás Ortiz es el abogado de Villarreal. El mismo con el que... el mismo de la biblioteca. El mismo que me tuvo contra la barra anoche... —¿¡Es él, Isabel!? ¡Es el tipo del bar! —exclamó María, entre el pánico y una fascinación que no podía ocultar—. ¡Madre mía, qué bien se ve en televisión! Si así es en pantalla, no me imagino lo que debe ser tenerlo de frente en un juzgado y mucho menos en cuatro patas. Me dejé caer en la silla, sintiéndome la mujer más estúpida del planeta. Habíamos compartido un beso que casi me hace perder el juicio, sin saber que al día siguiente íbamos a intentar destruirnos las carreras. Me sentía traicionada, aunque técnicamente ninguno de los dos sabía quién era el otro. Pero lo peor era el miedo: si Villarreal estaba así de seguro, era porque Nicolás tenía algo que podía hundir a Brenda. —¿No tenías ni idea de que era abogado? —preguntó María, bajando un poco el tono. —No. Hablamos de todo, pero nada personal, nada de trabajo. Fue conversaciones superficiales, María. Fue una maldita burbuja que acaba de explotar —respondí, frotándome las sienes. El dolor de cabeza empezaba a asomar—. Y lo peor es lo que dijo Villarreal. Tienen pruebas. Algo concreto. María empezó a teclear como loca en su computadora. Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro. La rabia empezó a ganarle al shock. ¿Cómo pude ser tan descuidada? ¿Cómo pude dejar que un par de ojos bonitos me distrajeran de lo único que importa: ganar? —Aquí está. Nicolás Ortiz. Socio principal de Acoley & Legal. Es el bufete más prestigioso y caro del país, Isabel. Dicen que es un tiburón, éticamente impecable y extremadamente estricto. —"Éticamente impecable", mis narices —bufé, poniendo los ojos en blanco—. Todos tenemos trapos sucios, y él no es la excepción. Lo que me quita el sueño son esas "dichosas pruebas". Si Villarreal está así de seguro, es porque Nicolás tiene algo que puede hundir a Brenda. María se quedó estática un momento, mirando al vacío. Luego empezó a caminar de un lado a otro de la oficina, murmurando cosas. —¡María, habla ya! Me estás poniendo de los nervios —exclamé. Ella se detuvo en seco y me miró con una sonrisa maliciosa. —Tienes que volver al bar, Isabel. —¿Qué? ¿Te volviste loca? Ni muerta. ¿Sabes el problema en el que estamos ahora? —le dije, levantándome de un salto. María niega varias veces con la cabeza y respira profundo. —Debes ir al bar. Tienes que volver a encontrarte con él. Piénsalo. Necesitamos saber qué tienen. Si logras que baje la guardia otra vez, tal vez suelte algo. Tienes que ocasionar ese encuentro hoy mismo. Es nuestra única oportunidad de no llegar ciegas al juicio. Negué con la cabeza. Era peligroso, poco ético y podría costarme la licencia. —Definitivamente no. No voy a ocasionar ese encuentro. ¿Te imaginas lo que estás diciendo? —le pregunté—. Podemos pensar en otra cosa, no sé... Pero esa no ¿y si se entera de quién soy...? —Isabel, no tenemos otra opción. ¿No viste? A Villarreal se le escuchaba muy seguro de lo que decía y a Nicolás se le veía victorioso. ¡Obvio que las pruebas que tienen son contundentes! —inquirió cuestionándome—. Además, recuerda. Brenda nunca te negó la infidelidad... Con eso basta para hacer lo que sea —susurró. María tenía razón, ella estaba en lo correcto. Recordé la cara de suficiencia de Villarreal y la mirada victoriosa de Nicolás en el video. Brenda nunca me negó que hubiera algo con el amigo de Villarreal... y si Nicolás tenía fotos o mensajes, estábamos acabadas. —Además no se va a enterar hasta mañana en el juzgado. Hoy solo eres la mujer que lo dejó con ganas de más. Úsalo. Haz que se confíe, que hable. Me quedé en silencio, mirando por la ventana hacia el horizonte de la ciudad. Era arriesgado. Era sucio. Pero en este negocio, o eres el tiburón o eres la carnada. —Voy a hacerlo —solté, antes de que el sentido común me detuviera—. Voy a buscarlo, voy a ocasionar ese encuentro. —¡Esa es mi jefa! Déjamelo a mí, yo sé cómo hacer que aparezca en el lugar correcto —dijo María antes de salir disparada de mi oficina. ¡Dios mío ayúdame! Aunque volverlo a ver es lo que más deseo. (...) Diez minutos. Llevaba diez minutos sentada en la misma barra del bar, sintiendo que cada segundo era una hora. Esta vez nada era casualidad. El lugar, la iluminación, la hora... todo estaba calculado. Llevaba un vestido rojo de tirantes, tan ceñido que parecía pintado sobre mi piel. Resaltaba cada una de mis curvas: mi trasero firme, mis muslos, mi cintura pequeña. Nunca he sido una mujer de contextura delgada y hoy, más que nunca, me sentía orgullosa de mi cuerpo voluptuoso. El escote dejaba ver lo justo para que no pudiera apartar la vista, y el labial rojo fuego gritaba que no estaba aquí para pedir perdón. Me veía sexy, me sentía poderosa, pero por dentro era un manojo de nervios. Estaba a punto de jugar a la seducción con el hombre que mañana sería mi mayor rival. Me miré en el reflejo de la botella de vino, acomodé una onda de mi cabello oscuro y respiré hondo. Había venido a cazar información, pero con Nicolás Ortiz, nunca se sabe quién termina cayendo en la trampa. De repente, el aroma de su loción amaderada me golpeó antes de verlo. Mi piel reaccionó antes que mi mente. Él ya estaba aquí.
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