Nicolás Ortiz
Había pasado la noche recorriendo cada centímetro de mi ático, buscando el rastro de su perfume en las sábanas como un adicto que busca su dosis. Me sentía patético, pero también peligrosamente lúcido. Mi padre creía que estaba redactando un informe de daños para la junta; no sabía que lo que estaba redactando era el guion de la rendición de Isabel García.
No quería enviarle más notas. Los juegos de mensajería eran para adolescentes. Yo necesitaba ver su reacción, sentir el pulso en su cuello acelerarse bajo mi mirada.
Por eso, cuando supe que hoy tenía que entregar unos documentos físicos en la Biblioteca del Palacio de Justicia, supe que era el momento. Es un lugar sagrado para nosotros: techos altos, olor a papel viejo y un silencio que obliga a hablar en susurros. El lugar perfecto para decir las cosas más sucias.
Llegué temprano. Me aposté en la sección de Derecho Civil, oculto tras una hilera de tomos de jurisprudencia antigua. La vi entrar diez minutos después.
Llevaba un traje gris que abrazaba sus curvas con una precisión que debería ser ilegal en un edificio público. Caminaba con esa seguridad que me había engañado la primera vez, pero noté cómo sus ojos escaneaban la sala con nerviosismo. Estaba alerta. Me buscaba.
—¿Buscando algún precedente de robo, colega? —solté, emergiendo de las sombras justo cuando ella pasaba por mi pasillo.
Isabel dio un respingo, ahogando un grito. Sus carpetas casi caen al suelo, pero reaccionó rápido, recuperando esa máscara de frialdad que tanto me daban ganas de arrancarle.
—Ortiz —dijo, recuperando el aliento. Su voz era un susurro forzado—. ¿Ahora se dedica asustar a la gente en las bibliotecas? Pensé que estaría ocupado explicando a su padre cómo perdió cincuenta millones.
—Mi padre está encantado con mi rendimiento, Isabel. Lo que no le ha gustado tanto es saber que su hijo fue lo suficientemente estúpido como para dejar entrar a una ladrona en su cama —di un paso hacia ella, obligándola a retroceder contra una estantería cargada de libros de derecho penal—. Pero no estoy aquí por el dinero. El dinero viene y va. Estoy aquí por la deuda personal.
—No le debo nada —respondió ella, aunque su respiración empezaba a traicionarla, volviéndose errática.
—Me debe la verdad —me incliné, apoyando una mano en el estante, justo al lado de su cabeza. El olor a vainilla de su piel me golpeó como un puñetazo—. Me debe el placer de ver cómo se desmorona esa sonrisa de ganadora cuando se de cuenta de que no tiene a dónde correr. Este silencio es maravilloso, ¿no cree? Nadie puede oírnos. Nadie puede salvarla.
El silencio de la biblioteca no era vacío; estaba cargado de un peso milenario, de sentencias y leyes que ahora me parecían papel mojado comparado con el calor que emanaba de Isabel. Ella estaba allí, atrapada entre el lomo de cuero de unos tomos de derecho penal y mi propio cuerpo, que la reclamaba con una furia que me costaba dominar.
Me acerqué un centímetro más, lo suficiente para que el roce de nuestras ropas creara una estática casi audible. Pude ver cómo sus pupilas se dilataban, tragándose su iris, mientras su pecho subía y bajaba con una rapidez deliciosa.
—¿Le gusta este lugar, García? —susurré, dejando que mi aliento acariciara el lóbulo de su oreja—. Tan casto, tan lleno de moralidad... Es el último sitio donde alguien esperaría que le recordara lo que se siente al traicionar al hombre equivocado.
—No me toque —dijo ella, pero su voz no tenía el filo de una orden; era más bien un ruego desesperado que se ahogaba en su garganta.
—No la estoy tocando —respondí con una sonrisa ladeada, disfrutando de la tortura—. Todavía no.
Bajé la mirada a sus labios. Estaban entreabiertos, invitando a un castigo que ambos deseábamos. Estiré mi mano, pero no para tocar su piel, sino para deslizar el dedo índice por la seda de su blusa, justo por encima de su corazón. Podía sentir los latidos desbocados, un tambor de guerra que marcaba mi victoria.
—Dígame una cosa —continué, bajando la voz hasta que fue apenas un murmullo profundo—. ¿Valió la pena? ¿Valió la pena venderme esa mentira de placer solo por ganar el caso? ¿O es que la mentira se sintió demasiado real incluso para una actriz tan buena como usted?
Ella intentó girar la cara, pero yo fui más rápido. La tomé del mentón con firmeza, obligándola a mirarme. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo herido y un deseo que se negaba a morir. Estábamos en una biblioteca pública, rodeados de gente que caminaba a pocos metros, separados por una estantería, y esa sensación de ser descubiertos añadía una capa de adrenalina embriagadora a la situación.
—No fue una mentira —soltó ella, y por un segundo la máscara cayó—. Pero usted habría hecho lo mismo. Es un depredador. Yo solo aprendí a cazar en su territorio.
—Pero cometiste un error de principiante —mi mano bajó de su mentón a su cuello, rodeándolo con una suavidad posesiva. Sentí su pulso saltar bajo mis yemas—. Olvidó que a un depredador no se le roba la presa y se espera que se quede sentado. A un depredador se le mata, o se le pertenece. Y como sigue respirando, García... asumo que ha elegido la segunda opción.
Me incliné tanto que nuestras narices se rozaron. El aroma a vainilla y miedo que desprendía era el perfume más adictivo que jamás hubiera probado. En ese rincón oscuro de la biblioteca, el mundo exterior dejó de existir. Solo importaba la fricción de nuestras respiraciones y la promesa de una venganza que empezaba a saber demasiado a una obsesión incontrolable.
—Mañana —murmuré contra sus labios, sin llegar a besarlos—, su jefe recibirá una oferta que no podrá rechazar. Una que nos mantendrá muy cerca, colega. Tan cerca que va a olvidar cómo se siente estar sola.
La cercanía era una tortura voluntaria. Podía ver el rímel ligeramente corrido en sus pestañas, la prueba de que no había dormido mejor que yo, y ese pequeño temblor en su labio inferior que delataba que, por mucho que me odiara, su cuerpo me estaba reconociendo.
—Suélteme, Ortiz —siseó ella, sus ojos relampagueando de furia—. Estamos en una biblioteca, por Dios. Tenga un poco de clase.
—La clase la perdí en el momento en que me grabaste en tu memoria para robarme, hermosa —respondí, bajando la mano de su cuello para atrapar su cintura, pegándola a mí con una brusquedad que le arrancó un jadeo entrecortado—. ¿Crees que me importa que nos vean? Me encantaría que alguien apareciera ahora mismo y viera cómo la abogada del año se deshace entre mis manos.
Isabel apoyó sus palmas contra mi pecho, intentando crear una distancia que yo no estaba dispuesto a ceder. Sentí el calor de sus manos a través de mi traje, y por un segundo, el mundo legal, mi padre y el maldito caso Villarreal desaparecieron. Solo quedábamos nosotros dos, librando una guerra de piel contra piel entre estanterías de madera vieja.
—No le tengo miedo —me desafió, aunque su voz se quebró al final.
—Debería. Porque lo que siento por usted ahora mismo no es justicia, es hambre —acerqué mi boca a su cuello, aspirando el aroma a vainilla y adrenalina que me estaba volviendo loco—. Cuando Ernesto le llame a su oficina para decirle que Acoley & Legal ha propuesto una colaboración estratégica con su bufete, va a entender que no tiene escapatoria. Voy a estar en sus reuniones, en sus correos, en su café.
No pude evitarlo y en cada palabra que salía de mi boca fui repartiendo besos por todo su cuello.
Se escucharon pasos al final del pasillo. El sonido metálico de un carrito de libros acercándose. Isabel se tensó, sus ojos se abrieron con pánico real. Estábamos a punto de ser el escándalo del Palacio de Justicia.
—Por favor... —susurró, y esta vez no era orgullo, era una súplica.
La solté, pero no antes de rozar sus labios con los míos en un beso que no fue beso, sino una marca de propiedad, una promesa de lo que vendría cuando no hubiera testigos. Me alejé un paso justo cuando un bibliotecario doblaba la esquina, mirándonos con sospecha por encima de sus gafas.
—¿Algún problema aquí, señores? —preguntó el hombre, notando la respiración agitada de Isabel y mi postura demasiado rígida.
—Ninguno —respondí con mi mejor sonrisa de abogado de élite, ajustándome la corbata como si nada hubiera pasado—. Solo estábamos discutiendo un punto de jurisprudencia... un tanto apasionante. ¿No es así, abogada García?
Isabel me lanzó una mirada que podría haber incinerado el edificio entero. Se arregló la chaqueta del traje con manos temblorosas, recogió sus carpetas del suelo y, sin decir una sola palabra, salió disparada del pasillo. El eco de sus tacones contra el suelo de mármol sonaba a huida.
Me quedé allí, solo, con el corazón martilleando contra mis costillas y el sabor de su miedo y su deseo todavía en mis labios.
Salí del edificio con el sol dándome en la cara, sintiéndome más vivo de lo que me había sentido en años. Ella creía que me había ganado una batalla, pero yo acababa de invadir su territorio. Y en mi territorio, las leyes las escribía yo.