Capítulo 9: Preparativos

1117 Words
Isabel García La mañana siguiente al encuentro en el bar, mis pies corrían hacia la oficina. No pude resistir la tentación de llegar antes de lo habitual; necesitaba soltar todo lo que traía atravesado en el pecho con María. Ella es mi cable a tierra, y después de lo que pasó con Nicolás, necesitaba una perspectiva fría, porque la mía estaba ardiendo. A pesar de que tenía la mesa llena de pendientes, mi mente se negaba a soltar el recuerdo de anoche. Sentía todavía el rastro de sus labios y esa presión en mi cintura que me había dejado descolocada. Entré en la oficina y fui directa al grano. María estaba organizando unos expedientes, concentrada, hasta que me vio la cara. Me senté frente a ella y, aunque quise dárselas de profesional, una sonrisa tonta se me escapó. —María, suelta eso. Necesito contarte lo de anoche —solté, tratando de que no se me notara lo agitada que estaba por dentro. María me miró con curiosidad, dejando a un lado lo que estaba haciendo. María dejó los papeles de lado y me miró de arriba abajo, analizando mi lenguaje corporal. —¿Todo bien? Estás... rara. ¿Qué encontraste? —Rara es poco. Anoche fue... intenso. ¿Recuerdas al tipo de la biblioteca? ¿El que me mandó a callar? Bueno, me lo encontré de nuevo. María arqueó una ceja, soltando una risita. —¿El ogro guapo? No me digas. ¿Cómo se llama? ¿Qué pasó? —preguntó, ya totalmente metida en el chisme. —Se llama Nicolás. Coincidimos en un bar y, aunque al principio la cosa empezó con pullas, después todo cambió. María, ese hombre tiene un magnetismo que te juro que no es normal. Te atrapa con la mirada y te deja sin argumentos. Es desafiante, intenso... y bueno, nos besamos. María casi se cae de la silla. Se inclinó hacia delante con los ojos como platos. —¿¡Qué!? ¿Se besaron así, de la nada? Cuéntame, ¿cómo fue? No me dejes a medias. Suspiré, recordando el calor de su boca. —Fue diferente... No fue un beso de película romántica, para nada. Fue una guerra. Fue deseo puro, un choque de control. Él quería dominar y yo no me dejé, pero te juro que me dejó temblando. Nicolás no es de los que piden permiso, va directo a lo que quiere, y esa seguridad fue lo que me voló la cabeza. Me quedé callada un segundo, mirando un punto fijo. La verdad es que me sentía extraña. Yo no soy una mujer que se deje llevar así por un desconocido, siempre tengo las riendas de todo, pero con él... con él fue como si las reglas no existieran. —¿Y entonces? ¿Por qué esa cara ahora? —preguntó María, notando mi cambio de humor. —Porque después de ese beso, simplemente me fui. Salí del bar antes de que la cosa pasara a mayores. No sé qué me pasó, María. Sentí que si me quedaba un minuto más, iba a perder el control por completo y yo no soy así. No quiero que un tipo que apenas conozco me mueva el piso de esa manera. Además, todos son iguales al final del día. Seguro fue el alcohol y la adrenalina. —O tal vez es que finalmente encontraste a alguien que te pone a prueba —comentó María con una sonrisa de suficiencia—. Pero te entiendo, mejor poner distancia. —Exacto. Pasado es pasado. Ahora vamos a lo que importa, que es el trabajo. No puedo dejar que un beso me distraiga del caso de Brenda Contreras. Ella es mi prioridad ahora mismo. María asintió, aunque se notaba que se moría de ganas de seguir preguntando. Volvimos a la realidad de los documentos, pero el ambiente seguía cargado. —Dime, ¿qué tenemos para hoy? —pregunté, recobrando mi postura de jefa—. Cité a Brenda, ya debería estar por llegar. —Todo listo. Tenemos que prepararla para el juicio. Primero, revisaremos las pruebas visuales: los datos del localizador que Villarreal le puso en el auto y las fotos de las marcas de los golpes. Tenemos que organizar esto para que sea un golpe directo al juez. —Y la cláusula del acuerdo matrimonial —añadí, enderezándome en la silla—. Tenemos que demostrar que Villarreal es el primero que rompió las reglas con su actitud controladora y violenta. Eso anula cualquier reclamo que él quiera hacer sobre la infidelidad de Brenda. En ese momento, llamaron a la puerta. Brenda Contreras entró con una expresión seria, casi sombría. Era la primera vez que la veía tan afectada, y por un momento, mi propio nerviosismo se disparó. —Pasa, Brenda. Siéntate —le dije, indicándole la silla frente a mi escritorio. —Hola. ¿Estamos listas? —preguntó Brenda con una voz firme, pero cansada. No quería que Villarreal se saliera con la suya, eso estaba claro. Pasamos horas repasando cada detalle. María ordenó las evidencias y practicamos las posibles preguntas de la defensa. —Brenda, tienes que ser concisa. Si te preguntan por el localizador, cuenta cómo te sentías perseguida. Si te preguntan por los golpes, no bajes la mirada. Tú tienes la verdad, y eso es lo que el juez tiene que ver —le instruí, mientras revisábamos las fotos. Eran imágenes duras, pero necesarias. —Lo sé. Estoy lista para hundirlo —aseguró ella, mirando sus propias cicatrices en las fotos. Brenda explicó cómo Villarreal la aisló de sus amigos y cómo cada movimiento suyo era vigilado. Su voz no tembló, y eso me dio confianza. Ella tenía claro que este juicio era su boleto a la libertad. —Lo hiciste muy bien hoy —le dije finalmente, dándole un apretón en el hombro cuando terminamos—. Mantén esa fuerza para el día del juicio. —Gracias, Isabel. Siento que por fin voy a ganarle a ese animal —respondió ella, levantándose de la silla—. Me retiro, tengo cita para hacerme las uñas, necesito distraerme un poco antes del gran día. María y yo nos despedimos de ella. Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando la carpeta del caso. —Es una mujer difícil de decifrar, ¿verdad? —comentó María. —Mucho. Pero tenemos todo para ganar, María. No importa lo que pase, ese juicio es nuestro. Me recosté en mi asiento, tratando de enfocarme, pero el nombre de "Nicolás" volvió a aparecer en mi mente como un eco. Sabía que ganar el caso sería difícil, pero algo me decía que sacarme a ese hombre de la cabeza sería una batalla mucho más complicada.
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