Llegué a casa y me encerré en mi habitación, no quería saber nada referente a Javier, sólo… quería desaparecer todo al igual que borrar las palabras escritas en un cuaderno. Mi estómago dolía, mi cabeza parecía que explotaría y mi pecho era presa del dolor de la pérdida. No hice más que llorar hasta quedarme dormida.
Diez días pasaron como un soplo, mi madre me entregó un sobre. La miré extrañada pero ella no dijo nada, dio media vuelta y me dejó sola. Giré al sobre y vi que era de parte de Gregorio. Había estado evitando las llamadas de él y de Richard, no hacían otra cosa que presionarme para que leyera el “testamento”. Lo abrí y leí su contenido.
«Mi estimada Condesa:
Espero que te sientas mejor, y tu estado de ánimo haya mejorado.
Te envió una carta, a la antigua, porque no respondes mis mensajes ni mis llamadas. Te hemos extrañado mucho. Richard no deja de hablar de ti, está muy preocupado e incluso planea viajar a Estado Unidos y quiere llevarte con él para alejarte de todo. No seas testaruda y lee ese bendito sobre para que vivas en paz contigo misma ¿Cómo puedes no sentir curiosidad por lo que allí te dice?
—No la siento —Murmuré molesta— Y no me interesa saber lo que dice.
En fin, haz lo que quieras. Ya luego terminarás arrepentida por no haberlo hecho cuando debías. El motivo en sí de ésta carta es para informarte que dentro de cinco días se dará lectura al testamento de Javier.
—¿Otro testamento? —Hundí mis cejas.
Debes estar presente y su madre me ha pedido expresa e insistentemente, que debes asistir porque es una exigencia que ha dejado Javier por escrito. Será en la casa de la colina a las dos de la tarde.
Espero verte… Goyi.»
Miré la fecha, Gregorio la había escrito hacía tres días y yo apenas la iba recibiendo. Maldito servicio postal. Dejé la hoja a un lado y resoplé. No estaba de humor para éstas cosas pero decidí ir sólo porque mi presencia era “indispensable” para la lectura del fulano documento.
El día de la lectura llegó, me levanté temprano para dejar todo listo y poder llegar a tiempo a la casa de la colina. Apenas llegué al lugar, Richard y Gregorio me recibieron con una amplia sonrisa. No sentí el mismo entusiasmo que ellos pero me alegró un poco verlos. Entramos y nos sentamos en el sofá del living. Miré todo a mí alrededor, estaba casi igual pero había algunos cambios que, tal vez, se hicieron con la limpieza. Poco después, llegaron los padres de Javier, el médico, Magda, Lucy y el abogado. Todos se sentaron y esperamos que el abogado preparara todo antes de dar inicio a la lectura.
Al dar inicio a la lectura, mis ojos recorrieron el lugar de nuevo y mis pensamientos se alejaron de las palabras que leía el abogado. Recordé los momentos en el sofá, me reí mucho con Javier en el living mientras me “entrenaba” para acompañarlo a las reuniones con sus sucios, ¡digo! Socios. Miré la viga en el techo, justo donde él había intentado quitarse la vida, no pude evitar sentir un nudo en mi garganta y cuando miré hacia la ventana un codazo en mi costilla izquierda me hizo retornar a la realidad.
—Es tu turno, Condesa —Murmuró Gregorio a mi lado.
—¿Mi turno para qué? —Pregunté confundida. El abogado aclaró su garganta y lo miré.
—Señora Ruiz —Hundí mis cejas «¿Cuál señora Ruiz? ¿Se dirigía a mí? ¿Desde cuándo usaba ese apellido?» — ¿Podría prestar atención a lo que su esposo le ha heredado?
—Lo que sea que haya sido —Dije cortante— No lo aceptaré —Nadie dijo nada.
—Pero su esposo estipuló que ésta casa pasara a ser de su propiedad —Resoplé molesta.
—No la quiero, prefiero que la vendan y donen el dinero a la fundación que Javier más apreciaba.
—¡No seas tonta Condesa! —Murmuró Gregorio a mi lado— Ésta propiedad vale mucho.
—Y no me importa —Me mantuve firme— Si me disculpan, debo irme. Esta casa me causa dolor.
—Señora Ruiz —«Y dale con la insistencia de llamarme así». Pensé molesta. Me giré de mala gana y miré al abogado— El señor le ha dejado algo más.
—¿Qué cosa? —El hombre extendió su mano y mostró el anillo de O, el verdadero, sin argolla, un anillo plano y con el símbolo del Triskel, las tres alas célticas.
—Entrégueselo a Richard —Me marché del lugar sin mirar atrás.
Apenas salí de la propiedad, detuve un taxi y le indiqué la dirección a la que iría, mi casa. Me sentía furiosa «¿Cómo pudo atreverse a dejarnos ese maldito anillo cuando pudo entregárnoslo en vida?» Se quejó mi mente «¡Era un idiota!» No refuté lo que mi mente dijo porque tenía toda la razón. Llegué a mi casa y mi madre, al verme, prefirió no preguntar y dejarme sola hasta que me calmara. Entré a mi habitación y me acosté en mi cama; unas lágrimas corrieron por mis sienes. De nuevo me sentí triste y quise darle fin a esa etapa. Abrí la aplicación de google y busqué departamentos o casas en alquiler fuera del estado donde vivía. Lo mejor era alejarme un tiempo y mientras más lejano fuese el lugar, mejor.
La voz de Javier resonó en mi mente, recordé lo que había soñado aquel día y caí en cuenta que era cierto lo que decía, no había visto su cuerpo sin vida pero ¿Acaso insinuaba que no estaba muerto? Sacudí ese pensamiento, era ridículo, eso solo era una invención de mi subconsciente tratando de darme consuelo. Encontré una propiedad del otro lado del país, en un pueblo remoto cerca de un parque natural. Una casa pequeña, con apenas una habitación, una cocina, un pequeño living y el comedor justo al lado de éste. El precio me parecía un poco exagerado pero el sitio valía la pena. Era hermoso, el tamaño del terreno triplicaba el tamaño de la casa, el jardín era impresionante y creí que justo eso necesitaba, un ambiente natural donde nada ni nadie me recordaban el caos que viví y podría olvidarme de todo.
Solicité información y dejé el teléfono a un lado. Mi madre tocó la puerta y le dije que podía pasar.
—Oye ¿Tan mal te fue allá?
—No —Palmeé el colchón para que mi madre se sentara a mi lado— Tengo dos cosas que decirte pero no hables hasta que termine —Mi madre me prestó toda su atención— Primero, Javier me dejó la casa de la colina y un anillo, pero me negué a recibirlos —Mi madre amplió sus ojos— Y segundo, pienso mudarme muy lejos de aquí —Su rostro se entristeció.
—Entiendo que quieras irte, pero —Su mano se posó sobre la mía— Pudimos vender ésta casa y mudarnos a la ciudad o al menos hubieses dejado aquella casa para mí, total, igual tú te vas —Ambas reímos a carcajada.
—Demasiado tarde —Mi madre me miró e hizo una ligera mueca con su boca.
—¿A dónde piensas ir?
—A un lugar remoto, donde lo más avanzado sean los electrodomésticos.
—No pues… ¡Mejor vete a la selva! —Exclamó molesta.
—Estará cerca —Me reí a carcajadas porque era cierto.
—Olvida todo, pero no olvides a tu madre —Su tono era firme, sonreí.
—¡No seas tonta, Ma! —La abracé.
El pueblo al que me mudaría estaba a pocos kilómetros de la selva amazónica. Algo que me hacía mucha ilusión porque me encanta la naturaleza. Mi madre me dejó sola y me planteé dejar todo a un lado y retomar mi rutina; trabajar, ayudar a mi madre y ayudar a Tiby. Si mantenía mi mente distraída en otras cosas, tal vez olvidaría todo con más rapidez. Al menos eso creí.
*************************************
Pude mantener el ritmo de mi rutina durante tres meses. Alguna que otra noche me costaba trabajo poder dormir, así que me distraía leyendo o jugando en mi teléfono hasta que Morfeo me llamaba para dormir. Pero todo mi esfuerzo se vino abajo cuando una tarde mi teléfono sonó avisando un mensaje entrante.
—Hazme un favor —Era Richard— Sal de tu casa. Estoy afuera —Resoplé y de mala gana me levanté.
Al salir al porche de la casa, lo vi reclinado en su camioneta, sonrió al verme. Al acercarme, él abrió sus brazos, lo abracé y él me apretó contra su pecho. Había olvidado lo diminuta que me hacía sentir su altura.
—Ana, te he extrañado tanto —Levanté mi cabeza para mirarlo.
—También te he extrañado —Murmuré.
—¿De verdad? No lo parece —Ladeó una sonrisa— ¿Quieres acompañarme?
—Deja decirle a mi madre que saldré —Me solté y me encaminé hacia la casa.
—Dile que no sabes cuándo regresarás —Dijo en voz alta. Lo miré y negué con la cabeza.
Entré a la casa, busqué a mi madre y la encontré en su oficina, le informé que estaría fuera un par de días. Me miró con las cejas hundidas.
—¿En qué andas tú? —Preguntó curiosa.
—Iré con Richard —Informé. Ella colocó sus manos en el borde del escritorio y deslizó su silla hacia atrás para levantarse.
—Dile a Richard que es de caballeros entrar en la casa y saludar —Dijo tajante— ¡Yo no soy caníbal! —Sonreí. Me acerqué a la puerta y le hice señas a Richard para que entrara. Él negó con la cabeza y yo crucé mis brazos. Resopló y caminó para entrar. Apenas estuvo dentro, mi madre salió de la oficina con sus gafas en la punta de la nariz— Me da gusto verlo, señor Richard.
—Lo mismo digo señora Estela…
—¿Sí? —Resopló molesta— Pues no me parece, usted llegó como si fuese una persona no grata en ésta casa.
—Más bien, no me siento digno…
—El indigno de entrar era su amigo Javier por lo que le hizo a mi hija —Dijo un poco molesta— Aun así, él entraba cuándo y cómo le diera la gana, Y —Hizo énfasis en esa letra— Se llevaba y traía a mi hija cuando le salía de su culo.
—¡Ma! —Exclamé apenada.
—No me reclames así, él sabe que eso es cierto —Exclamó en su defensa. Richard aprobó su comentario levantando el pulgar.
—Como sea, iré a cambiarme —Di media vuelta y los dejé solos.
Entré a mi habitación y busqué un vestido para cambiarme. Opté por uno largo, casual, con la falda muy holgada, cruzado en el busto y sin mangas. Quería estar cómoda y fresca.
—Señora Estela, con su permiso, me llevaré a su hija —Richard me agarró del codo— Pero no le puedo asegurar cuando se la regresaré.
—Espero verla dentro de una semana —Advirtió mi madre— No más —Richard hizo un ademán y salimos.
Richard me ayudó a subir a la camioneta, una vez que él subió, me miró y hundió sus cejas. Sujetó el volante con fuerza y tomó aire para luego expulsarlo pesadamente.
—Debo decirte algo —Su voz era más grave de lo normal, me asusté— Primero, lee lo que contiene el maldito sobre —Crucé mis brazos— y segundo, al igual que le sucedía a Javier, yo no soporto verte con ropa, así que… —Hizo un gesto con la mano para que me desnudara.
—Para ser sincera, ya no me siento cómoda desnuda…
—Eso me importa un pepino —Encendió el motor— Desnúdate voluntariamente o te arranco la ropa —Amenazó.
—¿Usted? ¿Arrancándome la ropa? —Me reí abiertamente— Eso tengo que verlo —No dijo nada. Pero sabía que no se quedaría con mi respuesta.
Condujo en silencio durante al menos una hora, comenzaba a oscurecer y Richard parecía conducir sin rumbo. De vez en cuando me miraba con el rabillo del ojo y murmuraba algunas palabras entre dientes. No le hice caso, preferí ignorarlo y mirar por la ventana. Luego de algunos minutos, comencé a reconocer el camino, me llevaba a la casa de la colina, lo miré y él ladeó una sonrisa pícara.
—Sabes que no me gusta estar allí —Dije sin medir el tono de mi voz.
—Pregúntame si me importa —Dijo riendo.
—Richard, no te atrevas a llevarme allí.
—Si no quieres ir, tendrás que lanzarte de la camioneta porque no pienso ir a otro lado —Me quité el cinturón de seguridad, abrí la puerta e intenté lanzarme. Él me sujetó de la cintura y jaló con fuerza para evitar que saltara. Se detuvo y cerró la puerta— ¿Estás loca? —Tenía sus cejas hundidas— No voy a dejarte ir, irás conmigo a esa casa y punto —Crucé mis brazos y miré por la ventana nuevamente. Retomó el camino hasta llegar a la casa.