Lucrecia me entregó lo indicado, pagué la cuenta y salimos del lugar. De nuevo, Fede conducía, ella sonreía y acariciaba el borde del volante mientras miraba el camino. —¿Por qué sonríes como una tonta? —Es que siempre me han gustado éste tipo de camionetas y nunca había tenido la oportunidad de conducirla —Sonreí. —Y estás de suerte porque no puedo conducir yo —Ladeé una sonrisa— Porque a Richard no le gustarías saber que una extraña tocó a su niña. —¡Yo no te he tocado! —Me reí— ¿Por qué te ríes? —Porque la niña es la camioneta ¡no yo! —Fede golpeó mi hombro. Estacionó en el garaje de la casa y apagó el motor. —Oye… ¿Estarás bien sola? —Parecía preocupada por mi estado. —Hay dos opciones —Nos bajamos de la camioneta, rodeé la Toyota y me acerqué a ella —Puedes darme tu número y

