Me lastimaba pero trataba de mantenerme inerte e inexpresiva, tal vez así lograría que se apartara de mí. Sus ojos no me miraban, los mantenía cerrados y sólo murmuraba algunas palabras inaudibles para mí. De la nada, sus empujes se tornaron salvajes y sus manos recorrieron mi cuerpo para causarme diferentes sensaciones. Finalmente, sus manos volvieron a adueñarse de mi cuello para apretarlo mientras él alcanzaba su clímax. Llenó mi interior, soltó mi cuello y se dejó caer a un lado de mí resoplando cansado. —¿Ya terminaste? —Dije sarcásticamente— ¿Ahora puedo dormir? —Eres una maldita perra —Separó mis piernas y comenzó a golpear mi clítoris con toda su fuerza— Te enseñaré a respetarme nuevamente —Yo tenía un ataque de risa mezclado con quejidos de dolor. Gregorio se despertó y nos m

