CAPÍTULO 1

1912 Words
Luego de la muerte de Javier, y durante tres meses, fui más una especie de llanero solitario, un alma errante en busca de un lugar donde poder descansar de un pasado turbio. Tuve varias aventuras, conocí muchas personas que, de una forma y otra, dejaron una marca en el libro de mi vida. Estuve a punto de cometer el peor error que un ser humano puede pensar y, gracias a mi ángel guardián, no fui capaz de cortar mis venas. Contemplé el filo de la navaja y ladeé una sonrisa.   —No vale la pena perder una vida plena por un caso perdido —Dejé la navaja en su lugar y salí a dar un paseo.   Lo hermoso estaba allá afuera, aunque no son las personas. Sonreí para mí misma. Era la primera vez que los demás me daban igual, la mayoría de las veces me enfocaba en ayudar a otros para que estuviesen bien antes que yo. Me causaba risa lo tonta que había sido ¿Cómo pude hacerme a un lado para servir a otros?   —No lo puedo creer ¿Tan ciega he sido? —Me burlé de mí misma— ¡Con razón Sara siempre me decía “eres la Madre Teresa de Calcuta”! —Imité su voz. Recordé ese día y de nuevo sonreí. El inicio de mi tormento, aunque no me di cuenta hasta ahora. Era tan ingenua.   El día que Sara comenzó a decirme así, estábamos saliendo de una clase; uno de nuestros compañeros había faltado a varias clases, así que se acercó a mí para que le prestara mis apuntes, se los presté y Sara me dio un codazo en una costilla, el chico se fue y ella me miró con una ceja elevada.   —¿Es en serio? —Dijo con sarcasmo— ¡Eres la Madre Teresa de Calcuta! Siempre es lo mismo, él ni te mira y sólo te habla cuando necesita un favor, se aprovecha porque sabe que le gustas ¡Todo un clásico! —Hundí mis cejas. —¿Qué a mí qué? —Dije incrédula— ¡A mí no me gusta ese tipo de hombres! —Si claro, eso dices de los labios para afuera pero mojas la panty cada vez que lo ves —Chocó su hombro con el mío dándome un ligero empujón. —Sara, para ser sincera, él no me atrae en lo más mínimo. Me gusta ayudar a las personas, es todo —Caminé rápidamente para alejarme de ella.   Estaba por comenzar la siguiente clase y no quería que la profesora cerrara la puerta en mi cara, de nuevo. Entrando al edificio, tropecé con el escalón de la entrada y alguien me atrapó colocando una mano en la parte alta de mi pecho, casi en el cuello. Levanté la mirada, me encontré ese rostro pálido con la mirada profunda; sentí un escalofrío, pero no le presté atención. En su momento solo agradecí su ayuda y continué mi camino sin darle importancia a lo que sucedió.   Un par de semanas después volví a verlo. Estaba sentado en una de las mesas del comedor de la facultad conversando con dos chicos. Lo ignoré y me senté junto a mis amigos en la mesa que frecuentábamos porque era la más alejada y nadie se acercaba a esa zona. Sara, siempre pendiente de mí, no tardó en preguntar.   —¿Conseguiste nuevo galán? —Dijo entre risas. Levanté una ceja, no estaba de humor para sus indirectas— ¡Vamos! No me mires así, te vi echándole ojitos al profesor —Casi me ahogo con la bebida. —¿Cuál profesor? —Dije tosiendo. —Ese de allá —Miró en dirección a la mesa. No entendí a lo que se refería, los tres chicos que parecían de la misma edad, unos veintitantos. Encogí mis hombros y la ignoré. —¿Vas a ir al congreso del próximo lunes? —Preguntó Tobías pasando su brazo sobre mi hombro. Se lo aparté. —Todavía no estoy segura… —¿Y cómo vamos a saber si vas a ir? —Preguntó Sara. —No lo sé —Me encogí los hombros— Tal vez haga señales de humo, o suene el cuerno, o tal vez pueda usar ese aparato raro al que todos llaman teléfono —Sara me dio un codazo. —¡Estas mona hoy! —Me reí a carcajadas. —¡Yo les avisaré, tonta! —Me levanté y los miré— Hoy me iré temprano. Tengo que ayudar a Tiby con un pedido. —¡Allá va, la buena samaritana! —Murmuró Sara. —Ya te escuché —Le di un ligero golpe en la cabeza— Nos vemos el lunes.   Luego de una hora y media de viaje, llegué al local de Tiby, ella estaba acomodando un par de cajas cerca de unos estantes, me recibió con una sonrisa y su bendición. Adoro a ésta mujer tanto como a mi madre y nunca me negaría a hacer algo que ella me pida. Le regresé la sonrisa y le di un beso en la mejilla.   —¿No pudiste esperarme? —Le reclamé. —¡Ay mija! Ya sabes cómo soy yo —Su mano acarició mi brazo— No me gusta estar sentada. —Y luego andas por ahí “Me duelen las piernas, no las soporto… mis várices” —Me burlé. —¡Ay! No exageres, yo solo me quejo del dolor en mis piernas. —Sí, claro —Levanté una caja y la acomodé sobre una pequeña silla, la abrí y saqué algunos frascos para colocarlos en el estante.   Una vez que terminamos, Tiby me ofreció un jugo de remolacha, zanahoria y mandarina.   —Bébelo todo, eso te ayuda a reponer la hemoglobina rápido —Levanté una ceja incrédula, pero me lo tomé igual.   Me despedí de Tiby y caminé hasta mi casa, no era cerca, pero caminar le hace bien al corazón ¿Cierto? Disfruté de la brisa, saludé algunas personas conocidas y comí un par de chocolates que siempre llevaba conmigo. Apenas entré en mi casa, busqué a mi mamá en la cocina. Allí estaba, terminando de preparar unos pastelitos rellenos con carne para la cena. La saludé y me fui a mi habitación. Dejé caer el bolso en el suelo, y literalmente, me lancé sobre la cama.   —¡Ahhhh! —Exclamé cansada— Nada mejor que tu cama para descansar. «Así mismo es» Respaldó mi otro yo en mi mente —A veces creo que estoy loca —Murmuré para mí misma— O que soy la única que tiene una conversación tú a tú consigo misma  —«¡Por favor!» —Se quejó mi mente— «¡Todos lo hacen! Pero lo ocultan para que no piensen que están locos.» — ¿Podrías dejarme descansar en silencio? —Regañé a mi mente— Apágate por lo menos quince minutos ¿Sí? —No escuché quejas en mi cabeza— ¡Gracias!   Permanecí acostada un buen rato, no sé si fueron quince minutos o más, pero me sentía relajada. Me levanté y entré al baño para darme una merecida ducha. Al salir, escuché la voz de mi mamá llamándome para cenar.   —¡YA VOY! —Grité en respuesta antes de que ella entrara a regañarme por no dar señales de vida.   Me vestí rápidamente y salí corriendo hacia el comedor, me senté y mi madre resopló cansada.   —Hoy fue un día de perros —Se quejó— No sé cómo no se quemó la cena. —¿Qué sucedió? —Me levanté con el pie izquierdo —Sirvió un poco de jugo de naranja— No fue mi día. —Tranquila, mañana será otro —Si las miradas mataran, juraría que ya estoy muerta y no me he dado por enterada— ¿Qué? ¡No me mires así! —Dije en mi defensa ante su mirada asesina— Tú me lo dices seguido y no me quejo. —No es igual —Espetó ella. —¡Ah! Claro, porque se trata de ti y no de mí —Dije riendo. Mi mamá me golpeó en el hombro con una pequeña toalla que siempre llevaba colgada en su hombro. —Mejor come y vas hacer tus deberes —Me reí.   Al terminar de cenar y ayudar a lavar los platos y utensilios sucios, recordé lo del bendito congreso. Debía decidir si asistiría para que Tobías me incluyera en su lista y pasara por mí. Busqué el móvil, preferí no llamarlo, le escribí para que luego no dijera que lo llamé sólo para una tontería.   —Hey, tú. Inclúyeme en tu lista de pasajeros, sí voy al congreso. —Creí que me avisarías el domingo a las doce de la medianoche —Su respuesta me molestó, pero no le di importancia. —Lo que sea —Fue mi respuesta. —Pendiente, paso buscando a la seis de la mañana, el que no esté listo cuando yo llegue ¡Se queda como la guayabera! —Es decir, se quedaba por fuera, sin transporte.   El fin de semana lo pasé holgazaneando… No es cierto, ayudé en casa con los deberes y terminé algunos apuntes de la universidad que me faltaban. Llegó el día lunes, me levanté a la cinco de la mañana, preparé todo lo que llevaría, me bañé, me arreglé y salí a desayunar algo rápido porque Tobías estaba por llegar. Apenas terminé de lavar lo que había ensuciado, escuché la claxon del auto. Busqué mis cosas y caminé rápido antes de que comenzaran a gritarme que ya era tarde. Fui la última en subir al auto, Sara, Natalia y Mercedes ya estaban allí, así que nos pusimos en camino hacia el lugar del evento.   —Oye An, a ver si te mudas a la ciudad —Se quejó Tobías— Éstos viajes son largos. —Haberlo dicho antes para no molestarlo, señor Tobías —Dije con desdén. Él ladeó una sonrisa. —¿A cuáles charlas planean entrar hoy? —Preguntó Tobías sin dejar de mirar el camino. —A mí solo me interesa la charla del Profesor Jesús —Dijo Sara. —¡Porque sabemos que te lo estas cogiendo! —Dijo Natalia sin pensarlo mucho. La ignoramos. —Por ahora sólo planeo entrar a la charla sobre entomología forense —Busqué en el folleto quién la dictaría. —¡Eso es aburrido! —Exclamó Tobías. —Aburrido porque no te interesa el tema —Continuaba buscando el bendito nombre, pero no lo encontraba. —No le creas Toby, eso es porque seguro el profesor ojos negros va a estar ahí —Dijo Mercedes riendo. —¿Cuál profesor? —¡Ahora se hace la desentendida! —Exclamó Natalia cubriendo su boca para reír. —¡No sean pendejas! —Espeté molesta— Ya dejen sus mamadas para otro día, no estoy de humor. —¡Huuuuy! Alguien anda de mal humor… —No, yo me levanté de MUY buen humor —Mi tono no era nada amable— Ustedes me amargaron la mañana con sus estupideces —Encontré el dichoso nombre que buscaba— ¡Aquí está! —Dije triunfante— La dictará el profesor Marrero y la profesora Barrios. —¡Bueno, bueno, se callan todas o las lanzo del auto ahora mismo! —Amenazó Tobías— ¿Tienen sus hormonas alborotadas o qué?   
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