Cuando llegamos a la suite penthouse me doy cuenta de que estoy, definitivamente, en un lugar mágico, propio de una historia de mitología griega. Y también de que yo debí ser muy buena en mis vidas pasadas o algo así. La acomodada sala de estar, con sillones de cuero color crema, da hacia varios balcones, que permiten ver en todo su esplendor la costa. Las cortinas amarillas se ven pesadas, de una tela que, me imagino, debe ser costosa. Avanzamos hasta la habitación, donde una hermosa y gigantesca cama King con colcha blanca se encuentra en medio, con vista hacia el mar. Literalmente despertaremos con la mejor vista del mundo. —No sé si quieres cambiarte por algo más cómodo, saldremos a caminar —me dice Colin. Volteo a mirarlo y sonrío. —De acuerdo. Media hora más tarde, nos encontramo

