— ¡Maldita sea! —Rugió como histérico el castaño—.Cerró los ojos, preso de la furia y el dolor, pero no se debía solo a ese dolor físico sino también de su espíritu. Se sentía casi derrotado y tan solo. Levina había creído en Cian y Gustavo sobre él, él que no había sido sincero con nadie más que no fuera ella.Su Levina lo había abandonado y no debería sentirse tan dolorido, después de todo a todos los que había querido alguna vez terminaban dejándolo tarde o temprano. Estaba condenado a vagar solo en la tierra como se lo habían dicho los oráculos y se maldecía por su mala suerte, porque las malditas moiras lo habían condenado con tanta crueldad. Alek nunca lo había entendido sin embargo allí estaba. Amarrado, débil y moribundo de amor, porque aunque fuera inmortal Levina tenía en sus

