💙MOMENTOS 💙

1775 Words
DORIAN VON MUNTEAN. DUQUE DE BUCOVINA. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── Las puertas del despacho están entreabierta. El fuego en la chimenea crepita bajo un manto de ceniza. Huele a cuero viejo, tinta y hierbas. Entra después de tocar y recibir permiso. —Supe que tú y tu hermano tuvieron un encuentro hoy en la tarde —dice Sophia, acercándose. Está junto a la ventana, la luz del atardecer dorando su cabello—. Dorian, sé que algo te tiene intranquilo… —Sophia, no es nada malo… —Pero tampoco es bueno —responde, y me besa con suavidad en los labios—, te conozco y sé que estás intranquilo, vida mía —suspiro cansado y la beso en la frente. Siempre sabe cuándo oculto algo. Siempre. —Es Lucien —confieso, mirando al fuego—, ya llegó a oídos del consejo su abstinencia y ellos no ven esto con buenos ojos. Aseguré que él tiene control… pero no sé qué tan cierto sea eso, Sophia —confieso finalmente. —Dorian, debes confiar en tu hermano… —No es fácil, más con esos cambios que presenta. Es evidente que la medicina ya está perdiendo su efecto… Aleph interrumpe y entra sin llamar. Camina hasta quedar frente a nosotros, sus botas resuenan contra el suelo de roble. Sus ojos carmesí muestra de su furia están fijos en mí. Sophia entiende enseguida. No dice nada, solo asiente y me aprieta la mano para luego retirarse. —Los dejo solos —dice, y sale, cerrando las puertas tras de sí. —¿Qué pretendías hoy en la tarde? —pregunta Aleph sin rodeos, en cuanto estamos a solas. —¿A qué te refieres? —respondo, aunque sé exactamente a qué viene. Se sienta frente a mí en el sillón de cuero. Esboza una sonrisa fría y me entrega una carta. —¿Quién te dio esto? —pregunto. —Ve su sello —responde, indiferente a mi pregunta—. Dorian, Lucien nos hundirá a todos por sus absurdos caprichos de no matar a un maldito humano. —No puedo obligarlo… —¡Sí puedes! —estalla, levantándose de golpe—. Si no puedes obligar a un mocoso inmaduro a que se haga un vampiro completo, ¿qué haces como líder del clan de las Lunas Azules? No eres digno de tener ese lugar y mucho menos de tomar el mando del consejo. —Un buen líder no obliga —me levanto también. No por furia. Por cansancio profundo. Nunca nos hemos llevado bien desde que asumí el liderazgo. Él es el mayor, pero yo soy más fuerte y tengo habilidades que pocos entienden… y menos perdonan. —Dorian —dice, ahora más bajo, más serio—. A Lucien ya no le hace efecto la medicina. Necesita sangre real. ¿Qué pasará cuando ya no lo soporte? Sabes lo que nos hace la abstinencia, sabes que cuando pruebe la sangre humana, será normal. Hago una pausa. Trago saliva, todo lo que mi hermano dice lo sé mejor que nadie. —Maldita sea ya lo se, ya no podrá detenerse, Aleph. No puedo obligarlo. Sé que corremos el riesgo de un colapso… y posiblemente Lucien ataque a muchos, y… —¡Solo quiero que mi maldito hermano menor no muera! —gruñe, apretando los puños—. No es muy difícil entender eso, Dorian. Lidiar con un vampiro inmaduro es como lidiar con un neófito —me mira con desprecio—, además, como si contigo no fuera suficiente, ahora Lucien también tiene a esa humana como compañera. Lo dicho: es un pardillo insolente. —Lucien es solo un… —¡Es solo un pardillo rebelde que nos pone en vergüenza a todos! —me interrumpe—, y no contento con eso, nos arriesga. Porque en su estado, aunque incompleto, tiene una fuerza irracional que resulta ser problemática y así no será sencillo de calmar. Y eso si el consejo no toma otra decisión… y sabes a qué me refiero. —Aleph, exageras. Mi hermano se levanta furioso. Yo no discuto más, no voy a aceptar que estoy en un error. Solo queda esperar y estar atento a los cambios de mi hermano, actuar si es necesario. Y defenderlo… de él mismo y del consejo. ──𖥸── LUCIEN VON MUNTEAN. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── La hora había llegado, hoy Amelie y yo nos uniríamos en matrimonio, meses atrás se había reído de mi actual decisión aunque ahora era diferente, ahora quería hacerlo de verdad la quería. ——✧✿⁠💙✿⁠✧—— Han pasado varios encuentros desde que la besé, ninguno otro beso ha vuelto a ser como aquel, no por falta de ganas sino por prudencia y por miedo a no poder detenerme. Hoy, ella ha sido invitada con su prima a tomar el té con la duquesa Sophia. Aprovecho el paseo por el jardín trasero. El sol ya baja, dorando las hojas de los tilos y el aire huele a jazmín, a tierra mojada y por último su piel. Caminamos en silencio. Amelie esta demasiado cerca para lo que dicta el decoro, demasiado lejos para lo que yo quiero. —No es correcto que estemos tanto tiempo solos —dice de pronto, y se adelanta unos pasos, como si escapara de mi. Desde aquel beso Amelie ha estado mas recatada. —La señorita rompe reglas —respondo, arqueando una ceja—. Ahora quiere hacer lo correcto. ¿Qué te ocurre? Se gira. Me mira y sus ojos azules están inquietos, no es miedo, es atracción. La misma que me quema las venas. —Eres insoportable a veces. ¿No te lo han dicho? —no puedo evitar reír ante su insulto. —Sí, algunas veces —digo, despreocupado, jugando con un mechón dorado de mi cabello—, pero no es algo que me perturbe. Además, tú serás mi esposa debes aceptarme así —veo cómo sus mejillas se tiñen. Cómo su pulso late en la base del cuello y cómo sus dedos se crispan contra el dobladillo de su vestido. Gira sobre sus pasos y vuelve a mí, más cerca esta vez. —¿Lo que me dijiste en el puente era cierto? —pregunta, en voz baja, casi un susurro—. ¿De verdad me quieres, Lucien? La pregunta me frena el aliento, no hay duda, había necesidad de demostrarlo? No podía ser sin palabras, solo acciones. Suspiro resignado, si necesita una prueba, se la daré. Me acerco, ella retrocede medio paso, titubea pero nada sale de sus labios soy más rápido. Le tomo la mano. —Espera —susurro, acercándome a su oído. Mi aliento roza su cuello y siento cómo se estremece, deslizo los dedos hasta su nuca, aparto un mechón suelto y coloco la cadena con cuidado—, listo. Te luce el azul —ella lleva las manos al cuello y toca el dije. Un pequeño zafiro incrustado en oro blanco. —¿Qué es? —averigua con voz de niña curiosa. —Es la prueba que querías —respondo, simple—, te di algo que de verdad me importa. Perteneció a mi madre, me lo dejó para entregárselo a ese alguien especial. —¿Crees que yo sea esa persona? —susurra, casi sin voz. No esperaba este gesto de mí. —No tienes que aceptarlo si no quieres… —Sí, lo quiero —se adelanta, firme—, lo cuidaré. Lo prometo —sonríe, de tal forma que imumina las sombras de mi mente. Se aleja unos pasos, pero no me deja, sus dedos siguen rozando el medallón, como si memorizaran su forma. Me quedo quieto. Esa sonrisa me hace sentir algo extraño, algo que no conocía. Amelie me obliga a tener pensamientos que antes no existían, emociones que no sabía nombrar. No puedo evitar preguntarme si esto es lo que llaman amor. Pero más que eso… es posesión, es necesidad y la certeza de que, aunque el mundo se derrumbe, ella es mía. Sonrío después de todo… sí se lo di a la persona correcta. ——✧✿⁠💙✿⁠✧—— Ya estoy listo para irme. El frac n***o ajustado a mis hombros, el chaleco bordado en hilo plateado, las botas de cuero hasta la pantorrilla. Me ajusto los puños de encaje, fríos contra la piel. El reloj de bolsillo pesa en el chaleco. Solo falta cruzar la puerta. Pero Anka aparece en el umbral. —Quería verte antes de que te unas con la humana —dice, con ese desdén que siempre me ha incomodado—, te arrepentirás de hacer esto, Lucien —no me giro del todo. Sigo de espaldas, atando el último botón del chaleco. Siento su mirada clavada en mi nuca. —Anka, gracias por venir. También gracias por tu sutil advertencia —respondo, y suelto una risa seca—, ya debo irme —doy un paso hacia la puerta. —¡Espera! —exclama, y su voz me detiene. Ella sostiene una copa de metal bruñido, llena de sangre oscura, casi negra. El olor llega antes que sus palabras. —Preparé esto para ti. Es sangre de ciervo. —Anka, no era necesario —digo, acercándome. Sus ojos rojos no parpadean. Me observan como si midieran cuánto me duele la abstinencia. Cuánto anhelo otro sabor. —Insisto acepta, por favor. Sé que no servirá de nada negarme. Tomo la copa y bebo el líquido resbala por mi garganta, no calma del todo, pero es suficiente. Una mueca de asco se dibuja en mi rostro antes de que pueda contenerla. —¿Contenta? —pregunto, con ironía. —Sí —responde, tomando la copa de mis manos—, solo quería que estuvieras tranquilo. Estarás rodeado de humanos… y quizás tengas tentación de… Mi pulso late en el cuello. —De nada, Anka. Estaré bien —no espero a que termine. Salgo y cierro la puerta tras de mí sin mirar atrás. Pero ella no se queda quieta. La oigo caminar hasta el ventanal, sé qué está mirando la pintura que aún no he terminado, lo hace cada que entra a mi alcoba. En ella, una joven castaña, frente al lago Băneasa con el viento moviendo su cabello. Escucho sus pasos alejarse, en voz baja, casi un susurro que no va dirigido a mí, dice: —Sé que estarás bien. Yo de eso me encargaré. —salgo del pasillo. No miro atrás pero sé que Anka no habla de protección, habla de posesión y eso… me preocupa más de lo que quiero admitir.
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