CAPITULO 8 💙TRATO💙

3341 Words
DORIAN VON MUNTEAN DUQUE DE BUCOVINA. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── El carruaje disminuye la velocidad, las ruedas crujen sobre la grava húmeda del camino que conduce a mi residencia, y siento cómo el aire frío se cuela por las rendijas del vehículo, trayendo consigo el olor a tierra mojada y pino quemado. La niebla se enrosca entre los árboles como una mano invisible, y fuera todo parece detenido, suspendido en el aliento de la noche. Dentro, el silencio es pesado, solo roto por el leve roce de mi capa al moverme y el latido lento, casi imperceptible, de mi corazón. No necesito respirar, pero lo hago. Por costumbre. Por placer. Por ella. Sophia mi estrella. No me gusta dejarla sola, pero su estado es delicado, demasiado. No puedo arriesgarla, no ahora cuando cada latido suyo es un regalo que temo ver extinguirse. —Sé que con él estarán bien —digo, sin mirar a Mihai, aunque sé que me escucha. Me refiero a Lucien, el más joven de mis humanos, el único en quien confío para cuidarla cuando no estoy. Tiene sangre fría y lealtad sin fisuras. No como otros. —¿Habla del joven Lucien, mi señor Dorían? —pregunta Mihai desde el asiento frente al mío, su voz plana, medida, como siempre. Lleva el sombrero en el regazo, las manos quietas, los ojos fijos en mí. Nunca se excede. Nunca falla. Asiento una sola vez. No necesito decir más. Él entiende Mihai siempre entiende. —Tienes una tarea cuando lleguemos —le digo, y mi voz Es una orden desnuda, sin adornos—, necesito que investigues al vizconde Apafi a fondo. —Sí, señor —responde sin dudar—, ya he buscado información. No veo nada sospechoso… al menos, no a simple vista, solo la desesperación de un padre. Su hija es voluntarios y él teme las habladurías. Quiere una alianza fuerte, rápida. —Pero no cualquier alianza —interrumpo—, él insiste en que uno de mis hermanos sea el elegido. Demasiada insistencia, demasiado interés en una familia como la nuestra no es solo orgullo, hay algo más. Mihai asiente, apenas sé que piensa lo mismo. Los Von Muntean tenemos sangre imperial. Lazos con la corona y un oscuro secreto, si Apafi busca protección, no alianza, entonces juega un juego más oscuro de lo que aparenta. —Está bien, lord Dorían —dice—, al llegar pondré manos a la obra. Tengo mi propia teoría, pero hasta no ver los libros contables de Apafi, prefiero no sacar conclusiones. No fue fácil conseguir acceso, pero tengo a alguien dentro de su círculo. Los documentos deberían llegar de Transilvania en los próximos días. —Siempre tan diligente, Mihai —comento, y por un instante dejo que el rabillo de mis labios se alce, apenas. Es poco, pero para él, es un elogio. Es mi mayordomo, mi sombra, mi voz cuando la mía no puede actuar sin levantar sospechas. —Damon debe estar al tanto de la misiva que el Consejo me envió —continúo—, necesito que me confirmes si Victoria metió las narices en este asunto. Si ella está detrás de esto, todo cambia. Mihai me mira con escepticismo, apenas perceptible, pero lo noto. —Señor… ¿de ser así, cree que Damon se lo diría? No respondo de inmediato. Observo el paisaje tras la ventana: los pinos negros recortados contra el cielo plomizo, la luna baja como un cuchillo colgado sobre el horizonte, el castillo que ya se alza al final del camino, sus torres coronadas por la niebla. Mi hogar. Mi prisión. Mi refugio. —Es probable que no diga nada —admito—, pero Victoria no es solo un problema para mí. Su lengua afilada también puede envenenar a Damon. Al fin y al cabo, ambos somos miembros del clan Luna Azul y en cuando ella habla… todos pagamos el precio. El carruaje se detiene. Las puertas se abren. El aire frío me recibe como un viejo amigo, como un recordatorio de quién soy, de lo que soy. Salgo sin prisa. Mi capa ondea tras de mí, pesada, oscura. Mis botas golpean la grava con precisión. No necesito luz, pero la veo las ventanas del ala este encendidas. La habitación de Sophia. Lucien debe estar cerca. Ella debe estar despierta. Mientras camino hacia la entrada, no pienso en el Consejo, ni en Apafi, ni en Victoria, solo pienso en ella. En su piel pálida bajo la luz de la lámpara, en su respiración suave y en el modo en que murmura mi nombre cuando cree que no la escucho. Ya voy, estrella mía. ──𖥸── LUCIEN VON MUNTEAN. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── Trato de esquivar la estocada de mi hermano, pero Aleph es un relámpago blanco. Cada movimiento suyo es preciso, letal, calculado como el de una serpiente antes del ataque. En esgrima, nadie supera a Aleph. Solo Dorian ha podido hacerle frente y yo… yo apenas logro mantenerme en pie. Con cada golpe, el metal choca contra metal con un estruendo que resuena en los muros de piedra del salón, y cada impacto me empuja más hacia atrás, hacia la columna que ya siento fría contra mi espalda. —¿Te rindes? —pregunta y su voz es un cuchillo envuelto en burla. Se acerca, la punta de su espada presionando mi pecho, su sonrisa afilada como el acero—, al menos haz que una gota de sudor salga de mí, Lucien. Eres patético. Me tiene acorralado. La columna a mis espaldas, su cuerpo bloqueando cualquier salida. Puedo ver el desprecio en sus ojos plateados, fríos como el hielo del norte pero rendirme no es una opción, ni siquiera una maldita posibilidad. No voy a dejar que siga tratándome como basura. —Pudrete —escupo, y con un giro brusco, uso su propio impulso contra él. Le golpeo el estómago con el hombro, sintiendo cómo el aire abandona sus pulmones retrocede, sorprendido, y yo me lanzo hacia adelante liberándome de su sombra—, pues yo apenas estoy calentando —digo, jadeando, aunque mantengo la espada en alto, la punta temblando apenas—. Eres un anciano y tengo consideración contigo. Mi risa sale ladina, egocéntrica, pero mis músculos arden, mi visión se nubla por un segundo. Estoy al límite pero no caeré, no aquí y no delante de él. —Maldito mocoso —gruñe, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—, ya veremos si, luego de hacerte comer tierra, sigues siendo tan hablador. El aire a nuestro alrededor vibra. No es solo el eco del combate, es el peso de lo que somos vampiros. Nuestros movimientos son más rápidos que los humanos, nuestros sentidos agudizados, nuestros cuerpos diseñados para matar y aunque no usemos colmillos ni garras, cada golpe, cada esquive, cada respiración contenida es un recordatorio de que esto no es un juego. Loan, Jasper, Juliette y Anka observan desde los bancos de madera tallada. Loan cruza los brazos, frío, indiferente. —Juliette, ten lista las compresas. Lucien saldrá herido. Juliette no responde de inmediato. Sus ojos verdes, como esmeraldas encendidas, van de mí a Aleph, luego se clavan en Loan. —Si lo traje, Aleph también podría necesitar asistencia —responde, con voz firme—. Lucien no está poniéndole las cosas muy fáciles a su hermano. —Eso no pasará —interrumpe Jasper, burlón—, no seas ingenua Juliette. Lucien siempre morderá el polvo mientras sus poderes no despierten... Un estruendo lo silencia, Un crujido de madera, un golpe seco. Aleph está en el suelo, yo sobre él mi espada sobre su cuello, la hoja rozando la piel pálida de su garganta. Su respiración se detiene por un instante, la mía también. —Creo que ya el encuentro terminó, hermano —digo, con la voz ronca, agotada. Una sonrisa leve, de labios cerrados, se dibuja en mi rostro. No es triunfo, es supervivencia. Aleph me mira con furia pura y humillación, no puede creerlo. «Un ser incompleto como Lucien no puede hacerle frente». Lo veo en sus «¡inaudito!» Piensa que soy débil, que no valgo nada. Pero hoy lo he derrotado y eso lo envenena más que cualquier toxina. Extiendo el brazo hacia él, ofreciéndole ayuda para levantarse, no la toma ni siquiera la mira. Se incorpora solo, con movimientos lentos, yo no insisto. Me pongo de pie, limpio el sudor de mi frente con el dorso de la mano y doy un paso hacia la salida. La diversión ha terminado. Pero no he dado tres pasos cuando siento su presencia. Aleph viene tras de mí. No camina, se desliza y en su mano, una daga pequeña brillante, sacada del bolsillo interior de su chaqueta. La hoja está manchada con un líquido oscuro, viscoso que desprende un olor metálico y dulzón veneno, no mortal para nosotros, pero suficiente para paralizar, para quemar, para dejar a un vampiro retorciéndose durante días. Va directo a mi espalda. La daga alza. Ya imagino el corte, el fuego corriendo por mi piel, el grito que no dejaré salir. Pero entonces… se detiene. Aleph se queda inmóvil, como si una cuerda invisible lo hubiera atrapado. Sus ojos se abren, su mandíbula se tensa. Intenta moverse. No puede. —No creí que fueras capaz de algo así —dice una voz, Profunda, oscura y Familiar. —Do-rían —susurra Aleph, arrastrando las palabras, como si pronunciar ese nombre le doliera. Me doy vuelta lentamente mis ojos se abren al máximo. Dorian baja las escalinatas de mármol con pasos lentos, seguros. Su capa negra ondea tras él como una sombra viva. Sus ojos, oscuros como pozos sin fondo, están clavados en Aleph. Siento el aire espesarse. El poder de Dorian no es solo autoridad. Es dominio. Puro. Absoluto. —Dorian —digo en un susurro—, pensé que tardarías más en volver... —Afortunadamente no fue así —responde, sin mirarme. Su atención está toda en Aleph. Hay decepción en su voz y algo más: advertencia—, Aleph, un Von Muntean no ataca por la espalda y menos a su propia sangre. Con un leve movimiento de la cabeza, Dorian libera a Aleph. Este cae de rodillas por un instante, luego se levanta, orgulloso, aunque derrotado. Guarda la daga con lentitud, la desliza en su funda como si nada hubiera pasado. —Aleph —dice Dorian—, Espero que esto tenga una explicación. —Yo no te debo explicaciones —responde, con la voz cargada de veneno—, solo hago lo que tú no haces, preparar a Lucien. No se debe confiar en sus oponentes. Además, mi veneno no haría tanto daño. Y sin decir más, se aleja. Sus pasos resuenan en el silencio que ha caído sobre el salón. Nadie habla. Nadie se mueve. Lo veo irse luego miro a Dorian, de no haber sido por él, esa daga ya estaría clavada en mi espalda. El veneno corriendo por mis venas lo sé y él también lo sabe. ──𖥸── AMELIE APAFI. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── El camino al castillo de Bucovina se me hace tan largo y tan incómodo que cada bache en el sendero me sacude el alma. El aire dentro del carruaje es espeso, mezcla de cera de abeja, cuero viejo y el perfume dulzón que mi padre insiste en usar. Fuera, la niebla se enrosca entre los pinos como si el bosque mismo me advirtiera: no vayas. Y yo no quiero ir. No quiero estar aquí. Porque sé que lo veré. A Lucien. Y cada vez que recuerdo nuestros encuentros, siento que la tierra debería tragarlo todo. A mí, a este momento, a este error que insiste en repetirse. —Padre, realmente yo tenía que acompañarte a ver al duque —digo, sin mirarlo, las manos apretadas sobre el regazo—. No insististe en… —No digas tonterías, Amelie —me corta, como si fuera una niña caprichosa—, el duque ya regresó de su viaje y me mandó una invitación la cual no pude rechazar. —¿Y yo qué tengo que ver en este asunto, padre? —pregunto y mi voz tiembla apenas. No quiero mirarlo a la cara. Ya es bastante vergonzoso haber sido rechazada, haber quedado como desesperada, mi plan no salió como esperaba. Sabía que Lucien no accedería a mi locura. No digo nada más durante el resto del camino. Solo miro por la ventana, el castillo acercándose como una sombra viva entre la bruma. Cuando bajamos del carruaje, el aire frío me golpea el rostro. Mi padre y yo somos recibidos por la duquesa Sophia y dos doncellas. Una es alta, castaña, con una mirada esmeralda tan clara que parece ver dentro de mí. La otra ya la he visto antes: cabello blanco, ojos carmesí como sangre vieja. Me observa sin parpadear, como si supiera lo que estoy pensando. —Buenas tardes, mi lady —saluda mi padre, haciendo una reverencia ante la dama de larga melena dorada. —Bienvenido, lord Apafí —responde Sophia con una sonrisa cálida—, y usted también, lady Amelie. —Muchas gracias, lady Sophia —respondo, inclinando la cabeza, la voz apenas audible, apenada todavía recuerdo aquel día cuando mi padre le pidió a los duques permiso para casarme con unos de los miembros de su familia. —Lord Apafí —dice Sophia, acercándose a mí con una sonrisa—, imagino que usted está aquí para tratar asuntos con mi esposo. Espero permita que me lleve a Amelie conmigo. —Claro, duquesa —responde mi padre, orgulloso—. ¿Cómo no permitiría a mi Amelie ir con usted? Le hará muy bien tan buena compañía. —¡Perfecto! —exclama Sophia, tomando mi mano con una confianza inusual—. Juliette, pide que sirvan el té en el invernadero. Y sin más, me lleva casi a rastras por los amplios pasillos de piedra pulida, donde los candelabros proyectan sombras que bailan en las paredes. El invernadero está al final de un corredor largo, tras una puerta de madera empañada. Cuando entramos, el aire cambia. Es húmedo, cálido, cargado con el perfume de cientos de flores entrelazadas. Plantas trepadoras se enroscan en columnas de hierro forjado, helechos caen como cascadas verdes, y en el centro, un sendero de piedra conduce a una fuente silenciosa. La personalidad de Sophia me llena de una calidez que no había sentido antes. ¿Acaso esta es la sensación de tener a alguien a quien llamar amiga? —Precioso —digo, y es lo único que logro pronunciar. —Sí, el lugar es un encanto —responde Sophia—. Juliette se encarga de mantenerlo así. Qué lástima que esté por irse. —Juliette es la muchacha que acaba de ir por el té, ¿verdad? Sophia asiente. Luego me mira, directa, como si pudiera ver más allá de mis palabras. —Amelie, quería hablar contigo desde la vez que fui a ver a tu padre. Tú reacción aquel día… —Mi lady —interrumpo, la voz temblando—, es mejor no hablar de aquel día. Usted debe creer que tengo algún problema o rechazo a su familia y… —Te equivocas —ahora es Sophia quien me acalla, con suavidad—. Sé que para las jóvenes de la nobleza muchas veces el trato no es justo y su decisión parece no tener valor ante sus padres. —Usted tuvo suerte —digo—. El duque parece quererla mucho. Sophia sonríe. Una sonrisa lenta, plena, como si guardara un secreto hermoso. —En efecto —dice—. Dirían que la amaba tanto como ella lo amaba a él. Su amor era eterno como el tiempo mismo. Yo tenía razón: era afortunada por estar con el ser que amaba. Y muestra de ello era que su amor había dado frutos. Dentro de Sophia crecía un pequeño fruto de aquel amor. A pesar de la abismal barrera que la separaba de su amado Dorian, nada pudo contra sus sentimientos. —Amelie —dice, tomando mis manos—, en mí tienes a una amiga. —Amiga —repito en voz baja. Nunca tuve una. Lo más cercano fue Molly, y apenas la veo. —Sí —secunda Sophia. Juliette entra con el té, baja la mirada. —El té ya está aquí, lamento la demora, mi lady. Por cierto, lord Dorian requiere su presencia. Sophia guarda un pequeño frasco de vidrio en la falda de su vestido. —Seguramente volveré pronto, Juliette. Hazle compañía a Amelie, solo será un momento. Sale, dejándome sola con la doncella de ojos carmesí. —Tú eres Juliette —digo—, eres quien tiene este invernadero así de hermoso. Este lugar es muy grande para que una sola persona esté a su cargo. —Gracias —responde con timidez, como si temiera haber hablado de más—. Bueno, no te importa si te dejo sola un momento. Prometo regresar con algo rico para acompañar el té. —Si, no te preocupes. No hay problema. Aprovecho que estoy sola para alejarme del té, del silencio incómodo. Camino entre las plantas, el crujido de mis zapatos sobre la grava apenas audible. Me detengo frente a unos capullos de rosa, carmesí intenso, casi sangrientos. Me acerco más, aspirando su exquisita fragancia. —Su aroma me hace casi flotar —murmuro—. Cuando esos preciosos botones abran, serán hermosos. —Seguramente será así —dice una voz masculina tras de mí. Me giro de golpe. —¡Lucien! —digo, el corazón en la garganta. Ya era un hábito que detestaba: cada vez que aparecía así, sin aviso, como una sombra que no se va—. ¡¿Qué… haces… aquí?! —Vivo aquí —responde el rubio, encogiéndose de hombros. Una risa casi imperceptible se dibuja en su rostro, y me enfurece un poco su ironía. —Eres un, un… —no sé qué decir. Mi pregunta fue tonta. Por no decir que fue muy tonta—. Me refería a qué haces aquí. Además, ¿por qué estás tan cerca de mí? Hay algo llamado espacio personal… Calló al verlo partirse de la risa. —¿Acaso dije algo gracioso? —Pues sí —dice, dejando de reír—, pero eso es innecesario, Amelie. —No estoy entendiendo de qué hablas —cuestiono, confundida—. ¿Acaso estás desvariando? Ya se perdiste el juicio. Su risa no desaparece del todo. Aún brilla en sus ojos verdes. Y aunque me molesta, no puedo negar que verlo reír me atrae. La última vez que lo vi en el bosque estaba serio, casi cruel. Hoy… hoy parece otro. Y no sé cuál me asusta más. Se acerca. Un paso. Lento. Seguro, sus dedos fríos se posan en mi barbilla, levantan mi rostro. Quiere mirarme a los ojos al momento de decírmelo. —¿Qué hacés? —pregunto, con mi voz ligeramente temblorosa. «Amelie, ¿qué pasa contigo? No permitas esto». No sé qué pasa con tu mente torcida, Lucien, pero yo no seré parte de esto. Quito su mano de mi rostro, dispuesta a irme. No voy a permitir que siga riéndose de mí. Pero no paso mucho cuando siento su mano de nuevo. Esta vez en mi antebrazo, sujetándome con firmeza. Retiro su mano y me doy la vuelta, molesta, dispuesta a salir del invernadero. Él no se lo permite, me atrae a su cuerpo con un movimiento brusco y en un instante estoy pegada a él, su pecho contra mi espalda, su aliento en mi cuello, haciendome girar sobre mis talones, hasta que quedo frente a frente, tan cerca que siento el calor de su piel a través de la ropa. —Esa no es manera de hablarle a tu prometido —dice, mirándome fijamente—, y futuro esposo, Amelie. Debes aprender modales. Abro los ojos como platos. Sabía que la iba a sorprender. Pero no sabía que tanto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD