—Si le fuera posible al hombre —dijo el fraile— sumergirse en sí mismo
hasta el punto de vivir absolutamente de espaldas a la humana naturaleza, y no
obstante pudiese conocer la serena tranquilidad que reflejan estos versos,
admitiría que tal estado sería más deseable que vivir en un mundo tan plagado
de vicios y locuras. Pero jamás se da este caso. Esta inscripción fue colocada
ahí como mero ornamento de la gruta, y los sentimientos y el ermitaño son
igualmente imaginarios. El hombre ha nacido para la sociedad. Por poco que
se sienta vinculado al mundo, jamás lo puede olvidar del todo, ni soportar ser
olvidado enteramente por él.
Disgustado por la culpa y la absurdidad del género humano, el misántropo huye de él. Decide hacerse ermitaño, y se entierra en la caverna de alguna
tenebrosa roca. Mientras el odio inflama su pecho, posiblemente se sienta a
gusto en su situación. Pero cuando sus pasiones comiencen a enfriarse, cuando
el tiempo haya aliviado sus dolores y sanen aquellas heridas que se llevó
consigo a su retiro, ¿crees que el gozo será su compañero? ¡Ah, no, Rosario!
Al no sentirse ya sostenido por la violencia de sus pasiones, siente toda la
monotonía de su forma de vida, y su corazón se hace presa del tedio y el
cansancio. Mira a su alrededor, y descubre que está solo en el universo: el
amor a la sociedad renace en su pecho, y anhela regresar al mundo que ha
abandonado. La naturaleza pierde todo encanto ante sus ojos. No tiene a nadie
junto a él que le señale sus bellezas, o comparta su admiración ante su
excelencia y variedad. Apoyado en el fragmento de alguna roca, contempla la
caída de la cascada con ojos ausentes, mira sin emoción el esplendor del
ocaso, y regresa lentamente a su celda en el crepúsculo, pues nadie está
ansioso por su llegada. No siente placer en su comida solitaria e insulsa. Se
deja caer desalentado e insatisfecho en su lecho de musgo, y despierta sólo
para pasar un día tan triste y tan monótono como el anterior.
—¡Me asombráis, padre! Suponiendo que las circunstancias os hubieran
condenado a la soledad, ¿no habrían comunicado esa serenidad a vuestro
corazón los deberes de la religión y la conciencia de una vida bien
empleada...?
—Me engañaría a mí mismo, si lo considerase posible. Estoy convencido
de lo contrario, y de que toda mi fortaleza no evitaría que cayese en la
melancolía y el tedio. Después de pasar el día dedicado al estudio, ¡no sabes
con cuánto placer me reúno con mis hermanos por la tarde! Después de pasar
largas horas en soledad, ¡cómo explicarte la alegría que experimento al ver
otra vez a mis semejantes! Es en este aspecto en donde yo sitúo el principal
mérito de una institución monástica. Aleja al hombre de las tentaciones del
vicio; le concede el reposo necesario para el servicio del Ser Supremo; le
ahorra la mortificación de presenciar los crímenes del mundo y, sin embargo,
le permite gozar de las bendiciones de la sociedad. ¿Y tú, Rosario, envidias la
vida del ermitaño? ¿Puedes estar tan ciego a la dicha de tu situación?
Reflexiona un momento. Esta abadía se ha convertido en tu refugio: tu
regularidad, tu mansedumbre, tu talento, te han convertido en objeto de la
estima de todos. Estás apartado del mundo al que declaras odiar; sin embargo,
sigues en posesión de los beneficios de la sociedad, de una sociedad
compuesta por los hombres más apreciables.
—¡Padre! ¡Padre! ¡Esa es la causa de mi tormento! ¡Feliz habría sido mi
vida si la hubiese pasado entre los viciosos y los disolutos! ¡Ojalá no hubiese
oído pronunciar jamás el nombre de la virtud! ¡Es mi adoración ilimitada de la
religión, es la intensa sensibilidad de mi alma para la belleza de la pureza y el bien, lo que me llena de vergüenza! ¡Lo que me empuja a la perdición! ¡Oh!
¡Ojalá no hubiese visto jamás los muros de esta abadía!
—¡Cómo, Rosario! La última vez que estuvimos juntos hablabas en un
tono diferente. ¿En tan poca cosa se ha convertido mi amistad? De no haber
visto los muros de esta abadía, jamás me habrías conocido a mí. ¿Es ése
realmente tu deseo?
—¿No os habría visto jamás? —repitió el novicio, levantándose del banco,
y cogiendo la mano del fraile frenéticamente—. ¿Vos? ¿Vos? ¡Ojalá hubiera
hecho Dios que un rayo cegara mis ojos, antes de llegar a veros! ¡Ojalá
hubiera querido Dios que no os hubiese vuelto a ver, y que pudiera olvidar
haberos visto jamás!
Con estas palabras, salió corriendo de la gruta. Ambrosio permaneció
donde estaba, reflexionando sobre la inexplicable conducta del joven. Le
pareció que había perdido el juicio; sin embargo, su actitud general, la
coordinación de sus ideas y la serenidad de su comportamiento hasta el
momento de abandonar la gruta, parecía desmentir esta hipótesis. Unos
minutos después, regresó Rosario. Se sentó nuevamente en el banco. Apoyó
una mejilla sobre una mano y con la otra se enjugó las lágrimas que le
resbalaban de cuando en cuando de los ojos.
El monje le miró con compasión y se abstuvo de interrumpir sus
meditaciones. Durante un rato, los dos guardaron un profundo silencio. El
ruiseñor se había posado ahora en un naranjo que había enfrente de la ermita y
derramaba un trino de lo más triste y melodioso. Rosario alzó la cabeza y
escuchó con atención.
—Así —dijo, dejando escapar un profundo suspiro—; así es como, durante
el último y desventurado mes de su vida, solía sentarse mi hermana a escuchar
los ruiseñores. ¡Pobre Matilde! Ahora duerme en su tumba, y su roto corazón
no late ya de pasión.
—¿Tenías una hermana?
—Decís bien: tenía. ¡Ay! Ahora ya no la tengo. Pereció bajo el peso de sus
desventuras en la misma primavera de la vida.
—¿Cuáles eran esas desventuras?
—No son de las que conmueven vuestra piedad. No conocéis el poder de
esos irresistibles, esos fatales sentimientos de los que es presa el corazón.
Padre, ella amaba desventuradamente. Su pasión por un hombre dotado de
todas las virtudes, o más bien diría de la divinidad, resultó fatal para su
existencia. Su noble figura, su carácter inmaculado, sus diversos talentos, su
sólida, maravillosa y gloriosa sabiduría, podían haber inflamado el pecho más insensible. Mi hermana le vio, y se atrevió a amarle, aunque jamás osó esperar
nada.
—Si tan bien había encauzado su amor, ¿qué le impedía a ella abrigar la
esperanza de ser correspondida?
—¡Padre, antes de conocerla él, Julián ya había dado promesa a la mujer
más pura y más celestial! Sin embargo, mi hermana aún le amaba, y por amor
al esposo, amó con locura a la esposa también. Una mañana encontró el medio
de escapar de casa de nuestro padre. Vestida con ropas humildes, se ofreció
como sirvienta a la esposa del amado, y ésta la aceptó. Entonces estuvo
continuamente en su presencia: se esforzó por granjearse su favor, y lo
consiguió. Sus atenciones despertaron el interés de Julián. Los virtuosos son
siempre agradecidos, de modo que distinguió a Matilde por encima del resto
de sus compañeras.
—¿Y tus padres, no la buscaron? ¿Aceptaron dócilmente su pérdida, sin
intentar recobrar a la hija extraviada?
—Antes de que la pudieran encontrar, ella misma se descubrió. Su amor se
volvió demasiado violento para poder ocultarlo. Sin embargo, no deseaba la
persona de Julián} ella sólo ambicionaba una parte de su corazón. En un
momento de impremeditación, ella le confesó su afecto. ¿Cuál fue la
recompensa? Enamorado de su esposa, y convencido de que una mirada de
compasión a otra era como robarle algo a ella, echó a Matilde de su presencia.
Le prohibió volver a presentarse más ante él. Su severidad le destrozó el
corazón: regresó a casa de nuestro padre, y a los pocos meses la llevaban a la
tumba.
—¡Desventurada muchacha! Evidentemente, el destino fue demasiado
severo con ella, y Julián demasiado cruel.
—¿Lo creéis así, padre? —exclamó el novicio con vivacidad—.
¿Consideráis que fue demasiado cruel?
—Desde luego, y la compadezco muy sinceramente.
—¿La compadecéis? ¿La compadecéis? ¡Oh! ¡Padre! ¡Padre! ¡Entonces
compadecedme a mí!
El fraile dio un respingo; luego, tras un momento de pausa, Rosario añadió
con voz insegura:
—Pues mis sufrimientos son aún mayores. Mi hermana tenía un amigo, un
amigo de verdad, que se apiadaba de la agudeza de sus sentimientos, y no le
censuraba su incapacidad para reprimirlos. Yo... ¡Yo no tengo ningún amigo!
¡En todo el ancho mundo no hay un solo corazón que quiera compartir los
sufrimientos del mío!
Al pronunciar estas palabras, sollozó audiblemente. El fraile se conmovió.
Le cogió la mano, y se la apretó con ternura.
—¿No tienes amigo, dices? ¿Entonces qué soy yo? ¿Por qué no confías en
mí, a qué tienes miedo? ¿A mi severidad? ¿La he empleado alguna vez
contigo? ¿La dignidad de mi hábito? Rosario, deja a un lado al monje, y te
ruego que no me consideres más que como tu amigo, tu padre. Bien puedo
adoptar ese título, pues jamás ha velado un padre por su hijo con el afecto que
velo yo por ti. Desde el momento en que te vi por primera vez, sentí que en mi
pecho se despertaban unos sentimientos que hasta entonces desconocía; noté
que tu compañía me producía un gozo que no me proporcionaba la de ningún
otro; y al comprobar la magnitud de tu genio y tu saber, me congratulé como
un padre ante las perfecciones de su hijo. Así que desecha tus temores;
háblame con franqueza. Háblame, Rosario, y dime que confías en mí. Si mi
ayuda y mi piedad pueden aliviar tu desventura...
—¡Sí que pueden! ¡Sólo las vuestras pueden! ¡Ah! ¡Padre, cómo desearía
poder desvelaros mi corazón! ¡Cómo desearía confesaros el secreto que me
agobia! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!
—¿De qué, hijo mío?
—De que me odiéis por mi debilidad; de que la recompensa a mi confianza
sea la pérdida de vuestra estima.
—¿Cómo podría yo tranquilizarte? Piensa en toda mi conducta pasada, en
la paternal ternura que he mostrado siempre contigo. ¿Odiarte, Rosario? No
me sería posible. Perder tu compañía significaría privarme del mayor placer de
mi vida. Así que cuéntame qué te aflige, y créeme si juro solemnemente...
—¡Deteneos! —interrumpió el novicio—; juradme que, cualquiera que sea
mi secreto, no me obligaréis a abandonar el monasterio hasta haber concluido
mi noviciado.
—Os lo prometo sinceramente, y como mantengo yo la promesa que te
hago, mantenga Cristo la que hizo al hombre. Ahora explícame este misterio y
confía en mi indulgencia.
—Os obedezco. Sabed pues... ¡Oh! ¡Cómo tiemblo a la hora de decirlo!
Escuchadme con compasión, venerado Ambrosio. ¡Apelad a toda chispa
latente de humana debilidad que pueda ayudaros a compadecer la mía! ¡Padre!
—prosiguió, arrojándose a los pies del fraile y besándole la mano con
ansiedad, mientras la agitación ahogaba momentáneamente su voz—. ¡Padre!
—continuó, con acento vacilante—, ¡soy mujer!
El abad se estremeció ante esta inesperada confesión. Prosternado en el
suelo, el falso Rosario parecía aguardar en silencio la decisión de su juez. El estupor del uno, y el temor del otro, les tuvieron encadenados en las mismas
actitudes durante unos minutos, como tocados por la varita de un mago. Por
último, recobrándose de su confusión, el monje abandonó la gruta y se
encaminó apresuradamente a la abadía. Su acción no pasó inadvertida a la
suplicante. Se levantó inmediatamente del suelo y corrió tras él, le alcanzó, se
arrojó a sus pies y se abrazó a sus rodillas. Ambrosio forcejeó en vano para
librarse de este abrazo.
—¡No huyáis de mí! —exclamó—. ¡No me abandonéis al impulso de la
desesperación! ¡Dejad que justifique mi imprudencia! ¡Confieso que la
historia de mi hermana es la mía propia! Soy Matilde; y vos sois su amado.
Si la sorpresa de Ambrosio fue grande al principio, esta segunda confesión
rebasó todos los límites. Atónito, confundido e indeciso, se sintió incapaz de
pronunciar una sílaba, y se quedó mirando en silencio a Matilde; esto le dio a
ella ocasión de proseguir su explicación de este modo:
—No penséis, Ambrosio, que he venido a robaros a la esposa de vuestros
afectos. No, creedme, sólo la religión es digna de vos; está muy lejos de los
deseos de Matilde apartaros de la senda de la virtud. Lo que siento por vos es
amor, no concupiscencia. Aspiro a poseer vuestro corazón, no ambiciono
gozar de vuestra persona. Dignaos escuchar mi justificación: en unos
momentos os convenceréis de que este sagrado retiro no queda manchado por
mi presencia, y que podéis concederme vuestra compasión sin transgredir
ninguno de vuestros votos —se sentó; y Ambrosio, casi sin saber lo que hacía,
siguió su ejemplo.
Luego ella prosiguió su discurso:
—Yo procedo de una distinguida familia: mi padre era primogénito de la
noble casa de Villanegas. Murió siendo yo niña, y me nombró heredera única
de sus inmensas posesiones. Joven y rica, me pretendieron los jóvenes más
nobles de Madrid. Pero ninguno consiguió conquistar mis afectos. Yo me
había educado bajo la custodia de un tío, dotado del más sólido juicio y la más
vasta erudición. Le encantaba transmitirme algo de su sabiduría. Bajo su
instrucción, mi entendimiento adquirió más fuerza y precisión de las que
suelen ser normales en mi sexo. Ayudada la habilidad de mi preceptor por mi
natural curiosidad, no sólo hice considerables progresos en las ciencias
universalmente estudiadas, sino en otras asequibles a muy pocos, y rechazadas
por la censura en la ceguera de su superstición. Pero a la vez que mi guardián
se esforzaba en ensanchar la esfera de mis conocimientos, me fue inculcando
todos los preceptos morales. Me hizo ver la belleza de la religión; me enseñó a
mirar con veneración a los puros y virtuosos, y, ¡ay de mí! ¡Le he obedecido
demasiado bien!
»En tales disposiciones, juzgad si podría yo observar con otro sentimiento que el de aversión el vicio, la disipación y la ignorancia, que deshonran a
nuestros jóvenes españoles. Rechacé todos los ofrecimientos con desprecio.
Mi corazón permaneció sin dueño, hasta que el azar me condujo a la catedral
de los capuchinos. ¡Oh! ¡Sin duda aquel día mi ángel de la guarda se durmió,
dejando abandonado su puesto! Entonces os vi por primera vez; ocupabais el
lugar del superior, ausente por enfermedad. No podéis dejar de recordar el
vivo entusiasmo que despertó vuestro sermón. ¡Oh! ¡Cómo bebía yo vuestras
palabras! ¡Cómo parecía transportarme vuestra elocuencia! Apenas me atrevía
a respirar, por temor a perderme una sílaba; y mientras hablabais, parecía que
una aureola de radiante gloria rodeaba vuestra cabeza, y que de vuestro
semblante emanaba la majestad de un dios. Me retiré de la iglesia inflamada
de admiración. Desde aquel momento, os convertisteis en el ídolo de mi
corazón, en el perpetuo objeto de mis meditaciones. Hice averiguaciones sobre
vos. Las informaciones que me llegaron de vuestro modo de vida, de vuestra
sabiduría, piedad y abnegación reforzaron las cadenas que me había impuesto
vuestra elocuencia. Comprendí que mi corazón ya no estaba vacío; que había
encontrado al hombre al que hasta entonces había buscado en vano. Con el
anhelo de volveros a oír, visité todos los días vuestra catedral: vos
permanecíais recluido entre los muros de la abadía, y me veía obligada a
retirarme siempre decepcionada y desdichada. La noche se mostraba más
benévola conmigo, pues entonces me visitabais en sueños. Me prometíais
eterna amistad. Me llevabais por los senderos de la virtud, y me ayudabais a
soportar las vejaciones de la vida. La madrugada disipaba estas gratas
visiones; al despertar, me hallaba separada de vos por barreras que parecían
insuperables. El tiempo parecía aumentar la fuerza de mi pasión: me fui
sumiendo en una melancolía y abatimiento aún mayores. Finalmente, no
pudiendo vivir en este estado de tortura, decidí adoptar el disfraz en que ahora
me veis. Mi artificio fue afortunado, pues fui recibida en el monasterio y
conseguí ganarme vuestra estima.
»Ahora hubiera podido sentirme completamente feliz, de no haber venido a
turbar mi paz el temor de ser descubierta. El placer que disfrutaba con vuestra
compañía lo agriaba el pensamiento de que quizá no tardaría en verme privada
de ella; y el corazón me latía con tanta intensidad cuando obtenía alguna
prueba de vuestra amistad, que me convencí de que no podría sobrevivir a su
pérdida. Así que decidí no dejar ninguna posibilidad de que se descubriese
casualmente mi sexo, confesároslo todo a vos y entregarme enteramente a
vuestra compasión y misericordia. ¡Ah, Ambrosio! ¿Acaso me he equivocado?
¿Vais a ser menos generoso de lo que yo os creía? No quiero suponerlo. No
arrastraréis a una desdichada a la desesperación. ¡Aún me permitiréis veros,
conversar con vos, adoraros! Vuestras virtudes serán para mí un ejemplo a lo
largo de toda mi vida. Y cuando expiremos, nuestros cuerpos descansarán en
la misma sepultura.