Sin embargo, frente a Celeste Darrow, Vivien se veía simple, casi corriente. Celeste observó el lienzo sobre el caballete; la pintura estaba casi terminada. —Tu técnica sigue siendo la misma —comentó con voz tranquila—. Hábil, sí… pero sin alma. Las palabras cayeron como una daga. Vivien se crispó de rabia. Aceptaba, aunque con amargura, que Celeste era más hermosa que ella; pero criticar su arte era imperdonable. A los ojos de Vivien, una mujer ignorante como Celeste no tenía derecho a juzgar su pintura. —¡Ahórrate tus comentarios! —replicó con desdén—. ¿Qué sabrías tú de pintura al óleo? Celeste arqueó una ceja. —Más de lo que imaginas —respondió con calma. —¿Ah, sí? Entonces muéstrame lo que sabes —la desafió Vivien, cruzándose de brazos. Sabía bien que en el pasado Celeste no

