—¿Qué te pasa? —murmuró Celeste mientras corría hacia el comedor—. ¡Tengo hambre! A sus espaldas resonó la risa baja de Samuel. Al día siguiente era lunes. Celeste terminó su desayuno y se preparó para ir a la oficina. Samuel, como era de esperarse, insistió en llevarla. Al no encontrar una excusa convincente para rechazarlo, Celeste tuvo que subir a su coche y pedirle que la dejara a cierta distancia de su empresa. —Te recogeré esta noche —dijo Samuel, indicándole a Neil que encendiera el motor antes de que Celeste tuviera tiempo de negarse. Cuando Celeste se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su compañía, una voz llena de sorpresa y emoción sonó a sus espaldas: —¡Celeste! Al volverse, vio a Philip estacionando un lujoso superdeportivo a su lado. —¿Por qué te bajaste del auto

